El dulce olor del ocaso (parte II)

Suspiró, tomó aire con el corazón desbocado y tuvo la certidumbre de que aquello no había hecho más que comenzar. Sin más vacilación abrió el siguiente archivo y ante sus ojos se presentó otra escena, mucho más espantosa que la peor de sus pesadillas: el mismo escenario, la misma iluminación débil, pero en el centro, sentada en la silla, maniatada y completamente desnuda se encontraba Ainara, su hija, con un trozo de cartón colgado del cuello tapándole el pecho en el que se podía leer una pregunta: ¿Es dulce el olor del ocaso?
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Cada segundo de su existencia desfiló frente a sus ojos arañando el gris oscuro en que se acababa de tornar todo a su alrededor para dejar entrever los resquicios de sus miserias envolviéndolo en angustia y terror.
Esta vez no pudo contener la arcada y vomitó junto a su silla mientras las imágenes del vídeo continuaban reproduciéndose, mostrando a su propia hija en la pantalla.
Se levantó de inmediato trastabillando y se dirigió hacia las ventanas para cerrar una a una todas las cortinas, sumiéndose en un pozo de ansiedad y desesperación. Echó el cerrojo y se aproximó de nuevo a su mesa, temblando y suplicando que esa imagen fuese algún tipo de broma pesada. Dirigió otro vistazo rápido a la pantalla y confirmó aquella pesadilla mientras caía de rodillas entre lágrimas o sollozos.

Durante un largo rato su turbación le impidió cualquier tipo de razonamiento, aunque bajo ese terror que le quemaba por dentro se escondía algo que pugnaba por salir a la superficie tormentosa de su desasosiego; una verdad que insistía en ocultar incluso a sí mismo porque significaba que sus demonios habían venido para cobrar la fianza.

Sin embargo no pudo seguir mintiéndose o buscando explicaciones sin sentido durante más tiempo, porque a los pocos minutos, mientras permanecía cubriéndose el rostro con ambas manos tratando de ocultar su turbación y la incipiente vergüenza que ahora sí, comenzaba a aflorar, escuchó el sonido de un nuevo correo entrante mientras otra oleada de pánico le recorrió la columna sacudiéndolo como un trapo.
Ésta vez no había archivo adjunto. Observó durante un instante el monitor, pinchó para ver desplegarse un texto sin título y supo de un solo vistazo que no podía posponer más el reconocimiento y la costosa redención de sus pecados.


Resulta curioso cómo la brillante y alegre claridad de un día soleado puede transformarse en un instante para hacerlo oscuro y siniestro. 

Alfredo, hasta ahora dueño y señor de todo cuanto te rodea, acabas de darte de bruces contra una realidad que ni tu mismo puedes controlar.

A estas alturas ya has visto los dos vídeos que recibiste, probablemente hayas destrozado tu despacho para descargar la rabia y ahora, con más calma estás en situación de leer esto, sopesar en tu mezquina balanza las implicaciones de estas palabras y decidir como adulto sobre la proposición que te haré a continuación.

Cada una de las dos chicas que permanecen sentadas en esa silla, solas, desamparadas y sin un Dios en el que creer, han sido puestas ahí por una razón.
No hay duda de que has podido reconocer de un solo vistazo a una de ellas... sin embargo: ¿te has olvidado ya de la otra?

Ambas han sufrido un miedo terrible; las dos han llorado, implorado, temblado, e incluso perdido el conocimiento porque su frágil mente no está preparada para una situación tan extremadamente tensa; encerradas en esa jaula de hormigón, donde el escenario de una cruel pesadilla les martiriza cada segundo que pasa en su frágil piel desnuda.
No obstante, no corren la misma suerte... todavía. 
El rostro de una de ellas permanece impreso, marchitándose en miles de fotografías repartidas por todo el país, haciendo de la existencia de sus familiares un tormento cada amanecer, los cuales mantienen aún la falsa esperanza de volver a verla algún día, y se consumen en su propia desesperación. Ese rostro que probablemente ya hayas olvidado, y que nunca volverá... ¿verdad Alfredo?
La otra chica, esa cuya visión acaba de transformar tu concepción del mundo bajándote de un golpe del pedestal en el que vivías, permanece aterrada, buscando una explicación racional para un hecho absolutamente inexplicable e incomprensible y pidiendo al cielo despertar y volver a nacer. 
¿Crees que tu hija es culpable de lo que le está ocurriendo?

Hay razones que escapan al entendimiento y la comprensión de quienes las sufren, pero tienen validez desde el punto de vista de quien las plantea.

Como te he dicho antes, ambas chicas fueron puestas ahi por una razón, pero las dos han sufrido el mismo desconcierto aún cuando dichas razones son totalmente distintas para cada una de ellas.

Clara (¿recuerdas su nombre?), preguntó incansablemente «por qué» cuando se vió sumida en aquella pesadilla. Continuó preguntando mientras lloraba; y gritó esa misma pregunta una y otra vez hasta que, justo antes de que su voz se apagase, volvió a lanzar al aire esa cuestión no respondida con un leve susurro de su último aliento.
Ahora Ainara hace lo mismo. El episodio se repite como si se tratase de una película rebobinada; pero la respuesta sigue sin llegar. ¿Responderías a tu propia hija? 

La perspectiva ha cambiado; estás contemplando las llamas desde dentro, y aún así estoy convencido de que la rabia te ciega de tal manera que sigues sin ser capaz de empatizar con todos esos ojos llorosos que te miraban horrorizados desde la silla mientras tú sonreías miserablemente saboreando tu superioridad.

¿Cuánto placer te producía quebrantar futuros, destrozar familias y ver ese sufrimiento atroz reflejado en la cara de aquellas chicas, querido Alfredo? ¿Acaso era su gesto de súplica la razón que lo justificaba todo?
La sensación del poder absoluto; esa es tu razón.

Ahora, mientras tu hija Ainara trata de comprender el significado de esa pregunta que tanto te gustaba susurrar al oído de aquellas chicas, tú tendrás que tomar una decisión importante: Tu vida, o la de tu hija.
¿Es dulce el olor del ocaso?



Próximamente: Parte III

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