Terapia


Al principio fue como cuando en los altavoces suena un gran éxito.
Hubo mucho movimiento por todas partes; empujones, gritos eufóricos, y humo... recuerdo haber visto humo, pero pensé en los cañones. Ya sabes. Llenan la pista de niebla para que las luces hagan efectos y eso.
Miré a mis amigas, que continuaban bailando sin darse cuenta de nada; acabábamos de pedir una copa; luego los gritos se transformaron... sonaban distintos, como desesperados.
Un instante después me vi envuelta en una masa de gente que empujaba y ellas ya no estaban, habían sido engullidas por la turba. Quedé paralizada; no sabía qué ocurría y me invadió el miedo, supongo que igual que al resto; sentí cómo se iba contagiando la histeria como esas olas que se forman en los estadios.
La masa quería avanzar desde un lado, se preguntaban unos a otros qué ocurría mientras empujaban con todas sus fuerzas, obligándome a empujar también. Empecé a sentir una enorme presión que apenas me dejaba respirar, y también grité. Era como si me hubiesen puesto una camisa de fuerza; no podía levantar los brazos; se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no podía secármelas.
Dejé de sentir el suelo bajo mis pies. Mi cuerpo se movía de un lado a otro arrastrado por la fuerza de la multitud, y ya apenas me quedaban fuerzas.
Todos a mi alrededor gritaban; continuaban preguntando qué pasaba; cientos de rostros desencajados, chillando con ojos llenos de pánico.
Demasiadas personas para tan poco oxígeno; mucho calor, ruido, golpes, llantos...
El tiempo se había parado; no se cuánto duró todo; siempre ocurre cuando lo estás pasando mal. Podías notar cómo la desesperación se transmitía igual que una enfermedad, pero mucho más rápido.
Fue un caos. Terror colectivo y caos absoluto siempre van de la mano.
Y lo peor de todo es que aún sigo sin saber cómo comenzó todo.

............

Cuando cierro los ojos veo el pánico a mi alrededor. Cuando estoy en silencio solo escucho gritos y llantos. Si estoy a solas puedo percibir el olor rancio de toda la mezcla de aquel horror: sudor, humo, vómito...
Pero lo que más me perturba son las pesadillas en las que vuelvo allí y me veo de nuevo arrastrado entre empujones y golpes sin ser dueño de mis movimientos, como un bote en una tormenta. Es díficil describir algo así. Nadie sabe de lo que es capaz una persona cuando realmente percibe el peligro, y al final nos ceñimos a lo de siempre, sin entrar en detalles... ¿Te puedes imaginar lo que se siente cuando vas avanzando trabado entre cientos de personas y notas que pisas a alguien tirado en el suelo; que no puedes siquiera pararte o esquivarlo; que tus pies se hunden; y ver que más gente tropieza, cae y ya no puede volver a levantarse? Lo único que deseas con todas tus fuerzas es no verles la cara.

............

Mi estatura es de 1,57 metros, peso 49 kilos. Todos a mi alrededor me sacaban más de 20 centímetros; lo único que podía ver eran espaldas. ¿Sabes lo que es escuchar gritos de pánico a tu alrededor y no poder ver qué ocurre?
Después empezó la presión. Nadie miraba hacia abajo para ver que yo estaba ahí porque cada uno luchaba para sí mismo, por sobrevivir.
No se si llegué a perder el conocimiento, pero hubiese dado igual; yo era una marioneta llevada por la gente, todos presionando, seguro que ni siquiera hubiese caído al suelo.
Mi lucha era para llenar los pulmones. Por un instante pensé en esas pelis en las que las paredes se van estrechando hasta aplastar a la gente; era como si una anaconda me hubiese abrazado y estuviese apretando cada vez más. Llegó un momento en el que no podía coger aire; mis pulmones se vaciaban, pero era incapaz de volver a inspirar. El miedo que sientes cuando ves tu vida escaparse por tu boca es inimaginable.

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¿Cuánta gente había allí? ¿Cuántas salidas de emergencia? ¿Cuánta seguridad? Y la pregunta clave, ¿Se hubiese podido evitar la catástrofe?
Nosotros íbamos seis; compramos botellas y estuvimos bebiendo antes de entrar, pero solo eso, unas copas, unas risas y punto. Buena música y mucha gente, es al fin y al cabo lo que vamos buscando, y por desgracia no nos paramos a pensar en el riesgo, pero ¿cuántas fiestas multitudinarias se organizan al cabo del año? ¿Se van a prohibir todas?
Tal vez la clave no esté en prohibir, sino en educar. Vas por la calle y ves niñatos rompiendo botellas, subiéndose a las farolas, destrozando espejos retrovisores. Se juntan como manadas y actúan como tales, da igual que sea interior o exterior.
Quién sabe, igual lanzaron un petardo o le prendieron fuego a algo.

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Fue una ola. Una auténtica ola que en pocos segundos se transformó en tsunami. Por suerte, yo estaba en una posición elevada, lejos de aquella locura. Nadie sabe aún qué pudo provocar la estampida. Lo primero que piensas es en una pelea multitudinaria; de esas sí hay muchas.
Estaba lejos, pero aún así me dio un vuelco el corazón cuando vi todo aquello. Empezó en un extremo y se fue propagando como cuando lanzas una piedra a un estanque de aguas tranquilas. Gente empujando, huyendo de algo. Apuesto a que nadie sabía de qué huían. El miedo es muy contagioso. De repente se hizo un tapón porque todos querían salir por el mismo sitio, y eso fue lo peor; cada vez más gente presionando contra las primeras filas, que no podían avanzar ni retroceder.
No puedo olvidar la impotencia que sentí al ver a toda esa gente siendo aplastada.

...........

Desde esa noche sufro ataques de pánico cada vez que entro en un sitio cerrado en el que hay mucha gente. No se si podré volver a un teatro, un cine, o un centro comercial.
No podíamos avanzar hacia delante. Veía la puerta a solo unos pasos, y desde atrás no dejaban de empujarme, de golpearme; pero lo peor era la presión; cientos de personas empujando, enloquecidos por salir, luchando con todas sus fuerzas para hacerse un hueco y colarse, pero era imposible. La desesperación se volvía violencia, y la razón se vio reducida a puro instinto de supervivencia; la ley del más fuerte.
A pesar del ruido ensordecedor y del pánico, pude escuchar en mi interior el chasquido, como cuando pisas una rama seca y la partes. Mi cuerpo no pudo aguantar más presión y las costillas cedieron. Es el último recuerdo de ese día.
Me sigue doliendo.
Ahora no puedo estar sola porque me vienen imágenes constantes de esa noche, y escucho el chasquido de mis huesos.
Y todavía debo agradecer poder contarlo, aunque sea entre lágrimas y sollozos, aunque sepa que esta noche no voy a poder dormir, otra vez.
A veces la diversión sale demasiado cara.




Comentarios

gnula ha dicho que…
Lo que saco en claro del relato es lo difícil que es llevar la soledad, muxas sensaciones que has manifestado las he sentido yo también aunque es una etapa de mi vida que prefiero olvidar... un saludo y felicidades por el blog

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