Suspiró, tomó aire con el corazón desbocado y tuvo la certidumbre de que aquello no había hecho más que comenzar. Sin más vacilación abrió el siguiente archivo y ante sus ojos se presentó otra escena, mucho más espantosa que la peor de sus pesadillas: el mismo escenario, la misma iluminación débil, pero en el centro, sentada en la silla, maniatada y completamente desnuda se encontraba Ainara, su hija, con un trozo de cartón colgado del cuello tapándole el pecho en el que se podía leer una pregunta: ¿Es dulce el olor del ocaso?
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Cada segundo de su existencia desfiló frente a sus ojos arañando el gris oscuro en que se acababa de tornar todo a su alrededor para dejar entrever los resquicios de sus miserias envolviéndolo en angustia y terror.
Esta vez no pudo contener la arcada y vomitó junto a su silla mientras las imágenes del vídeo continuaban reproduciéndose, mostrando a su propia hija en la pantalla.
Se levantó de inmediato trastabillando y se dirigió hacia las ventanas para cerrar una a una todas las cortinas, sumiéndose en un pozo de ansiedad y desesperación. Echó el cerrojo y se aproximó de nuevo a su mesa, temblando y suplicando que esa imagen fuese algún tipo de broma pesada. Dirigió otro vistazo rápido a la pantalla y confirmó aquella pesadilla mientras caía de rodillas entre lágrimas o sollozos.

Durante un largo rato su turbación le impidió cualquier tipo de razonamiento, aunque bajo ese terror que le quemaba por dentro se escondía algo que pugnaba por salir a la superficie tormentosa de su desasosiego; una verdad que insistía en ocultar incluso a sí mismo porque significaba que sus demonios habían venido para cobrar la fianza.

Sin embargo no pudo seguir mintiéndose o buscando explicaciones sin sentido durante más tiempo, porque a los pocos minutos, mientras permanecía cubriéndose el rostro con ambas manos tratando de ocultar su turbación y la incipiente vergüenza que ahora sí, comenzaba a aflorar, escuchó el sonido de un nuevo correo entrante mientras otra oleada de pánico le recorrió la columna sacudiéndolo como un trapo.
Ésta vez no había archivo adjunto. Observó durante un instante el monitor, pinchó para ver desplegarse un texto sin título y supo de un solo vistazo que no podía posponer más el reconocimiento y la costosa redención de sus pecados.


Resulta curioso cómo la brillante y alegre claridad de un día soleado puede transformarse en un instante para hacerlo oscuro y siniestro. 

Alfredo, hasta ahora dueño y señor de todo cuanto te rodea, acabas de darte de bruces contra una realidad que ni tu mismo puedes controlar.

A estas alturas ya has visto los dos vídeos que recibiste, probablemente hayas destrozado tu despacho para descargar la rabia y ahora, con más calma estás en situación de leer esto, sopesar en tu mezquina balanza las implicaciones de estas palabras y decidir como adulto sobre la proposición que te haré a continuación.

Cada una de las dos chicas que permanecen sentadas en esa silla, solas, desamparadas y sin un Dios en el que creer, han sido puestas ahí por una razón.
No hay duda de que has podido reconocer de un solo vistazo a una de ellas... sin embargo: ¿te has olvidado ya de la otra?

Ambas han sufrido un miedo terrible; las dos han llorado, implorado, temblado, e incluso perdido el conocimiento porque su frágil mente no está preparada para una situación tan extremadamente tensa; encerradas en esa jaula de hormigón, donde el escenario de una cruel pesadilla les martiriza cada segundo que pasa en su frágil piel desnuda.
No obstante, no corren la misma suerte... todavía. 
El rostro de una de ellas permanece impreso, marchitándose en miles de fotografías repartidas por todo el país, haciendo de la existencia de sus familiares un tormento cada amanecer, los cuales mantienen aún la falsa esperanza de volver a verla algún día, y se consumen en su propia desesperación. Ese rostro que probablemente ya hayas olvidado, y que nunca volverá... ¿verdad Alfredo?
La otra chica, esa cuya visión acaba de transformar tu concepción del mundo bajándote de un golpe del pedestal en el que vivías, permanece aterrada, buscando una explicación racional para un hecho absolutamente inexplicable e incomprensible y pidiendo al cielo despertar y volver a nacer. 
¿Crees que tu hija es culpable de lo que le está ocurriendo?

Hay razones que escapan al entendimiento y la comprensión de quienes las sufren, pero tienen validez desde el punto de vista de quien las plantea.

Como te he dicho antes, ambas chicas fueron puestas ahi por una razón, pero las dos han sufrido el mismo desconcierto aún cuando dichas razones son totalmente distintas para cada una de ellas.

Clara (¿recuerdas su nombre?), preguntó incansablemente «por qué» cuando se vió sumida en aquella pesadilla. Continuó preguntando mientras lloraba; y gritó esa misma pregunta una y otra vez hasta que, justo antes de que su voz se apagase, volvió a lanzar al aire esa cuestión no respondida con un leve susurro de su último aliento.
Ahora Ainara hace lo mismo. El episodio se repite como si se tratase de una película rebobinada; pero la respuesta sigue sin llegar. ¿Responderías a tu propia hija? 

La perspectiva ha cambiado; estás contemplando las llamas desde dentro, y aún así estoy convencido de que la rabia te ciega de tal manera que sigues sin ser capaz de empatizar con todos esos ojos llorosos que te miraban horrorizados desde la silla mientras tú sonreías miserablemente saboreando tu superioridad.

¿Cuánto placer te producía quebrantar futuros, destrozar familias y ver ese sufrimiento atroz reflejado en la cara de aquellas chicas, querido Alfredo? ¿Acaso era su gesto de súplica la razón que lo justificaba todo?
La sensación del poder absoluto; esa es tu razón.

Ahora, mientras tu hija Ainara trata de comprender el significado de esa pregunta que tanto te gustaba susurrar al oído de aquellas chicas, tú tendrás que tomar una decisión importante: Tu vida, o la de tu hija.
¿Es dulce el olor del ocaso?



Próximamente: Parte III

Un libro es algo que todo el mundo debería tener como amigo, ese que no te abandona y te hace sentir acompañado en los momentos de soledad y angustia, y un poquito más feliz cuando ya lo eres.

Un libro posee la maravillosa virtud de hacer que nos sintamos evadidos de cualquier realidad, buena o mala, y viajemos hasta donde la imaginación del autor desee llevarnos, escalando párrafos y descubriendo una nueva forma de contemplar el horizonte; ese skyline construido mediante los cálculos precisos de un arquitecto de las letras.
Aquí está mi pequeña aportación a ese paisaje fantástico que torna como las estaciones.

Este libro, espero que el primero de muchos, es la recopilación que hice en 2009 de todos los relatos contenidos en Ciudad Colmena, y gracias a los cuales pude hacer realidad material un pequeño sueño: que uno de los títulos contenidos en alguna librería perdida y anónima fuese mío.


Ahora he decidido que (ya que en papel me es imposible porque tiene unos costes), al menos en .PDF y .ePUB será totalmente GRATUITO para todo aquel que desee descargarlo.

 




 










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Será un orgullo saber que alguien (aunque solo sea uno) me está leyendo desde cualquier rincón de este mundo.







PD: En breve, la segunda parte de El dulce olor del ocaso

La llamada quedó resonando en su interior, reverberando en sus entrañas, como una vibración que permanece en el aire tras el repicar de una campana, transmitiéndose dolorosamente como una descarga eléctrica que le erizó el vello de toda su piel y lo sumió en una repentina desesperación.
No hubo respuesta durante varios segundos.

Ajeno; al acecho siempre, el dolor se observa desde la barrera cuando pasa de largo, y nunca se llega a palpar hasta que cae directamente sumiéndote en la oscuridad.

Alfredo se consideraba a sí mismo un emprendedor, un trabajador tenaz que se había granjeado una fortuna a base de esfuerzo, mucho sudor y... bla bla bla. Caminaba altanero, muy seguro, marcando cada paso a fuego en el suelo como la meada de un perro enorme y feroz, enseñando los dientes y haciéndose notar, esparciendo el olor del triunfo por cada rincón de sus dominios.
Los miraba a todos, sus lacayos, con una sonrisa burlona, simpático y encantador. Observaba todo con aquel gesto falso, representando un papel que conocía perfectamente y le salía de forma maquinal; un libreto tantas veces interpretado ante un escenario que no permite ensayos ni fallos. Magnífico actor.
Repetía constantemente en tono socarrón que uno realmente sabe que ha triunfado en la vida cuando todos los demás piensan que eres un auténtico hijo de puta. Sabía que lo era, y se enorgullecía de ello. Sin embargo la realidad iba mucho más allá.
Aquellos que lo trataban de tú a tú lo envidiaban; cabrón con suerte; pero los que no podían más que mirarlo desde el abismo de muchos escalones más abajo sentían un odio visceral hacia él, mezcla de celos, rencor y desprecio; un sentimiento recíproco que todos recibían como una ráfaga de disparos camuflada entre los encantos de su sonrisa.

Mucho dinero era poco para su bolsillo, pero lo que emborracha a los más grandes es el poder y la sensación de experimentarlo día a día. Sed de todo aquello que se encontraba a su alcance, que era prácticamente todo, pero una inexplicable insatisfacción que lo dejaba insaciado, deseoso de mucho más. El conformismo es para los resignados sucios. Así es como llamaba a los demás, toda la casta de piezas que hacían funcionar el engranaje de su escandalosa ostentación.

Cuando se cortó la llamada quedó mirando al llamante desconocido desvaneciéndose de la pantalla del teléfono mientras aún martilleaba el eco de aquellas palabras expresadas en un tono lineal, sin pronunciación, propio de una voz digitalizada. 
No había información alguna en el mensaje, sólo una pregunta carente de significado para cualquiera que la escuchase, salvo él.
¿Es dulce el olor del ocaso?
Un temblor le estremeció mientras seguía retumbando en su mente la frase; burlándose de él; devolviendo a su campo la pelota con una fuerza arrolladora.
Juro que alguien va a pagar por esto... pero esta vez sus propias amenazas quedaban difuminadas en el vasto espacio de una soledad que jamás había sentido tan cercana.

La piel tersa y cuidada de Alfredo contaba cuarenta y tres años; dos hijas: Noelia y Ainara, y su esposa Sandra, cuidadas con una cariñosa indiferencia y muchos dígitos, lo que compensaba y a la vez proporcionaba un amor materialmente incuestionable. Una relación satisfecha llena de besos de agradecimiento y sonrisas obedientes.
Cientos de empleados danzaban al servicio de un negocio que él controlaba desde su atalaya, sintiendo la prosperidad brotar entre sus dedos y, sobre todo, haciendo valer su condición de hombre ejemplar, escupiendo su superioridad para que otros limpiasen la saliva de un bienestar asquerosamente envidiable.

El titiritero maneja los hilos a su antojo siempre y cuando se mantengan unidos.

Habían pasado algunos minutos desde que escuchara la voz maquinal recitando inconfundiblemente la pregunta que tanto le había turbado, y seguía sin poder aclarar sus ideas, preguntándose con qué intención podrían querer importunarle. Pero la respuesta cayó como un bloque de mármol aplastando su incertidumbre cuando volvió a escuchar su teléfono, viendo parpadear en la pantalla el letrero de llamante desconocido.
Y de nuevo esa voz impersonal: ...acabas de recibir un e-mail.

Desde la mesa de su despacho podía observar a un lado el trasiego de personas que deambulaban aparentemente ocupados por los pasillos de aquella undécima planta llena de oficinas, y del otro, a través del enorme ventanal, el horizonte de edificios recortando un fondo neblinoso. En aquel momento ninguno de los dos le reconfortó, erguido sobre su silla a medio camino entre el desasosiego y el cabreo giró la vista hacia la pantalla tecleando su clave de acceso e inició el programa de correo, comprobando que en su bandeja de entrada había varios e-mails sin leer. Inmediatamente se fijó en el más reciente, sin asunto, sin destinatario, con dos archivos adjuntos... respiró hondo y lo abrió. 
Dos vídeos sin título eran el único contenido del correo. En aquel momento se dio cuenta de que estaba temblando; un presentimiento le mordía provocándole náuseas, que se transformaron en auténtico horror cuando comenzó la reproducción del primer vídeo.
El escenario era oscuro, las paredes quedaban fuera del alcance del objetivo; el suelo blanco, descuidado, cubierto de manchas oscuras y secas. La tenue iluminación solamente dejaba ver la parte central de la imagen, donde la mirada acudía de forma ineludible para contemplar una escena grotesca: sentada en una silla metálica, con cara demacrada, semidesnuda y atada de pies y manos se encontraba una chica joven aterrada, llorando de desesperación, retorciéndose en un temblor espasmódico y suplicando a alguien para que la dejase marchar.

No pudo seguir contemplando aquello e inmediatamente paró el vídeo. Volvieron las náuseas con más fuerza que antes y reprimió una arcada. Un repentino estremecimiento le invadió cuando cayó en la cuenta de que había otro vídeo en los archivos adjuntos.

Suspiró, tomó aire con el corazón desbocado y tuvo la certidumbre de que aquello no había hecho más que comenzar. Sin más vacilación abrió el siguiente archivo y ante sus ojos se presentó otra escena, mucho más espantosa que la peor de sus pesadillas: el mismo escenario, la misma iluminación débil, pero en el centro, sentada en la silla, maniatada y completamente desnuda se encontraba Ainara, su hija, con un trozo de cartón colgado del cuello tapándole el pecho en el que se podía leer una pregunta: ¿Es dulce el olor del ocaso?





Es sólo un animal.

Martes, 13. Hay quien piensa que se trata de un día en el que la suerte está de espaldas, ignorando todo. Supersticiones (quizá). 

Lucía ha despertado hoy con la luz del alba penetrando en su habitación, ha mirado a su alrededor y al cerrar los ojos de nuevo, algo le ha golpeado en su alma joven e inocente... un recuerdo que se había perdido en la noche, mientras dormía. 
Aún sigue sin entender por qué golpearon a su amigo Mario aquellos chicos hasta dejarlo inconsciente... aún siente la congoja de saberse impotente y rota ante la saña con que era vapuleado y las sonrisas crueles de cinco niños disfrutando de un acto macabro.
Las lágrimas han vuelto a brotar de sus pequeños ojos marrones mientras abraza con fuerza la almohada para no sentirse tan desamparada.

Mario observa desde su ventana la luz del sol inundando lentamente aquellos campos, cuya maleza cubre la vergüenza de ser escenario de uno de los actos más crueles e inhumanos concebidos por... el ser humano.
Recuerda los ojos de Lucía, llenos de lágrimas mientras observaba angustiada cómo le pegaban y siente más dolor por aquellas lágrimas que por las heridas y contusiones que cubren su cuerpo.
Ahora sólo piensa en una frase, corta, sencilla, pero que no llega a comprender: Es sólo un animal, y acompañada de ésta, los puñetazos, patadas e insultos con que fue humillado. Si lo único que hizo fue expresar sus sentimientos... igual que todos los años, preguntándose las razones de ese acto tan cruel; qué sentido tiene una celebración en la que cientos de personas persiguen y torturan a un animal hasta que agotado, se rinde al dolor de las pedradas y lanzas para morir desangrado; sólo; Afligido.
 
Mario probó ayer en su piel la sed de sangre con que generación tras generación se educa a unos niños que no hacen más que repetir lo que ven y les enseñan.
Ese toro merece morir, porque ha nacido para eso; escuchaba incrédulo mientras la violencia iba aflorando en las miradas de sus compañeros; y por cada pregunta de éste, una mirada de odio por no pensar como ellos. Tenían que hacerle comprender por las malas lo que no había sido capaz de entender: que ese toro ya nació muerto.
Cuando llegó el primer golpe supo que no había más explicación que la irracionalidad y se sintió solo, vacío, perdido, pero sobre todo inmensamente triste.
Ellos no golpeaban a Mario, al fin y al cabo era su amigo; no tenían nada contra él. Se ensañaban contra sus ideas, aplastaban cualquier atisbo de independencia, esa muestra de rebeldía que no se puede consentir en una tradición tan arraigada. Así se lo han enseñado, y sus padres estarían orgullosos de verlos.

Hoy Lucía no saldrá de casa. Comparte el dolor de él porque antes incluso de conocer el significado de la palabra empatía, ya sabía lo que era ese sentimiento; y se entristece de ver lo que son capaces de hacer las personas por defender unas ideas que ni siquiera comprenden. Piensa en su amigo y no puede evitar derramar más lágrimas de impotencia; sabe que tras aquel acto se esconde algo mucho más importante que una simple pelea desigual.

Hoy corre por los campos huyendo de la barbarie un animal que no entiende tanta rabia y violencia, pero que siente y padece el dolor, el cansancio, la angustia; que dejará de vivir porque otros han decidido que esa será su forma de divertirse.
Cientos de lanzas movidas por la irracionalidad contra un cuerpo agotado e indefenso. Cinco niños deseosos de violencia contra Mario.
 
No hay supersticiones que valgan para un día como hoy, porque otro año será igual sin importar en qué día caiga; y otro toro caerá desangrado a los pies de la cobardía, herido de muerte en su orgullo y en su corazón.

Siempre había sentido un cosquilleo en la punta de los dedos ante la presencia de aquel monstruo cuya belleza hacía eco en cada uno de sus sentidos. Se paraba a respirar profundamente, protagonista de una escena en la que un empequeñecido David observaba a su Goliat particular; como si él mismo fuese esa minúscula piedra, frente a la majestuosa inmensidad que parecía desafiarlo; provocarlo; reírse de todos sus miedos y dudas. Ahora más que nunca, en el preciso instante en que se daba cuenta de las miles de miradas que había dirigido hacia allí arriba, suspiraba y sonreía con cierta amargura por dejar atrás lo que podría haber sido un sueño, o simplemente una pequeña anécdota. Sin embargo, ya nunca lo sabría.

Contemplaba sin más la sinuosidad de un horizonte que ya conocía sobradamente; aspiraba la embriagadora fragancia de cada partícula que descendía suavemente por las laderas llenando sus pulmones y evocando imágenes de aquella estampa; postales de distinta índole remarcadas con detalles nimios, pero que le conferían el toque necesario para convertirlas en recuerdos precisos de cada instante de su vida pasada. 


Las cosas se van dejando para después, sin saber siquiera si habrá un después; sin ser consciente del hecho de que tal vez tampoco se esté posponiendo nada. En ello pensaba Marcos mirando nuevamente la montaña desde el porche de su casa, igual que todas las mañanas desde hacía tantos años. 


Es curioso, pensaba, cómo podía verse ahí parado a lo largo del tiempo, y todo lo vivido en cada una de aquellas épocas, así como las circunstancias en las que, sentado allí mismo, contemplaba la montaña. Incluso podía evocar sentimientos… y sentirlos de nuevo al recordar.


Sus manos eran ya las ondulaciones del tiempo, señales de una vida larga; fiel reflejo de que la eternidad no es igual para todo. Su mirada desgastada ya no veía la nítida claridad de la mañana de la misma forma, lanzando destellos, atravesando los árboles y colándose hacia las rocas que brillaban como si se tratasen de pequeñas farolas instaladas en cada vertiente, marcando el trayecto que debían seguir las miradas anhelantes de emprender el camino de subida. Su piel ajada no tenía el brillo de antaño; sus ojos de color miel habían visto pasar las estaciones, esperando pacientemente el final de su trayecto; y su semblante embelesado hacía tiempo que había dejado de sorprenderse para ya solamente reverberar las vicisitudes de una existencia sencilla y monótona.


Permanecía allí, como otras veces, pero se daba cuenta de que nada sería igual.


Marcos desandaba sus pasos con nostalgia lanzando suspiros y preguntándose si a esas alturas de la vida algo sería distinto si hubiese subido a la cima. Y en el fondo sabía que no, pero qué más daba. Setenta y cuatro años eran muchos para tener que arrepentirse de ese tipo de cosas; sin embargo la desazón que sentía desde hacía varios días le hacía pensar una y otra vez en el hecho de que no había subido; de que siempre la tuvo delante; esperándole; susurrándole al oído todas las mañanas que había ante sí un camino por el que llegaría a contemplar su propia casa desde una perspectiva totalmente distinta, y todas las inquietudes que hasta ahora había tenido se transformaron en una, que se reproducía constantemente en su cabeza, hiriéndole con pequeños pero dolorosos pinchazos en forma de recuerdo no consumado.


Ahora tal vez tampoco serviría de nada subir aunque pudiese, porque ya no tenía razones para hacerlo; de hecho, hacía poco tiempo que se había ido la única razón para casi todo en su vida; la otra mitad que faltaba en la cinta de sus recuerdos; la ocupante de la silla que se mecía a merced del viento junto a él, vacía. Pero no quería pensarlo porque lloraba, y cuando se le llenaban los ojos de lágrimas volvía la cabeza para mirar la silla, y de nuevo hacia la montaña, contemplando un borrón translúcido detrás de su llanto.


La vida, en lugar de hacerse más fácil, se complica... -se decía constantemente para tratar de justificar por qué se sentía tan mal, e intentando quitarse la estúpida culpa de no haber cumplido ese pequeño deseo que tantas veces le había pedido ella años atrás, cuando la vigorosa juventud aún les mantenía fuertes. Tan sencillo como haber caminado desde temprano, tranquilamente de su mano los pocos kilómetros de estrecha senda que llevan hasta la cima.


¿Acaso era tan importante? Maldita sea mi estampa.


Marcos y su vieja sombra se habían convertido en la imagen perenne de un porche envejecido y una mente inquieta llena de reproches tontos; pero no se daba cuenta de que en realidad le estaba reprochando a ella haberse ido; haberlo dejado solo frente a aquella montaña inexpugnable; no haber continuado junto a él, sentada en la silla mirando al frente y comentando lo bonita que sería la vista desde arriba. Y a la misma vez se reprochaba a sí mismo egoístamente no haberse ido antes para no tener que vivir la tristeza de mirar aquella maldita montaña solo, acompañado de una silla vacía.


Y dejó su mente en blanco para no pensar; para no llorar más por algo carente de importancia porque lo realmente valioso no es lo que se dejó de hacer, sino todas las cosas que se hicieron con el entusiasmo de algo nuevo, y el ansia de llenar la mente de recuerdos que en un futuro y con toda certeza, paradójicamente harían brotar lágrimas de añoranza. 


Prefería pensar en eso para animarse y dejar atrás su desasosiego, pero no podía pasar página en un libro cuyo epílogo se escribía repitiendo líneas una y otra vez, sin nada nuevo que aportar a un día a día que perdía color lentamente y se desvanecía como si estuviese pintado con tinta mala.


El día siguiente amaneció nublado, haciendo contrastar el verde y ocre de la montaña que envejecía frente a él y exhalando el agradable hálito de una primavera que se acababa. No quiero seguir aquí hasta marchitarme, y en lugar de sentarse una vez más a contemplar el horizonte, caminó lentamente hasta llegar al límite de su propiedad y continuó dando pasos sin rumbo, alejándose poco a poco con el corazón dividido y el alma en sus pies. A los pocos minutos se dio la vuelta; miró de lejos su porche; observó las dos sillas, una junto a la otra, a una distancia conveniente para que dos manos pudiesen entrelazar sus dedos; y sonrió ante la certidumbre de que a sus setenta y cuatro años iba a redimirse por fin, pensando que solamente con la locura de intentarlo ya valdría la pena para mirar al cielo con el valor que le había faltado hasta ahora.


Supo entonces que se iba para no volver.

La vida es un traspié detrás de otro.

Jorge iba pensando que hay traspiés sin importancia; pequeñas caídas, de las que uno se levanta; y golpes que te destrozan.
Aún no había llegado a comprender la cronología de su historia, le resultaba complicado relacionar sucesos y encontrar una explicación congruente o alguna concatenación de razones; causas y efectos; qué había hecho mal para tener que verse en aquella situación.

Cabizbajo, con la autoestima rayando el suelo caminaba haciendo una ronda ya habitual en su rutina. Observaba a la gente preguntándose si alguno llegaría a hacerse una idea de lo efímero que es todo, y se estremecía ante la certidumbre de que cualquiera de ellos podría acabar de bruces contra el cemento de las frías aceras madrileñas en un abrir y cerrar de ojos; como en un mal sueño del que, en este caso, no había mañana en la que despertar.

En una mochila cargaba sus pertenencias; su hombro como sustento de todo aquello que le quedaba, pocas posesiones y muchos recuerdos por los que derramar lágrimas de añoranza. No tenía que remontarse mucho en el pasado para verse como una persona que luchaba por sus sueños, como todos, manteniendo un estatus que se había ganado a base de esfuerzo, sonriendo por las mañanas con los ánimos renovados para afrontar un día más, duro, pero recompensado.

¿Cómo? era la pregunta a la que recurría su cansada mente cuando se veía invadido por la desesperanza. Una y otra vez se martirizaba dando vueltas a una realidad en la que no podía retroceder para cambiarla, sin saber siquiera qué habría podido cambiar.

En un bolsillo de su pantalón, el único enlace que aún le relacionaba con el mundo emitía leves pitidos. Era su móvil que se quedaba sin batería. En la agenda guardaba el número de teléfono de las pocas personas con las que aún mantenía cierto contacto; amigos que una vez le dieron cobijo y comida; gente en cuya vida ya sólo había hueco para interesarse de vez en cuando por su estado, que le ayudaban en la medida de lo posible pero poco más podían hacer.
Le tocaba pues buscar algún bar en el que pedir el favor de usar un enchufe durante unos minutos para no dejar que se agotase esa pequeña prueba de que una vez se sintió parte de la sociedad, su particular via crucis, como una losa sobre la que soportar el peso de una casa, un coche e incluso una novia que también habían quedado atrás, en el mismo lugar en que quedó gran parte de su dignidad.

El monstruo temible que amenza las conciencias y la tranquilidad de tantas personas se cebó esta vez con él, quitándole primero un trabajo que suponía el pilar básico de su sustento, para continuar arrebatándole la casa que ya no podía seguir pagando; quedando en la calle con una gran bolsa en la que guardar sus objetos, los cuales tuvo que ir vendiendo hasta acabar finalmente con su pequeña mochila al hombro, con lo básico para mantener un mínimo de aseo y dignidad.

Tampoco duró mucho más su relación, porque el propio orgullo no le dejó permitir que la persona que estaba junto a él lo viese en el precario estado en que se encontraba; y ese mismo orgullo le impidió recibir ayuda en más de una ocasión, empeñado en que podría valerse por sí mismo y desistiendo después lentamente a las fuerzas que le quedaban y a la ilusión de un futuro mejor.
La calle te atrapa y te hace prisionero para no dejarte marchar nunca más.

Cada tanto se sentaba en algún banco de cualquier jardín para observar con una triste sonrisa la inocencia de los niños que jugaban contentos, ajenos al mundo exterior, lo que una vez pudo sentir él mismo; y cuando pensaba en su infancia no podía evitar derramar lágrimas de nostalgia preguntándose por qué a veces la realidad es así; por qué no guardar para siempre esa inocencia que nos hace felices.
Vagabundeaba durante el día en busca de un lugar seguro para pasar la noche, y poco a poco iba aprendiendo a dormir con un ojo abierto, preparado para echar a correr en cualquier momento huyendo de los que no comprenden que no es placer ni elección vivir bajo el inclemente cielo. Y cada día se hacía más difícil que su situación cambiase porque todo el tiempo del mundo es poco cuando tienes que sobrevivir con lo puesto.

Jorge fue olvidando incluso quién era, renunciando a toda lucha primero, y a la esperanza después. Tuvo que convivir con su presente con tanta intensidad que quedaron borradas las huellas del pasado, y su futuro inmediato no era más que una prolongación complicada de ese presente que ya había dejado de dolerle porque sus pisadas sobre el asfalto hicieron callo, caminando con una mochila harapienta, casi vacía ya, y un trastero por memoria.

¿Jugamos? (parte I)

No nos alejamos mucho, pero el lugar que eligió era perfecto; dentro del propio recinto de la piscina, junto a una pequeña balaustrada de piedra, bajo el ramaje de un árbol y en absoluta oscuridad. Desde allí podíamos verlos a todos. Se acercó aún más, pegando su cuerpo al mío y me volvió a hablar al oído:
Tranquilo, ellos no pueden vernos...

Sin siquiera mirar, agarró el cordón de mi bañador y tiró de mí dando unos pasos hacia atrás apoyándose en la balaustrada, que parecía estar hecha a nuestra medida. Mantuvo cogido el cordón, jugueteando con él mientras me miraba a los ojos sonriendo, sin decir nada.
La cogí por la cintura acariciando suavemente hacia sus caderas, serpenteando con los dedos alrededor de la cuerdecilla que ataba su bikini, imaginando desatarlo lentamente y disfrutando del momento... acercándome poco a poco a su cara hasta sentir el calor de su respiración excitada golpear sedosamente mi mejilla.

El tiempo transcurriría sin dejarnos pensar en nada más porque no había prisa, aunque sí muchas ganas; así que me acerqué aún más hasta pegar los labios a su cara y le susurré: me encantas.
Me encantaba toda ella; su espontaneidad, su rostro alegre, su sonrisa, su cuerpo y la situación de aparente intimidad en la que estábamos.
Deslizó ambas manos por mi cintura entrecruzando los dedos detrás y atrayendo mi cuerpo hacia el suyo hasta que estuvimos pegados... haciéndome sentir su pecho aún humedecido por el bikini. Esta vez acerqué mi boca a la suya y la besé, saboreando sus labios intensamente, apretando sus caderas y abalanzándome aún más hacia ella para sentir su piel morena, calentada al sol, calentándose en la oscuridad de aquel rincón con el roce de mi cuerpo, y haciéndome arder.

La música permanecía en segundo plano; la gente a sólo unos metros, y nosotros, invisibles a su vista continuábamos cruzando labios y lenguas, respirándonos, recorriéndonos con las manos y sintiéndonos con toda la piel casi desnuda.
Sin despegarme de su boca busqué en su espalda los nudos que ataban el sujetador; muy lentamente los deshice, dejándolo suelto... y me separé de ella levemente permitiendo que cayese y contemplando como se deslizaba hacia abajo, mostrando lo que hasta ahora solo había podido imaginar... y sentir en mi piel.

La volví a besar, y continué rozando mis labios por su mejilla, deslizándolos hacia su cuello y dando pequeños y suaves mordiscos entre éste y sus hombros... para bajar muy poco a poco, tatuando los labios en su piel hasta llegar a su pecho; suave, terso, frío... delicioso.
Introdujo sus dedos en mi pelo y suspiró al sentir mi lengua recorrerla de lado a lado, jugando, disfrutando. Rodeé con mi lengua cada pezón, juntando los labios alrededor y sorbiendo delicadamente, suspirando, y recorriendo sus caderas con mis dedos.
De nuevo busqué los nudos... pero esta vez los que ataban sus braguitas a ambos lados, y con precisión milimétrica los dehice tirando de ellos a la vez mientras seguía recreándome en su pecho. Ella se dejaba hacer contemplando la escena desde arriba, apoyada en la piedra y suspirando.
La tenía, ahora sí, desnuda ante mí, mirándome y sonriendo de nuevo.

Me levanté abrazándola y la alcé para sentarla de forma que sus piernas quedaban a ambos lados de mis caderas. El roce de mi bañador hacía que su piel se erizase por la humedad; volvió al cordón que ataba éste y, deslizando ambas manos tiró de él muy despacio hasta que el nudo estuvo deshecho... introdujo los dedos poco a poco desde el borde mientras me mostraba la lengua divertida, guiñándome un ojo; jugueteó durante un instante y comenzó a bajar el bañador con mucho cuidado hasta que cayó al suelo por su propio peso, diciéndome al oído: Ya estamos igual.

El efecto fue inmediato; la altura justa; y el morbo de la situación implacable. Eché un paso adelante obligándola a abrir un poco más las piernas, sintiendo en sus muslos el roce de los mios, la volví a coger por la cintura, pegué mi pecho al suyo y abrí los labios para posarlos sobre los suyos, todo a la misma vez, y haciéndola sentir de forma simultánea que me abría paso hacia sus caderas, muy lentamente, como otro pequeño juego, dejando que notase mi erección posarse entre sus ingles, que la sintiese palpitar en su piel al tiempo que la seguía besando y acariciando con todo mi cuerpo.

La tensión y el calor que estábamos acumulando aumentaban, desnudos en aquella posición sin dejar de recorrernos con las manos, de rozarnos con los cuerpos y comernos con ansia; las pulsaciones aceleraban a un ritmo atronador; nuestra actividad se hacía ligera, impaciente.
Con un leve movimiento de cadera busqué hasta notar el punto exacto donde confluyen todas y cada una de las palpitaciones e impulsos eléctricos del cuerpo... y comencé a acariciar su clítoris con mi glande, en movimientos pausados, acompasados, rítmicos y coordinados con mis manos, que tocaban toda su piel erizada mientras nuestros oídos percibían la melodía de respiraciones extasiadas.

Aquella deliciosa tortura nos mantenía en un mundo aparte donde no existía nada más que nosotros dos y nuestra locura.
Sus jadeos me insinuaban que estaba al límite; detuve mi movimiento para buscar de nuevo, esta vez un poco más abajo, sintiendo la lubricación de su vagina, y adelanté mi pélvis muy lentamente para notar como ella iba abriéndome paso, penetrando poco a poco entre sus piernas, recibiéndome con todo su cuerpo mientras la besaba con más ansia y nos gemíamos mutuamente.
Sus uñas se clavaban en mi espalda empujándome hacia ella para sentirme plenamente. Las paredes de su interior palpitaban mientras se abrían sintiendo la fricción de mi empuje, y yo palpitaba dentro de ella...
Me quedé unos segundos sin moverme, percibiendo su corazón desbocado y entre jadeos acertó a susurrarme: me estoy volviendo loca.
Lo cierto es que nos estaba volviendo locos el hecho de estar absolutamente pegados, sin permitir un milímetro entre ambos, notando el sudor resbalar por nuestros cuerpos, mezclando el sabor lascivo de nuestras lenguas...

Y volví a separarme despacio de ella para comenzar el movimiento rítmico de mi cadera entre sus piernas, y sus uñas volvieron a mi espalda en su excitación descontrolada para tratar de controlarme, pero el cadencioso baile continuaba aumentando al compás de los gemidos, amortiguados por la música de la piscina: una, dos, tres... por cada embestida un suspiro; los ojos cerrados y las lenguas juguetonas; hambrientas.
La tensión estaba al límite, pero no quería terminar tan pronto ese placer que nos mantenía en vilo, así que me detuve y le dije al oído: quiero que te des la vuelta.

No respondió; simplemente bajó las piernas, se puso en pie y me dio la espalda, apoyándose en la balaustrada y mirando hacia atrás de reojo sonriéndome, esa eterna sonrisa en su cara.
Posé mis manos en su espalda, descendí suavemente con ellas por sus caderas y acercándome, volví a penetrarla muy despacio, agarrándola fuerte, clavándole esta vez yo mis uñas para atraerla hacia mi y guiarla en mis movimientos.
Los músculos de su cuerpo se pusieron rígidos, sus gemidos se volvieron más intensos y sus manos apretaron con fuerza la piedra...

Continué acelerando, haciendo chocar mis caderas contra sus nalgas; sintiendo mi piel erizada; mis propios músculos convulsionados y un electrizante cosquilleo que me recorría por completo hasta estallar intensamente. Ella quedó en silencio por unos segundos aguantando la respiración; sus piernas temblaban a cada movimiento, perdiendo la fuerza por momentos e incluso el equilibrio.
Su orgasmo se transmitió a mi cuerpo que reaccionó del mismo modo y me hizo explotar vaciando toda la tensión acumulada y sintiendo como la inundaba, mientras aún permanecía callada, luchando por mantener el equilibrio, apoyándose toda ella hacia delante y agarrándose con todas sus fuerzas.
Vibrábamos juntos al ritmo cada vez más acelerado del placer que nos mantenía absortos en aquel momento... sin querer gritar pero deseando hacerlo; contrayendo involuntariamente cada músculo cientos de veces por segundo; deshinibidos por completo; sintiendo fluir la energía descontrolada de ese orgasmo que no tenía fin.

Y durante unos segundos todo desapareció, quedamos suspendidos y solamente hubo silencio...

Tras todo esto nos erguimos, se volvió hacia mi apoyándose atrás y la abracé queriendo seguir disfrutando de aquel momento.

-¿Querrás volver a jugar conmigo?
-Cuando quieras.

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