Ventana a la esperanza

Cuando apagó el televisor permaneció un instante mirándolo en silencio, percibiendo el reflejo de su silueta tras la oscura cortina de la pantalla, como un personaje más que se niega a perderse tras los leds; pensó en todas las veces que se había repetido aquella situación a lo largo de tantos años, y le volvió a asaltar la incertidumbre de si había elegido correctamente aquella forma de gastar el tiempo que le restaba.
Estas viejo para pensar tanto. Más vale que te acuestes y descanses porque la oscuridad sólo trae ideas oscuras.
Últimamente solía reflexionar sobre si las personas nacen solas para morir solas.
Él lo estaba. Llevaba toda su vida estándolo porque siempre pensó que no habría nadie mejor que él para hacerse compañía; para escuchar sus pensamientos y debatirse qué hacer en cada momento. Las discusiones consigo mismo solían acabar pronto.
Se encaminó como todas las noches a la cocina arrastrando aquellas zapatillas de suela gastada, llenó medio vaso de leche y se lo fue bebiendo a sorbos de camino al lavabo. Cuando terminó se cepilló los dientes y se acostó. Antes de colocarse en posición fetal girado a la izquierda, permaneció unos minutos mirando a través de la oscuridad hacia el techo.
Si hubiese dibujado una marca en la pared cada vez que he repetido la misma rutina antes de acostarme, quizá no necesitaría adornarla con otra cosa.
Cuando hubo cerrado los ojos, ya relajado, empezó a percibir la caída hacia su propio interior mientras se desvanecía el mundo material, y sintió el peso del lastre con el que cargaba.

Adela sentía pinchazos en las piernas al caminar, molestias en la espalda, cada vez más encorvada, y el peso de todos los años que había visto pasar desde el alféizar de su ventana.
Últimamente le costaba excesivo trabajo bajar las escaleras hasta la calle, y no tenía a nadie en quien apoyarse, por lo que pasaba horas asomada al mundo desde allí resignada, observando el discurrir cotidiano de gente de todo tipo y haciéndose una idea de cómo serían sus vidas.
Las estanterías de su mente estaban colmadas de libros llenos de relatos en los que cada persona tenía la existencia que ella le había querido otorgar, como una deidad que se asoma a través del tiempo contemplando su propia creación.
Sin embargo, la desbordante imaginación de Adela sólo le había servido para tener un universo lleno de mundos en los que nunca hubo cabida para su propia historia, y cubría ese vacío asomada al exterior, observando los aconteceres de líneas de tiempo ajenas y construyéndose nuevos prólogos cada amanecer para no tener que pensar que pronto tendría que hacer un hueco a su epílogo.
Ahí camina de nuevo el lector perenne con su eterno libro; cabizbajo y solitario; haciendo su recorrido hacia alguna parte.
Recorrió con la mirada el trayecto hasta el final de la calle, acompañando al caballero solitario hasta que hubo doblado la esquina, y se imaginó al hombre leyendo una y otra vez aquel libro que cargaba todos los días, sentado a la sombra de algún árbol frondoso mientras recitaba de memoria aquellas palabras que había leído cientos de veces esperando algún amor marchito que nunca vendría.
¿Qué contendrá el libro?
Y aquella curiosidad desapareció tan pronto como había venido, dejando espacio a nuevas interpretaciones de la realidad dibujadas por la mente inquieta de Adela, nuevas historias inventadas sobre desconocidos fugaces. Sin embargo, por más que trataba de ocupar sus pensamientos, al final le atacaba siempre el fantasma de su miedo para herirla donde más le dolía: en su soledad.

Andrés se volvió a levantar temprano, y una vez más hizo sus tareas matutinas para salir a respirar la mañana. Se encaminó hacia la misma dirección, saludó a las mismas personas, dobló las mismas esquinas y fue a parar al mismo banco del parque donde había establecido su pequeño templo para la tranquilidad y la reflexión, aunque no se podía decir que su vida fuese demasiado ajetreada.
Tengo que cambiar de hábitos, por poner un poco de emoción a mi vida.
Llevaba años planteándose la misma cuestión sin llegar a decidir un mínimo cambio en su rutina, como si el solo hecho de pensarlo ya constituyese el primer paso hacia la renovación. Se sentía cómodo en aquel bucle en el que vivía porque al fin y al cabo había sido decisión suya. Abrió su libro por la misma página que el día anterior, sacó un bolígrafo y permaneció allí sentado respirando profundamente sin llegar a escribir una sola letra.
Qué terco eres viejo, nunca te rindes de intentar escribir la vida de la que tú mismo te has privado. En vez de imaginarla, vive lo poco que te queda antes de llegar al final.
Más tarde, de regreso a casa observó de reojo aquella mujer asomada a la ventana y se volvió a percatar una vez más de que lo estaba siguiendo con la mirada.

Los días transcurrían como si fuesen el curso de un río, pero las aguas seguían un cauce circular, trazando las mismas curvas, desgastando los mismos guijarros y ofreciendo la misma perspectiva para Andrés y Adela.
Cuando uno piensa que ya ha llegado hasta donde debía la frenada suele ser brusca.
El libro en blanco de Andrés se iba componiendo de los pensamientos que él mismo había acumulado al llegar la noche y se volvía a quedar vacío a la mañana siguiente, cuando salía de casa en dirección a su retiro diario y abría de nuevo la primera página para perderse en el blanco que ya amarilleaba, totalmente incapaz de realizar un solo trazo.
No te agobies viejo, al fin y al cabo su autora tardó más de diez años en escribir Lo que el viento se llevó.
Pero en el fondo era consciente de que nunca llegaría a escribir una sola palabra porque aquello formaba parte de su vida; de cada uno de sus días.
Los habituales entre sus paseos apenas lo miraban ya, conscientes de las vicisitudes de la edad, de las manías que trae consigo la senectud, y de forma instintiva dejaban libre su banco, como una propiedad tácita de Andrés.
Adela lo volvió a ver pasar de vuelta a casa e imaginó que regresaba cabizbajo porque su amor le había vuelto a dar plantón, paseando aquel libro tan viejo como él cuyas páginas se estarían cayendo a pedazos arrugadas como su propia piel y su amor no correspondido.
Andrés miró de nuevo aquella ventana con flores para ver el mismo rostro que todos los días seguía con la mirada cada paso que daba, como si guiase su camino, percibió instalada en sus ojos esa soledad que lo acompañaba a él al andar, e imaginó un pájaro encerrado cuya vida consiste en ver el exterior desde el mismo sitio de siempre. Se detuvo un instante para mirar de nuevo hacia la ventana, se tocó el sombrero inclinando ligeramente la cabeza y vio una leve sonrisa en la cara de aquella desconocida que siempre lo miraba.
De pronto ella tuvo unos párrafos más que añadir a la historia de aquel viejo errante, y sin siquiera ser consciente, también en la suya propia.
Al día siguiente Andrés pasó por allí con la clara determinación de repetir el saludo por no perder la visión de aquella sonrisa que le había alegrado tanto el día anterior, mientras Adela se preguntaba si hoy se acordaría de ella el viejo loco del libro.
Y como un nuevo añadido a su rutina, ambos esperaban con una extraña ilusión el breve momento en que Andrés realizaba su saludo inclinando ligeramente la cabeza mientras se tocaba el sombrero, y Adela respondía con una sonrisa cada vez más pronunciada, llena de emoción por estar presente en los pensamientos de alguien, aunque sólo fuese por un breve instante cada día.
Qué te pasa viejo, acabas de llegar a casa y ya estás deseando que pase la noche para volver a salir. Esa impaciencia a tu edad no puede ser buena.
Adela pasaba las noches nerviosa, sin querer buscar explicación al hecho de que le gustase tanto que la persona más extravagante de cuantas pasaban frente a su ventana se parase todos los días para dedicarle un breve gesto, y esperaba ese momento impaciente. Sin darse cuenta había dejado de inventar historias ajenas para centrarse en la suya propia mientras miraba a la lejanía esperando encontrarlo.
Después de tanto tiempo aquí presa de mis piernas ya había olvidado lo que era querer salir a pasear y mirar a la gente cara a cara.
Pero la gente a la que se refería no era más que aquella figura encorvada que caminaba portando un libro.
Los hábitos visten los días con los mismos colores y siempre encontramos cierto bienestar en ello, por aquello del miedo a que el cambio nos desubique. Pero la expectativa de mejora nos hace audaces.
El primer día que Adela no vio pasar a Andrés se preocupó por lo inusual de la situación. El segundo día se inquietó hasta el punto de tener que tomar una tila al final de la tarde, y apenas durmió preguntándose por un lado qué habría podido pasar, con la incertidumbre añadida de no conocer de nada a aquel hombre que se había convertido en la principal razón para levantarse todos los días, y por otro lado reprochándose que un total desconocido le provocase tal aturdimiento.
El tercer día ni siquiera comió para no perder un solo segundo asomada a la ventana ante la posibilidad de que el hombre del libro hubiese cambiado el horario de sus paseos. Pero la realidad era que la incertidumbre le había arrebatado sus ganas de comer.
Cuando la congoja le oprimía tanto el pecho ante la posibilidad de volver a tener que inventar historias de gente de la que ya no quería saber nada, resbaló una lágrima por su mejilla, y con el pañuelo de tela que siempre llevaba consigo secándola, tontamente avergonzada, sonó el timbre de su puerta. Al principio no quiso levantarse por miedo a perder unos segundos el transcurrir de la calle, pero la urgencia de un segundo timbrazo la hizo ponerse en pie y encaminarse hacia la puerta, y aún con el pañuelo en la mano abrió y escuchó una voz tímida que decía: Buenas tardes, mi nombre es Andrés, y he tardado tres días en reunir el suficiente valor para visitarla.

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