Excitación a tientas

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Sus palabras fluían entre la carnosidad de sus labios humedecidos por otro trago de ron con hielo. El timbre de su voz me transmitía la sensualidad de cada imagen formada en mi mente, entre copas y confidencias.
La historia me hacía temblar conforme avanzaba, y comencé a mirarla de una forma distinta…

Me contó que se encontraba en una discoteca rodeada de amigos, bailando y bebiendo. De repente empezó a notar el ambiente demasiado cargado, sintió que sus pulmones necesitaban aire y sus oídos un poco de tranquilidad, así que se dirigió al aseo, pero a mitad de camino sus pasos la desviaron hacia la calle.

Apoyada en un coche, agachó la cabeza con los ojos cerrados para aliviar el leve escozor provocado por el humo. De repente escuchó una voz a su lado, una voz femenina, familiar, que le infundía tranquilidad y confianza. No supo cómo, pero logró convencerle para que no mirase su cara, un halo de misterio le atraía profundamente y su intuición le decía que se trataba de un juego.
Sonrió para tus adentros aún con los ojos cerrados.
Conocía a esa persona, pero no consiguió adivinar de quién se trataba. Se acercó aún más, rozando su pelo con la cara y poniendo los labios a un milímetro de su oído:
-Me conoces de sobra. Sabes más de mí que muchísima gente, pero no te voy a decir quién soy a no ser que lo adivines.

Una mano comenzó a acariciarle la mejilla, deslizando un dedo por sus labios, rodeándolos, recorriendo su barbilla hacia el cuello lentamente hasta su pecho, para detenerse justo donde comienza el escote; jugueteaban ahí a placer sin que ella hiciese nada por impedirlo y volvieron a subir entre caricias.
Conforme pasaban los segundos le costaba más abrir los ojos; se había convertido en la presa de un juego que estaba empezando a excitarle.
-Estás apoyada en mi coche, también lo conoces pero ni te has dado cuenta. ¿Subes y damos una vuelta?

En ese instante se mordió el labio sintiendo toda su piel erizada ante tal proposición. Ni loca, jamás subiría a un coche en esas condiciones, pero la voz… esa voz. Algo le infundía tranquilidad haciéndole ver que nunca le haría daño. Aceptó.

-¿Dónde me llevas?
-Muy cerquita.

Conforme aceleraba el coche su ritmo cardíaco se disparó. Estoy loca –fue todo cuanto acertó a pensar.
En menos de diez minutos detuvieron la marcha. Ella se bajó, rodeándolo para abrirle la puerta, ofreciéndole su mano.

Me contó que aún con los ojos cerrados, su excitación estaba al límite. Y pensó que le estaba gustando ese juego. El hecho de intuir lo que vendría después, pero no saber de quién se trataba la volvía loca. Aunque ya comenzaba a especular sobre la identidad de la sensual voz que la guiaba.

Caminaron cogidas de la mano.
-Ya estamos llegando, pero ahora te voy a vendar los ojos. ¿Quieres?
A esas alturas se había convertido en una marioneta; así que afirmó con voz vacilante.
La chica de la voz familiar se colocó detrás, pasando las manos hacia delante para volver a juguetear con sus dedos; esta vez de forma más atrevida introdujo delicadamente una de ellas por la ropa, deleitándose con un minúsculo pellizco en un pezón.
Después colocó un trozo de tela muy suave en los ojos, haciendo un nudo detrás.

Anduvieron unos pocos pasos hasta que escuchó una puerta abrirse, el eco del movimiento en un portal, ruido de un ascensor que se abre...

Mientras subía despacio, su mente se había convertido en un hervidero de sensaciones. En ese instante una sacudida la recorrió por completo cuando sintió esos labios desconocidos posarse sobre los suyos respondiendo inmediatamente para encontrarse con su lengua, que comenzaba a explorarla con ansiedad.
Notó las manos de ella introduciéndose bajo su falda, comenzando a acariciarle los muslos, subiendo lentamente hasta sus bragas ya humedecidas; no pudo reprimir un leve jadeo al notar un dedo recorriendo el borde para tirar de ellas hacia abajo mientras seguía besándola.

Tras detenerse el ascensor, la guió al interior de una casa, recorriendo pasillos hasta pararse en un lugar indeterminado. No sabía qué hacer o decir moviendo las manos inquietas, sin rumbo.
Permaneció de pie, en silencio; sintiendo flaquear sus piernas.

Unos dedos delicados le desabrocharon la camisa, botón a botón; despojándola de ella. Tras esto, esas manos se volvieron a introducir bajo la falda, acariciando esta vez su culo, pausadamente; bajando lentamente las bragas; dejándolas a la altura de los tobillos y volviendo a subir, rozando el interior de las piernas con los nudillos, muy despacio, hasta las ingles, donde se detuvo para tatuar un beso suave y carnoso en el pubis.

Totalmente indefensa sintió cómo se quedaba sin sujetador, y como única vestimenta, la falda y los zapatos. Privada del sentido de la vista, tacto y oído se agudizaron haciéndola sentir un electrizante cosquilleo por cada roce.
De un empujoncito cayó sentada sobre una cama: Túmbate.
Obediente, se acostó boca arriba y volvió a notar cómo beso a beso esos labios se aproximaban desde las piernas por su tembloroso cuerpo hasta llegar a su boca, jugueteando de nuevo con la lengua en su interior, que le transmitía un edulcorado y fresco sabor.
Ambos cuerpos pegados la hacían sentir los pezones de su extraña cómplice juguetear con los suyos, cayendo en la cuenta de que también estaba desnuda, mientras percibía ese perfume femenino que ya conocía.

Respiraciones que se convertían poco a poco en jadeos acompasados; acompañados de ruidosos y húmedos besos.

Tumbadas, una sobre la otra; envueltas; mezcladas; recorriendo con los dedos las sinuosas e interminables curvas; podían sentir cada parte de su piel comenzando a transpirar por el contacto y la excitación.


Entre tragos de ron, ví la lascivia en sus ojos mientras continuaba el relato; esos labios me tenían hipnotizado. No pude evitar sentir una creciente excitación conforme sus palabras penetraban en mi mente; y al ver mi cara de asombro supo anticiparse a la pregunta que estaba a punto de hacerle:
-Aunque te pueda parecer extraño tratándose de mí, éramos dos chicas desnudas sobre una cama; y mi primer contacto sexual con una mujer. Esa situación me sobrepasaba y fue una de las experiencias más excitantes de mi vida. Pero si esto te ha sorprendido, no te imaginas lo que ocurrió después...


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Jugar a ser Dios

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1. El nacimiento del niño robot.
2. El despertar de un monstruo.
3. La sala de los juguetes.
4. Alicia.
5. Muñeca.
6. Jugar a ser Dios.



El tormento más grande que pueda yo ahora infligir, será tan solo una ínfima parte de lo que he padecido durante años.

Estas últimas palabras llenas de ira y desprecio pronunciadas por Sami reverberaron en toda la estancia como una sentencia sin posibilidad de remisión. La firmeza con la que las pronunció penetraron en la mente de Alicia; parecía que el mundo entero estuviese sentenciado; y tembló.
En realidad ese mundo que la rodeaba quedó reducido a cenizas; las suyas propias tras comprender que jamás saldría de aquel agujero oscuro y pintado de sangre.

Trató de pensar atropelladamente cualquier cosa que pudiese tocar de nuevo el lado humano de Sami mientras lo contemplaba horrorizada acercándose lentamente, con los ojos aún humedecidos y un gesto vacío. Acarició el rostro de ella con suavidad, mirándola directamente a los ojos.

-Nunca tuve la oportunidad de contemplarte tan de cerca.

Introdujo una mano en su bolsillo y sacó una navaja ante los sollozos desesperados de Alicia que veía en sus propios párpados cerrados por el miedo la cuenta atrás que marcaba su tiempo; y sobre la certidumbre de su inminente muerte se elevaba el fantasma de los horrores que padecería antes de que ésta llegase.
Cerró los ojos y en su mente apareció la visión de un caluroso día de verano. Se vio a sí misma empapada en sudor, con dificultad para respirar. Cuando los volvió a abrir se percató de que había sido un sueño dentro de la pesadilla; también de que aún permanecía víva, pero encadenada en el mismo rincón; y cuando sus ojos se acomodaron de nuevo a la penumbra, observó la continuación de aquella locura: una figura desnuda colgada por los tobillos frente a ella le daba la espalda. Estaba quieta, callada. Por el contorno adivinó que se trataba de un hombre y tras éste, volvió a ver al niño robot sonriendo.
¿Cuánto tiempo he estado durmiendo? -pensó.

-No temas Alicia, después de reflexionar mientras dormías, he pensado que para tí tengo preparado algo especial.

Tras esto puso en marcha la sierra eléctrica que portaba, levantándola sin vacilaciones hacia delante. Ella tuvo tiempo de cerrar los ojos gritando para ahogar los chirridos de las cuchillas justo en el momento en que comenzaban a cortar una pierna de la borrosa figura colgante, por encima de la rodilla. Pero no pudo evitar ver antes la sangre salir a borbotones cuando éstas contactaron con la piel y escuchar el posterior chasquido al llegar al fémur.

Esta vez fue consciente de todo cuanto sucedió con posterioridad al cruel despertar de ese letargo que la mantuvo soñando calor y sudores, pero alejada del mundo tétrico en el que se hallaba sumergida; sin levantar la cabeza, sin abrir los ojos pero escuchando todos y cada uno de los sonidos procedentes de la carnicería que estaba teniendo lugar a pocos metros; sintiendo las gotas salpicarla; gotas de horror. Oyendo el restallar del metal contra el hueso; el rugir de la muerte y, lo que supuso, serían restos golpear contra el suelo con un chapoteo angustioso.

A cada segundo deseaba más el final, fuese cual fuese, con tal de no seguir presenciando aquello.

Tras el trago más largo y amargo de su vida todo cesó; silencio total. Sin embargo Alicia se sentía incapaz de abrir los ojos y contemplar lo que tenía delante. Permaneció aguantando la respiración, sin poder evitar esporádicos sollozos; a la espera de su turno.

-Dejo en tus manos el final de esta historia. Estos son los planes que tengo para tí, Alicia. Pongo mi vida entre tus dedos. Abre los ojos.

Asustada e incapaz de levantar la cabeza, el único pensamiento que le restaba era incredulidad.

-Si metes la mano en tu bolsillo encontrarás la llave que abre el grillete. Puedes irte, pero con una responsabilidad. Quiero ver hasta dónde eres capaz de llegar; es el último juego. Una elección aparentemente fácil: Yo o todas las personas que me deben la infancia, a las que buscaré mientras viva.
Mi vida no vale una mierda; hace muchos años que llegué a esa conclusión; el único significado que le encuentro es desahogarme haciendo lo que acabas de presenciar, y te aseguro que seguiré haciéndolo a no ser que tú le pongas fin. Como ya te he dicho, en tus manos está. Sobre la mesa tienes mis herramientas y aquí estoy yo
. Te recomiendo la sierra eléctrica.

Alicia sacó la llave que durante todo el tiempo había permanecido en su bolsillo y pensó si hubiese podido hacer algo de haberlo sabido antes. Temblorosa abrió el candado, mirando de reojo todo posible movimiento del niño robot, presintiendo la trampa. Pero nada ocurrió; se puso en pie y con paso vacilante caminó sobre charcos espesos, atenta a Sami, que permanecía mirándola.

-Alicia, piensa en todo lo que he pasado; piensa si merezco vivir, y reflexiona sobre qué prefieres en tu conciencia: mi muerte, en cuyo caso te pondrás a mi altura y serás una asesina, o las que vendrán si decides huir sin matarme.

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Mass Media

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A esa altura no podía fallar.
El sudor que caía por sus sienes trazando un surco húmedo y provocándole un leve cosquilleo daba cuenta de que la angustiosa duda asomaba la cabeza por la superficie de su renqueante determinación.
La gente que se agolpaba abajo, absorta en sus quehaceres cotidianos era totalmente ajena a lo que se estaba fraguando sobre sus pasos.

Horas antes, como si de un puzzle se tratase, Mario iba componiendo pieza a pieza los trazados de su plan perfecto; o eso creía.
Nada podía escaparse a su control bajo la perspectiva de su mirada calculadora y, si el azar lo acompañaba, al final de la tarde todo habría acabado.

La plaza era grande y concurrida; buena temperatura en una incipiente época estival que invitaba a salir del hormiguero y olvidarse por un rato de la monotonía diaria.

Ya lo había intentado por todos los medios, pero los medios sólo escuchan cuando saben que van a vender; y nada lo hace mejor que el morbo de una muerte pública.

Mario era un concienciado luchador. Tan concienciado que a veces no sabía por lo que luchaba. Siempre que había una manifestación, allá que iba con su voz preparada para gritar o insultar a quien tocase; una vez allí, preguntaba por qué estaba protestando. Le gustaba hacer ruido; igual daba hacerlo a favor del aborto que en contra. En verano, después de beberse unas cervezas en algún chiringuito de playa, se unía a los ecologistas para pedir que los retirasen.
Una conciencia bipartita, una por cada neurona.
Nunca le gustó pensar porque requería un esfuerzo mayor que dejarse llevar por lo que otros pensaran. Lo suyo era la acción, haciendo bulto e intentando elevar su voz por encima de las demás. Fue convirtiendo aquello en su forma de vida, inundando una mente cada vez más obsesionada por la causa, fuese cual fuese, hasta el punto de que causa y vida fueron una.
Y allí se encontraba, rindiendo honor a su binomio particular; dándolo todo por hacerse escuchar.
En los momentos de flaqueza pensaba en cuánta gente le aplaudiría como si de un mártir se tratase y se le erizaba el bello, infundiéndole fuerzas para continuar.

Se arrodilló en esa azotea con la mirada en dirección a la plaza; cerró los ojos y volvió a deleitarse en sus pensamientos, sintiendo el cosquilleo recorrer su cuerpo. Los abrío de nuevo echando un lento vistazo para hacer el último cálculo e inspiró profundamente soltando el aire de forma pausada, como había leído en algún manual.

El griterío se apoderó del concurrido espacio. Instantes de confusión seguidos del intenso frenetismo por salir de aquel lugar tras el primer disparo. Los elementos del calculado plan estaban en marcha: Padres angustiados en busca de sus hijos, que lloraban perdidos sin entender qué estaba ocurriendo; una persona tumbada en el suelo, sangrando su vida por el pecho; la sonrisa satisfecha de Mario acariciando su rifle, a la espera de la policía para detenerle, y la inminente llegada de los medios de comunicación para difundirlo.
Ahora sí se estaba haciendo escuchar.

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Decisiones

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El miedo es el resorte de nuestra conciencia. Nos mantiene alerta; cautelosos; pero a la vez vivos. Tiene muchas formas de manifestarse y en todas provoca un vacío en el hipocentro de nuestra voluntad, llegando hasta el epicentro de nuestros actos.
A veces decide por nosotros.


¿Cómo decírselo? Me voy a sentir horrible y ella, aún peor.
Se que esto pondrá fin a todos los años que pasamos juntos, pero la carga es tan difícil de soportar que me haría imposible convivir sabiendo que soy un rastrero y además, un mentiroso.
No. Tengo que hacerlo por mucho que me cueste; lo mejor es ir siempre con la verdad por delante, o eso dicen.
Pero qué palabras emplear, de qué manera hacerla ver que estoy profundamente afligido. Si ella pudiese leer lo que pienso sabría lo estúpido que me siento por cada segundo que pasa.
Tengo miedo de que esto se acabe, y será lo que ocurra si no mido mis palabras. Quizá sea mejor no decir nada.



¿Cómo decírselo? ¿Cual será su reacción?
Estoy entre la espada y la pared; no tengo remedio; le concierne a él tanto como a mí. Pero tengo mucho miedo. ¿Y si me abandona? Quiero estar con él, ahora más que nunca. No podría soportar seguir adelante si se aleja.
¿Por qué tiene que ser todo tan complicado?
Pero tenemos que salir adelante juntos; es solo un bache.
Necesito pensar, aunque no tengo mucho tiempo. Quizá sea una prueba del destino, pero, ¿qué estoy diciendo? Esas cosas son de las películas pastelosas que a él no le gustan; siempre le parecieron absurdas.
Mierda de vida. ¿Por qué a mí?



Joder, esto es absurdo. Si hubiese algo que me hiciera saber que está dispuesta a perdonarme...
Nunca me hubiese imaginado engañándola; y ahora me siento como un gilipollas que ha estropeado tantos años por un jodido polvo. A lo mejor me lo merezco; siempre se ha portado bien conmigo y mi recompensa es destrozar su autoestima. Tal vez debería dejarla como un cobarde sin decirle la verdadera razón; al menos así no se sentiría tan herida. Estoy dispuesto a cargar con esa cruz para no hacerle más daño.




Necesito sentir su mano, su calor envolviéndome; le necesito. Si realmente me quiere se quedará junto a mi pase lo que pase.
No puedo dejarlo más, se lo diré de una vez y fin del juego. Estoy nerviosa; tiemblo. Si no se lo digo ahora me dará algo.
¡Vamos! Es el momento; estoy embarazada, sin más rodeos. ¡Díselo!








-Tengo que contarte algo importante...



-Yo a tí también...








Gracias Cris, por el dibujo, que a su vez me dio la inspiración.

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Regreso

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Mission acomplished, decía uno mis juegos preferidos al completar una misión.
La guerra en estado puro; más de uno lo conocerá: Command & Conquer. Horas y horas jugando por el placer de ver soldados de infantería rodear vehículos blindados y acribillarlos a balazos hasta dejar al enemigo reducido a cenizas. Buenos tiempos con aquel pentium II allá por el año 96.

Pero pasa esa juventud y surgen otras guerras más serias. No os asustéis; mi salud está perfecta.
Oposiciones, ese proceso tan recurrido en momentos de vacas flacas. Lo irónico es que cuando decidí intentarlo aún no había crisis (al menos no había llegado a los bolsillos).
Unos 60 temas en total para aprendérselos de pe a pa (como solemos decir en mi tierra) tienen la culpa de no haber escrito nada desde el 28 de Abril; es lo que me ha tenido ocupado y estresado tanto tiempo; concretamente desde el 10 de Mayo de 2008, y con el agravante de que desde entonces sólo habían salido 2 plazas (puta crisis). Hasta hace unos tres meses en los que salieron otras poquitas (13 + 5, en dos ciudades distintas) para pelearlas entre más de 400 personas.

Pero todo ese esfuerzo merece la pena cuando lo tomas en serio. Puedo decir con la cabeza bien alta que en una de ellas he quedado en primer lugar y de la otra aún me falta la nota final. Con orgullo, porque son muchísimas horas de estudio las que llevo a mis espaldas, sin academias, sin profesores; sólo mi mesa, mis apuntes y yo.
Con lo cual: Mission Acomplished (me encantaba ese letrerito verde al final de cada misión).


También quiero hacer un receso en la corta vida de este blog, porque aunque oficialmente esté activo desde 2006, llevo escribiendo relatos desde Noviembre de 2008, y ha sido parte de ese empujoncito que me ayudaba en los largos días de estudio.
Un recuerdo, pues, a todos los que han dejado su huella en Ciudad Colmena. Mis ciudadanos : )
Y por supuesto, a los que han pasado de forma anónima.
Espero no olvidar a nadie.

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Así que me dispongo a volver para seguir dando la lata con mis textos sangrientos, guarros, incoherentes, románticos, críticos... y lo que surja.

Hasta muy pronto.

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Perversiones latentes

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¿Recordáis este relato?



Bea siempre se consideró una chica rara. Se veía a si misma distinta de las demás ya desde muy joven. Cuando empezó a madurar, los instintos se fueron desarrollando a la par que sus inquietudes, cambiaron sus intereses y en lugar de vestir muñecas se desvestía ella frente al espejo viendo evolucionar su cuerpo.
Todo normal en una muchacha joven salvo un pequeño detalle del que se dió cuenta cuando llegó a ese momento al que todos los chicos y chicas llegan indefectiblemente: sus impulsos nerviosos se volvieron más candentes y una fuerza inconmensurable condujo su mano cuesta abajo hasta el borde de sus bragas y sin que nadie le hubiese explicado nada, ya sabía cómo utilizar cada dedo. Sin embargo, la diferencia estribaba en la selección de pensamientos; su criba particular.

Disfrutaba de su soledad a ratos esporádicos cumpliendo las propias normas de la evolución de la mente humana.
Al principio no lo notó, pero poco a poco se fue dando cuenta de que en esas escenas mentales que la ayudaban a excitarse cada vez aparecían con más frecuencia imágenes de sangre y dolor.
Excitada no lo podía controlar, las pensaba inconscientemente hasta que esa maestría innata de sus dedos la hacían llegar al orgasmo, tras lo cual se sentía detrozada y horrible.

A veces era tal el agobio que sentía ante su particular forma de ver el sexo que lloraba desconsoladamente preguntando por qué y agarrando las sábanas de su cama que tan sólo segundos antes había sido escenario de esos placeres prohibidos.
Vetó la entrada de sus manos por la puerta de sus piernas durante meses, esperando que todo fuese un desliz transitorio de su joven mente. Pero cuando lo volvía a intentar aparecía con más saña y sangre la lascivia oscura de su mente perversa; y el ritmo de sus dedos se volvía vertiginoso ante una excitación incontrolable y sin precedentes.
Algo muy en el fondo le hacía ver que de nuevo había vuelto a caer, pero tan al fondo que apenas lo percibía en su derroche de imaginación sádica.
Nunca se atrevió a preguntar a nadie sobre ello porque estaba convencida de que sus desfases podrían suponerle un problema si se corría la voz, cosa que ocurriría con toda seguridad, así que decidió asumir en soledad su problema.

Sin embargo, con el paso del tiempo dejó de ser tal, para convertirse en una circunstancia a la que ya no daba la otrora transcendencia. Ya no se agobiaba, simplemente ocurría y punto; ese era su consuelo con el que además se permitía la licencia de elaborar pensamientos a la carta en los que la sangre era el protagonista, derramada por heridas realizadas a personas sin rostro. No le estimulaba el quién, sino el qué y el cómo.
Pero poco a poco se iba percatando de que su sed no quedaba saciada. Todos los pensamientos versaban sobre lo mismo porque ya no trataba de esconderlos a sí misma, lo cual fue su caja de pandora particular.

Bea llevaba una vida absolutamente normal. Terminó el instituto y se matriculó en psicología, quizás movida por un intento de responder a su propia pregunta.
Tenía amigas, con las que salía como cualquier persona de su edad. Bebía alguna copa de vez en cuando, pero no fumaba. La normalidad de su vida cotidiana ocultaba una identidad reservada únicamente a ella, por lo que maduró sin ningún tipo de transtorno. Había aprendido a asumir que esas cosas pueden pasar y no tienen por qué significar algo más.
Se desarrolló convirtiéndose en una chica guapa y apetecible para los lobos universitarios, que la perseguían sin saber realmente quién era el depredador.

Por aquel entonces aún no se llevaba empezar a follar a los 15 años, con lo que mantuvo su virgo intacto hasta la universidad. El día que lo perdió pasó sin pena ni gloria, pero con una pequeña satisfacción: durante el acto no pensó en sangre, sin embargo se excitó.
Tal vez su lado salvaje únicamente surgía en la soledad de su cuarto.

El angelical rostro de Bea le fraguó una fama de chica alegre y simpática con un pequeño lado perverso que volvía locos a todos. Una ínfima punta de su iceberg que por el momento solamente arañaba sin llegar a romper nada.
Pero esa sed seguía latente y, consciente de ello pasaba noches de insomnio perturbada ante una realidad que se abría paso inexorablemente.
Hasta que finalmente tomó una decisión que terminaría de abrir ese agujero negro. Se subió a su recién estrenado coche para partir lejos. Un pequeño viaje donde nadie la conociese, sin una idea fija, pero dispuesta a probar hasta qué punto era capaz de llegar a exteriorizar sus inquietudes.

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Retales de un alma descosida

Creado y posteado por Oscar García

¿Habéis escrito alguna vez una lista de cosas por hacer del tipo: viajar a Tokio, escribir un libro, tener un hijo...?
Todos, aunque sea mentalmente la tenemos, y yo no voy a ser menos (ni más).
Así que hoy escribo sin salirme de mi línea aunque esto no sea un relato, para presentar un pequeño tachón en la lista (en el buen sentido).

Por fin tengo mi propio libro ^_^

Y para presentarlo, qué mejor que unas palabras escritas por mi estupenda amiguita, la sibarita de las patatitas fritas, o más conocida como la Ovejosa, en lo que además, constituye el prólogo, lo cual es para mí un verdadero orgullo.



Las letras no valen nada por sí solas; son simples instrumentos que, desordenados, desfilan por pedazos de papel sin trasmitirnos ninguna emoción... sin ser nada. Ocurre lo mismo con las notas musicales, los colores o todo aquello que puede hacernos la vida más hermosa: tan sólo son las piezas de una maquinaria mucho mayor.

Por el contrario, cuando se ordenan las letras de la forma correcta, (acompañándolas con sus acentos, sus interrogaciones y sus puntos y aparte) sufren una transformación asombrosa: dejan de formar parte del abecedario para convertirse en la contraseña de la caja fuerte de nuestra mente, de nuestro corazón, de nuestra alma.

Es por eso que cuando alguien tiene el don de las letras parece vivir en otro plano terrenal distinto en el que la vida adquiere otros matices y sentidos: tiene el poder de tocar, acariciar corazones ajenos. El escritor se convierte así en un ladrón de lágrimas, de sonrisas, de esperanzas y de ilusiones de aquellos que, despistados, dejaron su caja fuerte emocional abierta de par en par.

Y yo, pobre e inocente lectora que olvidó (conscientemente) la llave de su caja fuerte en alguna biblioteca, os invito hoy a olvidar también miedos y desconfanzas. A despojaros de corazas, muros, cegueras o escudos… y sentir.

Porque los ladrones de letras no vienen para quitarte nada: están ahí para regalarte pedacitos de ellos mismos.

Y este pedacito es precioso.

Beatriz (beabiofrutas.blogspot.com)




Lo que yo puedo decir sobre este libro es que ya el título permite hacerse una importante idea de él.
Son retales; trozos o pedacitos de mí.
Es una colección de mis historias, de lo que mi imaginación es capaz de transmitir a mis dedos para plasmarlos en forma de Relato.
Soy yo, con mis altibajos, mis defectos y alguna virtud. Y está listo para todo aquel que desee que le haga compañía siempre que quiera: esos ratos en el sofá, en el balcón tomando el sol, en la playa o en la cama.

http://www.bubok.es/libro/detalles/8755/Retales-de-un-alma-descosida

Pinchad y entraréis a la ficha. Son 39 relatos cortos (la mayoría publicados en este blog) en un total de 173 páginas. He de deciros que el 90% del coste final es de fabricación y gastos de envío. Aunque suene raro es así, evidentemente no pretendo hacerme rico con esto.
Muchos pensaréis que para pagar eso por un Oscar García, mejor hacerlo por un García Márquez (cómo oso compararme con el Gran Maestro). Pero al fin y al cabo, ambos nos movemos por un mismo sueño, un mismo mundo y una misma fantasía: la escritura. Y en ese plano del que habla Bea, quizá aunque sea por un segundo, sí podemos compararnos.

Un abrazo.


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