Cinco

Llevo cinco años buscando palabras que fuesen medianamente adecuadas, y a día de hoy tengo la certeza de que no sólo siguen perdidas en algún rincón remoto, sino que nunca las encontraré, porque lo que quiero expresar es demasiado extraordinario para hacerlo de cualquier forma posible. Por eso me esfuerzo.

Me esfuerzo cada día en tratar de maquillar esta falta de inspiración, y que no te des cuenta de que mis limitaciones me hacen pequeño a tu lado. Pero cualquier cosa queda pequeña a tu lado.
Hace cinco años era sábado, un sábado que podría haber sido como cualquier otro, un día cualquiera entre trescientos sesenta y cinco, entre los dosmil diez años pasados, tal día como aquel cogiste las manecillas de mi vida y las pusiste a cero, un veinticinco de diciembre, y yo aún no lo sabía.

Yo escribía, como terapia para tratar una incontinencia verbal patológica y la modesta ambición de dejar la tenue huella de mi existencia entre ceros y unos, frente a la pantalla de un ordenador obsoleto, entre descansos de la pesada tarea de labrarme un futuro más tangible en la vida real.
Me circundaba siempre una tristeza latente, que crecía todos los diciembres y me anegaba. Escribía porque no tenía otra forma de expresar el tiempo que llevaba amontonando unas inmensas ganas de verme completo, y de mis dedos nacían historias que quedaban ahí, rellenando el espacio que faltaba a mi alrededor.

Todo estaba orquestado cuando cambié de rumbo mirando al lugar donde estabas, y más tarde, cuando alguien me dijo que existías, y decidió que no bastaba con eso, que tú también debías saber que yo estaba ahí.

La ficción de todas aquellas historias dibujó una realidad nueva y palpable; tu curiosidad por conocer qué se escondía detrás de tantas emociones escritas fue el principio de una nueva historia, que pondría el reloj de mi tiempo a cero, y que después de cinco años sigue siendo imposible escribir, ya que apenas se puede siquiera percibir, de lejos, la esencia de algo tan excepcional que se desborda de cualquier intento por acotarlo.

Y los trazos empezaron a brotar de la ficción hacia la realidad, escapando a borbotones de aquella prisión de ceros y unos para quedarse en este lado, donde hay cosas que no se pueden explicar porque hay que vivirlas.

A partir de ahí me embriagué de tu torbellino emocional, que complementaba mi calma y mi paciencia, y todas mis inquietudes con tu firme serenidad. Fue mucho más fácil vivir porque crecía una ilusión cuando abría los ojos cada día.

Hace cinco años era un sábado de esos de alegría. Un sábado tal vez soleado, o frío, o derramándose en gotas de entusiasmo; un día del que no importa nada salvo el pequeño universo que formamos tú y yo.

Todavía quedan muchos, y muchas palabras que escribir, y muchos intentos de decirte que cambiaste mi vida para siempre sin que suene a canción. Que por alguna razón me curaste la incontinencia verbal y por mucho que lo intente, no quiero escribir ya, pues todos los huecos que había a mi alrededor están llenos de tu esencia. Que mi tristeza de diciembre se lleva mejor compartida contigo porque donde surge una gota de melancolía tú viertes toneladas de hilaridad. Que cinco años no son nada ante la perspectiva de otros cinco más a tu lado, y después otros tantos porque nunca me cansaré de volver a intentar escribir lo que no se puede contar.
Y que, sencillamente, gracias.

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