
Sus ojos llorosos te observan con un profundo sentimiento de compasión, mientras un nudo impide a tu hijo decir palabra alguna: su rostro empapado en lágrimas lo dice todo.
Ángela, tan bonita; tan serena y tranquila ahí tumbada, sin nada que pueda ahora interrumpir tu merecido descanso.
Eres la candidez de un rayo de sol en la mañana; la serenidad de un riachuelo en la montaña: eres la imagen misma de la vida.
Inclemente cristal, separando tu sueño de los anhelos que sienten aquellos que te observan por tocar tu suave piel, por besar tu blanca mejilla.
Tus ojos ya no pueden acoger más alegría; tus labios, tan henchidos de sonrisas, ocaso de tu dulce agonía.
Ahí estás de nuevo, Ángela, recibiendo las húmedas miradas de aquellos que te quieren y desean lo mejor, para que en adelante, tú y el precioso bebé que duerme sobre tí, seáis tan felices como ahora.



























