Miradas de añoranza

Siempre había sentido un cosquilleo en la punta de los dedos ante la presencia de aquel monstruo cuya belleza hacía eco en cada uno de sus sentidos. Se paraba a respirar profundamente, protagonista de una escena en la que un empequeñecido David observaba a su Goliat particular; como si él mismo fuese esa minúscula piedra, frente a la majestuosa inmensidad que parecía desafiarlo; provocarlo; reírse de todos sus miedos y dudas. Ahora más que nunca, en el preciso instante en que se daba cuenta de las miles de miradas que había dirigido hacia allí arriba, suspiraba y sonreía con cierta amargura por dejar atrás lo que podría haber sido un sueño, o simplemente una pequeña anécdota. Sin embargo, ya nunca lo sabría.

Contemplaba sin más la sinuosidad de un horizonte que ya conocía sobradamente; aspiraba la embriagadora fragancia de cada partícula que descendía suavemente por las laderas llenando sus pulmones y evocando imágenes de aquella estampa; postales de distinta índole remarcadas con detalles nimios, pero que le conferían el toque necesario para convertirlas en recuerdos precisos de cada instante de su vida pasada. 


Las cosas se van dejando para después, sin saber siquiera si habrá un después; sin ser consciente del hecho de que tal vez tampoco se esté posponiendo nada. En ello pensaba Marcos mirando nuevamente la montaña desde el porche de su casa, igual que todas las mañanas desde hacía tantos años. 


Es curioso, pensaba, cómo podía verse ahí parado a lo largo del tiempo, y todo lo vivido en cada una de aquellas épocas, así como las circunstancias en las que, sentado allí mismo, contemplaba la montaña. Incluso podía evocar sentimientos… y sentirlos de nuevo al recordar.


Sus manos eran ya las ondulaciones del tiempo, señales de una vida larga; fiel reflejo de que la eternidad no es igual para todo. Su mirada desgastada ya no veía la nítida claridad de la mañana de la misma forma, lanzando destellos, atravesando los árboles y colándose hacia las rocas que brillaban como si se tratasen de pequeñas farolas instaladas en cada vertiente, marcando el trayecto que debían seguir las miradas anhelantes de emprender el camino de subida. Su piel ajada no tenía el brillo de antaño; sus ojos de color miel habían visto pasar las estaciones, esperando pacientemente el final de su trayecto; y su semblante embelesado hacía tiempo que había dejado de sorprenderse para ya solamente reverberar las vicisitudes de una existencia sencilla y monótona.


Permanecía allí, como otras veces, pero se daba cuenta de que nada sería igual.


Marcos desandaba sus pasos con nostalgia lanzando suspiros y preguntándose si a esas alturas de la vida algo sería distinto si hubiese subido a la cima. Y en el fondo sabía que no, pero qué más daba. Setenta y cuatro años eran muchos para tener que arrepentirse de ese tipo de cosas; sin embargo la desazón que sentía desde hacía varios días le hacía pensar una y otra vez en el hecho de que no había subido; de que siempre la tuvo delante; esperándole; susurrándole al oído todas las mañanas que había ante sí un camino por el que llegaría a contemplar su propia casa desde una perspectiva totalmente distinta, y todas las inquietudes que hasta ahora había tenido se transformaron en una, que se reproducía constantemente en su cabeza, hiriéndole con pequeños pero dolorosos pinchazos en forma de recuerdo no consumado.


Ahora tal vez tampoco serviría de nada subir aunque pudiese, porque ya no tenía razones para hacerlo; de hecho, hacía poco tiempo que se había ido la única razón para casi todo en su vida; la otra mitad que faltaba en la cinta de sus recuerdos; la ocupante de la silla que se mecía a merced del viento junto a él, vacía. Pero no quería pensarlo porque lloraba, y cuando se le llenaban los ojos de lágrimas volvía la cabeza para mirar la silla, y de nuevo hacia la montaña, contemplando un borrón translúcido detrás de su llanto.


La vida, en lugar de hacerse más fácil, se complica... -se decía constantemente para tratar de justificar por qué se sentía tan mal, e intentando quitarse la estúpida culpa de no haber cumplido ese pequeño deseo que tantas veces le había pedido ella años atrás, cuando la vigorosa juventud aún les mantenía fuertes. Tan sencillo como haber caminado desde temprano, tranquilamente de su mano los pocos kilómetros de estrecha senda que llevan hasta la cima.


¿Acaso era tan importante? Maldita sea mi estampa.


Marcos y su vieja sombra se habían convertido en la imagen perenne de un porche envejecido y una mente inquieta llena de reproches tontos; pero no se daba cuenta de que en realidad le estaba reprochando a ella haberse ido; haberlo dejado solo frente a aquella montaña inexpugnable; no haber continuado junto a él, sentada en la silla mirando al frente y comentando lo bonita que sería la vista desde arriba. Y a la misma vez se reprochaba a sí mismo egoístamente no haberse ido antes para no tener que vivir la tristeza de mirar aquella maldita montaña solo, acompañado de una silla vacía.


Y dejó su mente en blanco para no pensar; para no llorar más por algo carente de importancia porque lo realmente valioso no es lo que se dejó de hacer, sino todas las cosas que se hicieron con el entusiasmo de algo nuevo, y el ansia de llenar la mente de recuerdos que en un futuro y con toda certeza, paradójicamente harían brotar lágrimas de añoranza. 


Prefería pensar en eso para animarse y dejar atrás su desasosiego, pero no podía pasar página en un libro cuyo epílogo se escribía repitiendo líneas una y otra vez, sin nada nuevo que aportar a un día a día que perdía color lentamente y se desvanecía como si estuviese pintado con tinta mala.


El día siguiente amaneció nublado, haciendo contrastar el verde y ocre de la montaña que envejecía frente a él y exhalando el agradable hálito de una primavera que se acababa. No quiero seguir aquí hasta marchitarme, y en lugar de sentarse una vez más a contemplar el horizonte, caminó lentamente hasta llegar al límite de su propiedad y continuó dando pasos sin rumbo, alejándose poco a poco con el corazón dividido y el alma en sus pies. A los pocos minutos se dio la vuelta; miró de lejos su porche; observó las dos sillas, una junto a la otra, a una distancia conveniente para que dos manos pudiesen entrelazar sus dedos; y sonrió ante la certidumbre de que a sus setenta y cuatro años iba a redimirse por fin, pensando que solamente con la locura de intentarlo ya valdría la pena para mirar al cielo con el valor que le había faltado hasta ahora.


Supo entonces que se iba para no volver.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
No soy ni mucho menos lo que se dice critico literario pero la historia es bonita y metaforica, no conocia esta faceta tuya de escritor, enhorabuena. (Victor)
Mixha Zizek ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Mixha Zizek ha dicho que…
Oscar te vuelvo a leer otra vez, y ahora si encuentro una huella tuya, una excelente relato.
Con metáforas y expresiones entrañables tan tuyas,muy evocadoras.
Estyoy casi segura que te dejé un comentario, pero vuelvo hacerlo porque me dio gusto leerte nuevamente. Es un relato muy poético y de gran sensibilidad, excelente
besos




Antes no ubicaba donde seguirte, ahora ya lo hallé, abajooooooo, pero llegué :)
Medallas ha dicho que…
Me he leído varios posts tuyos en 3 cuartos de hora y me parece que escribes muy bien. No se me ha hecho nada pesado nada de lo que he leído.

Saludos.
cofidis ha dicho que…
Felicidades por el blog y por tus articulos... son fascinantes...sigue asi..volvere a visitarte!

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