Nuestro todo

Yo lo tuve todo aquí; en la palma de mi mano; todo...

El hombre de la chaqueta beige caminaba con la cabeza levantada, mirando con gesto inexpresivo a los ojos de la gente. De vez en cuando se detenía para observar a su alrededor, farfullando algo para sí, como queriendo transmitir al mundo sus pensamientos sin más micrófono que las notas de su voz queda entre el alboroto del gentío.
La piel reseca por el roce inclemente de la intemperie se había transformado en un pergamino donde estaban dibujados todos los años del mundo, y muchas historias para contar, pero nadie dispuesto a escucharlas. Sus brillantes pupilas eran el espejo donde se reflejaban todas las miradas ajenas, guardando la expresión de cada leve sentimiento transmitido al observar su rostro envejecido; penas, risas, simpatías, burlas e indiferencia.

Lo había tenido todo en la palma de su mano; pero un todo relativo. Repetía cada cierto tiempo la frase, queriendo recalcar que un día fue dueño de todo lo que le hubo pertenecido, sin ser consciente de que el concepto se le escapaba porque todos tienen sus propiedades, y cada cual es dueño de su todo particular. Sin embargo nadie se molestó en preguntarle por todas esas cosas de las que presumía y que, por lo que decía, ya no tenía; y ya puestos, la razón por la cual seguía tan orgulloso de haber tenido algo y haberlo perdido.
Las cosas vienen y van, pero se quedan los recuerdos; las imágenes. ¿De qué te serviría tener una puesta de sol guardada? Al final te cansarías de ella y dejarías de mirarla.

Y continuaba siendo el objetivo de las debilidades de la gente con la que se cruzaba, porque nadie podía evitar que floreciera ese sentimiento escondido que hace parecer a la gente más humana de lo que desean; esa conciencia traidora que susurra al oído pobre loco. Aunque quizá eran ellos quienes no comprendían que la locura de aquel se basaba en la certidumbre de que para sí, la suya fue una vida absolutamente plena, y que el arrepentimiento es para quienes reconocen debilidad en sus decisiones. Había recorrido todo el camino que le correspondía y todo lo que quedó atrás fue porque así debía ser.
En una bifurcación, siempre se deja de lado un camino; al final nos queda lo andado, y quien echa la vista atrás corre el riesgo de tropezar con lo que tiene delante.

El hombre de la chaqueta beige tenía un nombre que ya había sido olvidado, y muchas cosas por compartir y que enseñar, las cuales pronto caerían en el mismo saco roto porque nadie creía posible aprender algo de quien vaga solitario hablando al viento. Lo precedía un halo de marginalidad que iba anunciando su llegada; había quien lo esquivaba, y quienes acallaban sus conciencias saludándolo, volviendo la vista para no darle tiempo a iniciar una conversación. Él callaba porque aún sabía interpretar las miradas; a veces pasaba días enteros sin hablar y solamente murmuraba para sí sus pensamientos, sintiéndose acompañado con la sola presencia de quienes lo evitaban.
Es mejor estar sólo junto a mucha gente, que a solas y sin nadie alrededor.

Hacía demasiado tiempo que había dejado de reconocer los rostros en la calle, porque quienes acompañaron sus pasos se habían marchado antes que él. No os despedísteis canallas, aunque tampoco eso os puedo reprochar, al menos estuvísteis aquí, que no es poco.

Su signo del zodiaco era paradójicamente géminis, pero mucho tiempo atrás decidió que sólo habría cabida en sus pensamientos para la cara positiva, sin importar lo oscuros que éstos fuesen.
Si volviese a nacer trataría de no olvidar que quizá alguna vez podría llegar a ser viejo, para así poder recordárselo a los demás.

Ahora tenía muchas cosas por las que sentir orgullo, tan reales en sus recuerdos como intangibles en la realidad, y la certeza de que todos aquellos que se cruzaban con él absortos en sus pensamientos tendrían alguna vez su todo particular, del que podrían presumir con una sonrisa nostálgica.

Hacía su recorrido diario y no se detenía a pensar en lo efímero de cada acto; dedicaba toda su atención a continuar guardando en sus manos cada segundo; vestía la misma chaqueta siempre que salía para que lo recordasen aunque sólo fuese por llevar aquella prenda, tan envejecida como él; y hacía ejercicios de introspección cada vez que se sentía débil, tratando de remarcar a martillo y cincel la sonrisa del único rostro de su particular signo zodiacal.
Aquel era su sitio, y allí terminaría sus días, mirándose las manos y sintiendo ese extraño orgullo que le hacía repetir incansable su oración, con la humildad férrea de quien sabe que es mejor haber tenido y perder que nunca haber tenido, y encorvado bajo el peso de una infinidad de respuestas para todas aquellas preguntas que nadie le hacía.

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