¿Jugamos?

Me encanta hacerte disfrutar... verte respirar, acariciarte mientras observo tus pupilas dilatarse.

Aquel verano fue como todos los demás... casi.
Lo curioso de ese "casi", es que fue el detalle que cambió la monotonía de un verano más.

Alrededor de la piscina los grifos escurrían cerveza y tinto de verano, mientras la piel bronceada de muchos cuerpos exudaba a borbotones las risas y los bailes.

Ella estaba allí...

No la conocía, al menos en persona; la había visto alguna vez pero nunca me llamó la atención demasiado.
Tenía sonrisa alegre y ojos risueños, brillantes, penetrantes. Su piel dorada brillaba con el sol de poniente, y el contraste que producía la sinuosidad de su cuerpo ocultaba sombras que sólo cabía imaginar.
Vocalizaba cada palabra moviendo unos labios sonrosados, carnosos, humedecidos por el vino, e hinchados por el calor.
Gesticulaba y se movía al son de la música, enseñando los dientes al sonreír, como el preludio de una amenaza; una amenaza teñida de lascivia; candente; juguetona...

Me gusta recorrerte con las manos, rozarte el pelo suavemente, sentir tu aliento agitado en mi pecho...

Creo que estuve toda la tarde mirándola; de hecho ni siquiera recuerdo las conversaciones con mis amigos. Mi mente estaba concentrada en aquel cuerpo semidesnudo, en su movimiento de caderas y, en los lacitos atados que sujetaban su bikini naranja, el cual además, resaltaba la tonalidad de su piel tostada.
De tanto en tanto se cruzaban miradas, vistazos rápidos que huían cuando eran descubiertos, pero comprender que hay reciprocidad gusta, y comenzó un interesante juego cuya única regla no pactada era sostener la mirada del otro... y así continuamos, trago a trago, baile a baile, acortando la distancia y expresando con aquellas miradas todo lo que necesitabamos comprender el uno del otro...

Cuando nos dimos cuenta estábamos a solo un par de metros, y de repente estuve convencido de que a esas alturas ella estaría sintiendo el calor que desprendía mi cuerpo.
Ya no tenía sentido continuar con el juego, podía escuchar perfectamente su conversación. Su voz...
Dejé a mis amigos charlando, cambié de postura sin llegar a moverme haciéndole ver que me había quedado apartado expresamente para ella, y no dudó un instante en hacer lo propio.

-¿Una cerveza?

Fue suficiente. Con una sonrisa acepté y nos encaminamos a los grifos, situados al otro lado de la piscina, un poco alejados. A esas horas ya se habían formado varios grupos de personas apartados entre sí, cada cual con sus risas, evadidos del resto, dejando transcurrir los minutos.

Se puso el sol; estaba empezando a anochecer. Muchos ya comenzaban a irse, otros continuaban la fiesta en el interior de la casa, algunos permanecían en los alrededores de la piscina y, nosotros hablábamos ajenos a todo, nos acercábamos, reíamos, y deseábamos... ansiabamos con la mirada, el tono de voz, cada gesto... aumentaba la tensión pero seguíamos esperando, disfrutando de ese momento agradable y excitante.
Sus palabras fluían embriagándome, transportando mi mente hacia sus curvas, fundiéndome en esos labios que transmitían seguridad y sensualidad a partes iguales. Quería abrazarla, aferrarme a ella y sentir el calor de todo su cuerpo. Tocarla, acariciarla, posar los labios en su piel y no separarlos hasta saborear cada centímetro... cada milímetro.

Sentí un cosquilleo recorrerme cuando me agarró la mano, susurrándome al oído ¿nos perdemos?.

Resultó ser la dueña de aquel pequeño chalet, me guió lentamente dejando de paso que la viese caminar delante de mi, con aquel bikini que ya me había vuelto loco tantas veces durante toda la tarde, y me estaba quemando en aquel momento.
Observé atentamente el trazado de su silueta contonearse a cada paso, y a sabiendas de que la estaba mirando sonreía. Apreté su mano, deslicé un dedo acariciando su palma suavemente, apoyé la otra mano en su espalda y fui bajando lentamente hasta llegar al borde del bikini, jugueteando por su cintura.

No nos alejamos mucho, pero el lugar que eligió era perfecto; dentro del propio recinto de la piscina, junto a una pequeña balaustrada de piedra, bajo el ramaje de un árbol y en absoluta oscuridad. Desde allí podíamos verlos a todos. Se acercó aún más, pegando su cuerpo al mío y me volvió a hablar al oído: Tranquilo, ellos no pueden vernos.


Comentarios

Mixha Zizek ha dicho que…
Me encantó el inicio, siempre tan sugerente y con escenas muy provocativas...espero la segunda parte...
besos
La Rizos ha dicho que…
Qué curioso, esta escena me resulta familiar. :P

Me ha gustado mucho y queremos mássssssss ^_^
alicia ha dicho que…
Me encantaaaa!!!!!
Menudo morbazo neneee....
mmmuuuaaaaksss
Cris ha dicho que…
Ay, madre... que cada vez que dices "continuará" cuando la cosa va bien me da un mal rollo... :S
Que nos vamos conociendooo (al menos literariamente)

Besitos!
Julia Outón ha dicho que…
No nos deje con la curiosidad, prosiga!!

Un saludo!!
centrifugado ha dicho que…
Ey, me gusta esto. ;)
Pulseras personalizadas ha dicho que…
Escribes muy bien. Me está gustando el "Jugamos"

P.D: Buen blog.

Saludos.

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