Desquitar(nos) - Parte IV

Desquitar(nos) - Parte I

Desquitar(nos) - Parte II

Desquitar(nos) - Parte III


Cuando llegó a su pecho le dio un último beso, largo e intenso, después acercó sus labios al oído de ella y le susurró:
- ¿Subimos, cariño?
- Sí, por favor.

Así, a través de la tenue luz que se filtraba desde la calle, caminaron conforme estaban la corta distancia que los separaba del ascensor, pulsó el botón para llamarlo y cuando se abrió la puerta, sin decirse absolutamente nada entraron juntos.



Iban agarrados de la mano
Mientras el ascensor subía se volvieron a juntar frente a frente, las manos de ella por dentro de la camisa de él, que permanecía desabrochada, sintiendo su piel. Las juntó atrás, en su espalda, apoyando las palmas bajo los omóplatos, moviéndolas en una suave caricia y dejando caer a su vez la cabeza en su hombro. 
Él la rodeó, abrazándola con fuerza, percibiendo la cálida respiración de ésta en su piel desnuda. La sentía agitada; un latido fuerte y acelerado tocaba al compás de su excitación; cercano, pegado a su pecho; y la abrazó con más firmeza aún.
Permanecieron así durante los segundos que tardó en subir, escuchando el suave sonido de la cabina. Sentían una necesidad urgente de llegar, aunque ambos pensaban que ese sería un buen momento para que se parase el tiempo y todo dejase de existir a su alrededor.

No se soltaron hasta que el ascensor hubo parado. Caminaron hasta la entrada del piso y de nuevo la dejó pasar delante; entró detrás y tras caminar unos pasos, ella se volvió para mirarlo a los ojos, colocó las manos en su pecho, agarró los bordes de su camisa y la abrió hacia atrás, empujándolo contra la puerta. Ésta vez sí, la sacó por los brazos y la dejó caer al suelo. Acercó su boca a la de él; antes de besar mordió jugueteando, paseó su lengua por el contorno y saboreó toda la carnosidad de sus labios húmedos al tiempo que buscaba el borde de los pantalones para terminar de abrirlos y empezar a bajarlos poco a poco, pero de una vez hasta finalmente verlos caer.
Las manos de él se entretenían en los botones de la camisa a medio abrir de ella, soltando uno a uno torpemente porque toda su atención estaba puesta en un beso prolongado y ansioso.
Cuando la tuvo suelta tiró de ella hacia abajo para quitarla, y la dejó caer llevando sus manos hasta la espalda para buscar el broche del sujetador. El sosiego se lo habían dejado en el portal. Ahora se buscaban con rabia. Desabrochó, llevó sus manos a los hombros y bajó los tirantes, notando cómo resbalaba la prenda, cayendo entre ambos; y se acercó hasta quedar pegado de nuevo, esta vez sin tela alguna de por medio; y por fin ambos sintieron el contacto que habían fantaseado miles de veces; haciéndoles experimentar una excitación jamás imaginada.
Piel con piel; suavidad; cosquilleo; calidez.
El límite entre la ternura y el delirio; cruzando el borde hacia el lado hirviente de sus deseos.

El más leve contacto de sus pechos provocó una descarga eléctrica que les recorrió el cuerpo, atravesándolos; haciendo que todos los impulsos nerviosos recibidos en sus cerebros procedieran de ese punto exacto. Pudieron percibir esa porción de piel erizándose en primer lugar, propagándose desde ahí hasta el resto del cuerpo, como cuando se toca con la punta de un dedo un charco en calma y se ve la pequeña ola desplazándose alrededor formando un círculo perfecto hasta llegar al borde.

Él se quitó los zapatos y los pantalones, dejándolos apartados a un lado; ya sólo le quedaba una cosa por quitarse.
- Me debes una prenda — le susurró, mientras se desplazaba con sus dedos por la espalda hasta la cintura y desabrochaba a su vez los pantalones, bajándolos despacio hasta los tobillos, sacándolos después de haberla descalzado con mucha calma.

Mientras se volvía a levantar fue paseando los dedos de ambas manos por las piernas de ella, desde los tobillos, por la parte externa de éstas, recorriéndolas hacia arriba lentamente al tiempo que acercaba los labios por todo el recorrido, para deslizarlos suavemente por la piel. Se detuvo con la boca en el abdomen; las manos en la cintura. Besó cerca del ombligo, exhaló el aire caliente por la nariz haciéndola sentir la calidez de su interior, posando después los labios más abajo; emitiendo en el silencio de la casa el dulce sonido de unos besos reposados entre sus respiraciones ansiosas.
Fue bajando el pequeño espacio que separaba el ombligo del borde de la única prenda que le quedaba a ella, lentamente; sintiendo la fina piel erizarse aún más bajo sus labios; después abrió la boca e hizo presa con los dientes en el borde superior de la minúscula tela; bajó con los dedos por las caderas, los introdujo a través del elástico, y continuó bajando, tirando de éste sólo unos centímetros al principio, los suficientes para destapar por un instante lo que hasta ese momento ni se había atrevido a imaginar; aún pudoroso, con el corazón acelerado, se detuvo a mirar hacia arriba, para encontrarse con la sinuosidad del cuerpo ya sin ropa desde la cintura y la mirada de ella que, en pie, casi desnuda por completo sentía temblar todo su interior; inmóvil, obediente; dejándose hacer y disfrutando cada instante.

Sin apartar la mirada de sus ojos continuó bajando con las manos hasta llegar a los tobillos, esperó a que levantase un pie primero; luego el otro, y por fin quedó completamente desnuda, de pie, casi indefensa, a la entrada de una casa en la que no había estado nunca, mirando a la única persona en el mundo con la que quería estar en aquel momento.
Desde abajo, él contempló por un momento la exquisita vista del contorno que se dibujaba de ese cuerpo desnudo que, después de tanto tiempo, tantas conversaciones, tantos deseos, finalmente tenía delante. Se levantó lentamente, con las manos puestas en su cintura, deslizando su boca por el muslo derecho, haciéndola sentir el contacto de sus labios; se dirigió hacia la cara interna de éste; subió un poco más; besó; inspiró el aroma de su piel; pasó a la otra pierna y repitió, paseándose por el interior del muslo al tiempo que ascendía y se acercaba donde ambas terminan. Ella sentía ese cosquilleo cada vez más patente concentrándose en toda la zona que él recorría con sus labios; sentía las piernas temblorosas, lo observó desde arriba acercarse a las ingles, descender sus manos desde la cintura hasta las caderas, acariciando con los dedos, que continuaron hacia el centro apenas rozando la piel mientras su boca recorría ahora la ingle derecha; podía notar su aliento cálido entre sus piernas, sus dedos cariñosos alrededor y sus labios posándose en un recorrido que la estaba volviendo loca. Pasó a menos de un milímetro de su piel hasta la otra ingle; volvió a besar y acariciar moviéndose alrededor.
Dio un sólo beso, al final, justo en el centro, en la parte baja del pubis, tatuando los labios, abriéndolos levemente y emitiendo un sonido que penetró en los oídos de ella como música, provocando un espasmo en todo su cuerpo y haciéndola exhalar un leve pero intenso gemido. Dejó las manos de nuevo en sus caderas y fue ascendiendo lentamente hacia el ombligo, para continuar por el abdomen y seguir subiendo hasta el pecho. Levantó la mirada de nuevo hacia ella, subió las manos y acarició desde abajo muy suavemente, casi con ternura la curvatura de sus senos desde los laterales hacia abajo, dibujando su forma con los dedos; trazando el contorno hasta el centro. Acercó sus labios, besó la piel erizada y los dejó posados, para moverse alrededor y dibujar con ellos el trazado que había seguido antes con sus manos. Labios, lengua, piel erizada; continuó un rato escuchando la respiración cada vez más agitada de ella, cuyas manos estaban ahora posadas en la cabeza de él, que seguía concentrado en sus pechos, haciendo que su excitación aumentase por momentos.
Se incorporó del todo mirándola a los ojos, aún con las manos puestas en su cintura.

Volvió a acercar su cuerpo al de ella, pasó las manos bajo sus glúteos y la levantó del suelo. Ella se agarró a su cuello y entrelazó sus piernas por detrás de él, que caminó despacio por el pasillo hasta el dormitorio. La bajó a los pies de la cama, deshizo ésta de un tirón, ella se sentó en el borde mientras él permanecía de pie, alargó una mano y le acarició el torso hacia abajo, muy lentamente, recreándose. Llegó hasta el abdomen, posó la palma, continuó hacia abajo pasando por el ombligo y se detuvo en el punto exacto al que se dirigía para sentir las palpitaciones entre sus dedos. Presionó; agarró; jugueteó a través de la tela mirándolo a los ojos y sonriendo.
- Ahora me debes una tú a mi.
Con gesto divertido deslizó ambas manos hacia el borde del elástico, introdujo los dedos y tiró hacia sí para después ir bajando despacio, observando a sólo unos centímetros, justo a la altura de su mirada lo que acababa de palpar con su mano, que se mostraba en toda su magnitud; tensa, dura, palpitante, liberada. Observó los leves latidos que la movían mientras continuaba bajando hasta las rodillas, donde soltó y dejó caer la última prenda que le quedaba a él.

Se puso en pie, llevó su mano izquierda hasta la zona que acababa de liberar; empuñó con fuerza, apretando para sentir la dureza de la erección que estaba provocando, y acercó su boca al oído de él para susurrarle "vamos a la cama". Mordió su labio inferior y se apartó para tumbarse, invitándolo a hacer lo propio.

[...] ahí estaba, tumbada en su cama, completamente desnuda, ligeramente ladeada; piel bronceada, suave, con el contorno del bikini ligeramente marcado en un tono más claro; algo que siempre le había resultado morboso. Ella lo miraba sin decir palabra, él observaba el movimiento de su pecho por cada inspiración-espiración, la cabeza apoyada sobre su mano, el pelo cayendo sobre el brazo que a su vez apoyaba en la cama. La otra mano sobre su propia cadera, apoyada, despreocupada, sin prisa. Tenía un gesto divertido, paciente [...]

Tumbado sobre ella sentía el exquisito sabor de sus labios, su lengua y su piel llenándole la boca. Jadeando acompasados; pegados, compartiendo el calor que habían acumulado desde hacía horas; la excitación que continuaba elevando sus ganas de destrozarse juntos.

Paredes, techo, sábanas; todo cuanto los rodeaba era blanco. Ella contempló el contraste de la piel bronceada con el blanco impoluto y se le antojó estar viviendo una ensoñación, aún teniendo la certeza de que todo cuanto sentía era absolutamente real. Le pareció escuchar el sonido de un teléfono, por un instante pensó si sería el suyo; pero se evadió de todo a su alrededor y se sumergió en el cuerpo que se entrelazaba con ella y besaba cada centímetro de su piel desnuda.

Cerró los ojos y se volvió a entregar al placer de saberse el centro de un universo en el que solo estaban ellos.

Se recostó del todo, acomodó su cuerpo de tal forma que pudiera sentir la totalidad de él sobre ella; separó ligeramente las piernas haciendo encajar el puzzle que habían formado ambos, ocupando solo un espacio sobre la cama; deslizó ambas manos por toda la suavidad de la piel desnuda de él, desde la espalda, recorriéndola con los dedos en un cosquilleo cariñoso hacia abajo, hasta donde alcanzaba, y volvía a subir sintiendo los besos en su cuello que la mantenían permanentemente erizada.
Su respiración cada vez era más incontrolable, agitada junto a su oído, que le hacía intensificar cada contacto de esos labios y esa lengua que se posaban en ella.

Más abajo sentía la presión de una fuerza que continuaba palpitando en el lugar preciso, entre sus piernas, únicamente el contacto, sin más, posado sobre ella.
Él hizo un leve movimiento de pelvis, y mientras la besaba, ella sintió el roce del desplazamiento entre sus ingles y un cosquilleo electrizante a través de piel humedecida por el contacto; dio un respingo; un jadeo, casi un gemido. Presionó con sus manos las nalgas de él y comenzó a guiar el movimiento de pelvis hacia arriba y hacia abajo, concentrado en ese punto para continuar sintiendo el roce que la mataba de placer.
Podía escuchar a unos milímetros la respiración entrecortada, cada vez más agitada de él. Lo sentía tan cerca que volvió a pensar en que no hay ensoñaciones tan reales; entreabrió los ojos y miró el techo blanco, nublado por ese gozo que la hacía querer cada vez más.

Ninguno dijo nada, se entregaron a la complicidad callada y a sus jadeos. En uno de los movimientos ella presionó un poco más para hacerlo bajar hasta el punto exacto; él comprendió al instante, se detuvo para ubicar perfectamente el siguiente movimiento, ella levantó levemente sus caderas y guió de nuevo hacia sí misma con un delicado impulso, notando cómo muy lentamente se iba abriendo paso; introduciéndose milímetro a milímetro en su interior. Fue sintiendo la exquisita presión penetrando suavemente entre sus piernas.
Muy despacio, moviéndose con sumo cuidado fue dejándose caer guiado por ella, que notaba cómo su interior ardía, palpitaba, temblaba; se llenaba placer. Su cara era el reflejo de lo que sentía más abajo; sus manos reposaban aún en las nalgas de él, como queriendo controlar cada detalle del movimiento de su pelvis.
Cuando lo tuvo completamente dentro dejó escapar un gemido prolongado; él se quedó inmóvil, sintiendo el calor bajo sus caderas. La besó, buscando su lengua con hambre; la saboreó mientras continuaba notando las palpitaciones de su erección dentro de ella, que respiraba agitadamente, e inició el movimiento de regreso, lento también, para notar que la lubricación que lo había recibido tan suavemente lo dejaba salir, casi del todo. Quería hacerla sentir de principio a fin cada milímetro.
Su pelvis comenzó un movimiento cadencial sobre ella, que lo recibía con un nuevo gemido, sintiendo cómo repetía acompasadamente los movimientos previos; penetrándola sin prisa hasta que sus cuerpos quedaban totalmente pegados, para volver atrás y sentirla salir a través de su interior temblando de placer.
Poco a poco fue aumentando el ritmo mientras se buscaban los labios; respiraban excitados por la nariz; jadeaban con cada nueva embestida, cada vez más fuerte. Las sacudidas empezaron a provocar que los jadeos se transformaran en gemidos que ya no podían, ni querían contener. No se decían nada, la complicidad los hacía moverse sin necesidad de nada más. Se miraban a los ojos para asegurarse de que todo era real; juntos, enlazados sus cuerpos se sentían explotar de excitación. Estaban dando rienda suelta a toda la lascivia acumulada y cada uno de sus músculos temblaba incontrolado.
Ella cerraba los ojos para concentrarse en los espasmos que recorrían su cuerpo, sus dedos se clavaban en la piel atrayéndolo con rabia; queriendo sentirlo más. Se sentía explotar, la tensión se iba liberando poco a poco con cada gemido; bajó las manos y se agarró a las sábanas tirando de ellas, tensando todos sus músculos; apoyó la cabeza en la cama y levantó aún más sus caderas, separó más las piernas abrazando con ellas la espalda de él, que continuaba moviéndose sobre su cuerpo al borde del éxtasis, ambos rendidos a sus delirios, ambos rompiéndose en pedazos, y en el momento en que pisaban el límite del precipicio, antes de dejarse caer y volar, en lo que fue a partes iguales un gemido, una súplica y una orden, ella le pidió que se tumbase.
- Ahora mando yo...

Él se detuvo, inmóvil un instante, y al borde del orgasmo la besó en el cuello, salió muy despacio y se tumbó hacia un lado, mirando hacia arriba y contemplando la exquisita desnudez perlada por el sudor, que se incorporaba de rodillas para acercarse a él, apoyó las manos en su pecho, pasó una pierna por encima y se colocó a horcajadas.
Lo miraba a los ojos, sonreían agitados, clavó los dedos en sus pectorales marcando levemente las uñas, y fue bajando las caderas lentamente, divertida, ansiosa, buscando, sintiendo; primero el roce, después la presión; deslizando hacia atrás y adelante; despacio, llenando los pulmones, volviendo a repetir; piel suave, humedecida; adelante y atrás.
Jugueteó así unos instantes, sólo en la superficie, no quería acabar pero estaba loca por volver a sentirlo dentro de ella,  volviendo loco de excitación a él con su juego.
Se acercó para volver a sentir sus labios, y mientras lo besaba fue descendiendo la cadera con cuidado, sintiendo de nuevo abrirse paso, dura, firme, lubricada, lentamente hacia su interior, bajando poco a poco hasta tenerla dentro otra vez, con todo su ser temblando; sentirlo esta vez desde una posición de ventaja, llevar las riendas y hacer de él lo que quisiera.

Se acomodó para poder manejar la situación libremente, e inició el movimiento ascendente, también lento al principio para sentirla salir y de nuevo volver a bajar, separando más las rodillas, encajando su pelvis sobre él, clavando los dedos en su pecho con cada espasmo de placer que le producía sentirlo entrando poco a poco entre sus piernas. Quería ir despacio y concentrarse solo en eso, pero su excitación le pedía más, llevaba mucho rato al límite, alargando la dulce agonía, disfrutando de él y haciendo acopio de imágenes y sensaciones para no olvidar nunca.

Fue acelerando paulatinamente el ritmo, lo miró una vez más a los ojos antes de cerrar los suyos y entregarse al placer; acarició su torso; sonrió gimiendo; se mordió el labio inferior sintiendo las manos de él recorriendo su abdomen, acariciando su pecho. Doblaba la espalda al subir y presionaba al bajar para no dejar de sentir un solo milímetro de él; intensificó las sacudidas; golpes de su pelvis contra la de él, cada vez más fuertes; más sonoros; acompasados, sintiendo como si todas sus terminaciones nerviosas enviaran pequeñas descargas eléctricas únicamente hacia esa zona; perfectamente coordinados; segundos de éxtasis. Ella cerró los ojos con fuerza, se sentía inundada, desbordada de placer; él se mantenía firme, acompasando sus movimientos y disfrutando cada instante, apunto también de explorar, mirándola, sintiéndola; presionó sus caderas y siguió los movimientos, viéndola, escuchándola, percibiendo cada espasmo, palpitando dentro de ella.
No quiso prolongar esa dulce agonía, deseaba, necesitaba dejarse arrastrar por la corriente; todo su cuerpo temblaba; los espasmos la recorrían, la inundaban; era una fuerza arrolladora que la transportó hasta lo más profundo de sí misma... y se sintió estallar en millones de partículas de luz tras sus párpados; miles de contracciones de cada fibra; una descarga eléctrica descomunal; profundidad; relámpagos; gemidos; las manos sobre él; dedos clavados en su piel; abdomen, hombros, piernas, espalda: todo en una tensión intermitente; pulsos; el olor dulce del sexo. Se desbordó por todos sus poros, exhalando la vida en cada espiración. Se fundió con él sintiéndolo bajo su cuerpo, su temblor, el calor que le transmitía.
Continuó con rabia el ritmo frenético de sus sacudidas exprimiéndolo hasta la última gota y desquitándose juntos de todos los anhelos guardados durante tanto tiempo.
Tiempo

Fue aminorando lentamente el ritmo, sintiendo los últimos espasmos que la hacían retorcerse. En su interior aún notaba palpitar la erección, también en descenso de él. Abrió los ojos y vio su sonrisa al mirarla; agotado también, vacío.
Se había dejado llevar por el orgasmo hasta tal punto que sólo cuando volvió se percató de que él también se había vaciado, quedando tendido bajo ella como un trapo. Él no habló, recuperando el aliento se quedó pensando en el momento en que no pudo más al verla extasiada, en otro mundo; al escuchar sus gemidos; al percibir sus espasmos. Uno seguido del otro, casi simultáneo. Dos pequeñas e instantáneas muertes acompasadas.

Murieron por un momento juntos, uno por el otro, y volvieron a la vida sabiendo que ya no podrían dejarse marchar de nuevo, jamás.

Aún sintieron una última descarga de placer cuando ella salió, provocándoles un escalofrío, y quedaron tendidos uno junto al otro, exhaustos, sudorosos, recuperando el aliento. Satisfechos.
Ella se volvió hacia él, pasó un brazo sobre su pecho y se recostó. Junto a su oído el corazón palpitaba con fuerza. Y permaneció así, escuchado cómo poco a poco bajaba el ritmo y se relajaba, sintiendo la presencia de ella cerca.

Se quedaron en esa posición, inmóviles, en silencio, arañando segundos, disfrutando su compañía; su desnudez.
Él la besó en la cabeza y acarició su espalda, y en la mente de los dos se formuló la misma pregunta, aunque ambos sabían ya la respuesta, la tenían clara.
¿Ahora que?

Comentarios

Nicholas Watkins ha dicho que…
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