Juicios velados

Cuando Daniel decidió decorar aquella pared con gotelé a base de salpicaduras de sangre y sesos pudo por fin liberarse de su pesada carga.
Ese día recordó con amargura otros tiempos en los que la vida transcurría con normalidad, y echó de menos la bendita ignorancia humana.
Nunca supo exactamente en qué momento comenzó a torcerse todo, pero sí tenía muy presentes las razones por las que cada minuto de su existencia se había convertido en un infierno.

Una habilidad especial no siempre resulta beneficiosa o grata, aunque al principio pueda parecer que sí; y Daniel lo comprobó día a día con la desesperación de quien se sabe culpable, que no responsable, de un crimen que atentaba constantemente contra su conciencia y su autoestima.

Aún no había llegado a la treintena, y como suelen decir los viejos: tenía toda la vida por delante; qué barbaridad! no somos nada. Pero nadie sabía de sus tribulaciones salvo él, y nada le esperaba en el futuro, salvo una constante aflicción.

Un día cualquiera, algunos meses atrás, tuvo una extraña sensación mientras charlaba con unos conocidos. Tras el sonido de sus voces percibía un rumor, una especie de susurro que se diluía y no llegaba a comprender. Era como una voz confiándole secretos indescifrables al oído.
No le dió mayor importancia a un hecho aislado que apenas se había reproducido un par de veces durante las siguientes semanas, pero comenzó a preocuparle que cada vez fuesen más asíduas esas visitas que al parecer querían decirle algo.

Más tarde se percató de que únicamente ocurría cuando hablaba con alguien, y aquellos susurros se fueron aclarando poco a poco, como si la cortina que emborronaba el timbre se abriese de repente para permitirle escuchar con más claridad.

Qué estúpido es...

Lo había escuchado perfectamente, pero esas palabras no habían salido a través de los labios de su compañera de trabajo, con la que estaba hablando en ese momento. Sin embargo... estaban solos y se trataba de su voz.
Quedó extrañado, y ella al verle gesticular sin razones.

Ese quizá fue el comienzo, o al menos el que recordaba con claridad, porque ya antes había escuchado este tipo de cosas sin llegar a darle importancia. Pero es difícil ignorar críticas destructivas cada vez más frecuentes y claras en presencia de amigos y conocidos. Le martilleaban sin que al parecer nadie las pronunciase.

Durante unos días decidió permanecer en casa, sin salir, sin teléfono, absolutamente solo. Y aquellas voces cesaron.
Un complot contra él, una broma, o mejor dicho, una gran putada porque estaban consiguiendo volverlo paranóico, y era consciente de ello.

Venían sin aviso y decían cosas aparentemente aleatorias, algunas sin sentido, otras halagadoras y por supuesto, muchas de ellas desagradables, hasta que empezó a tener miedo a la gente, a la calle, al mundo entero. Ya no sólo escuchaba esas voces cuando charlaba con alguien, ahora le hablaban también cuando se cruzaba con desconocidos.

Poco a poco fue descuidando su imagen y sus vestiduras, y gracias a ello comprendió qué ocurría cuando al ver a un amigo y antes de que éste dijese nada, escuchó unas hirientes palabras: vaya pintas de yonki lleva el Dani.
Por alguna razón que le resultaba inconcebible podía escuchar lo que la gente pensaba acerca de él, e incrédulo, decidió anotar en una libreta todo cuanto decían esas voces en off, y el nombre de la persona con la que estaba en el momento.
No fue una buena idea. Se dio cuenta de lo mezquina que es la gente y la hipocresía que existe en cada uno de nosotros. Todos sonreían, todos tenían esa mirada bondadosa, todos actuaban magistralmente mientras en su interior se desahogaban con lo que realmente pensaban de él.
¿Ocurrirá lo mismo con todo el mundo?
Entonces decidió realizarse una introspección, analizando lo que él mismo pensaba de la gente con la que se cruzaba. Tampoco obtuvo buenos resultados.

Cuántas veces habría pagado lo que fuese por poder conocer los pensamientos...

Pero se había dado cuenta de que ese conocimiento era un poder demasiado horrible para soportarlo. Y el zarpazo fue aún más duro teniendo en cuenta que siempre se consideró apreciado y respetado por todos.

El desalentador balance de su libreta fue demoledor. Por cada palabra aduladora había mil críticas destructivas, reprochadoras, cuando no se trataba de insultos explícitos.

No podía creer que incluso sus más allegados pensasen de él cosas tan feas.
En poco tiempo se había vuelto huraño, huidizo. Le dolía profundamente estar con cualquiera.
Si al menos pudiese controlarlo...

Su miedo se convirtió en pánico, y éste en desprecio por el mundo. Hacía tiempo que había empezado a odiarlo todo, incluso a sí mismo.
Nada importaría ya si la única solución era vivir solo y aislado, pero tampoco estaba dispuesto a mirar a los ojos a la hipocresía que desprendía cada uno de los seres humanos, ni de mirarse a sí mismo en el espejo.

El día que decidió encañonar su boca para apretar el gatillo pudo escuchar sus propios pensamientos diciendo que aquello no era cobardía, sino liberación. Y en la pared quedó plasmada la duda de si aquel último juicio había sido bueno o malo.

Comentarios

Six X ha dicho que…
a veces nosotros mismos somos nuestros peores críticos. Todos hemos querido alguna vez oír lo que piensan los demás de nosotros, pero ¿es peor de lo que pensamos nosotros? y además ¿por qué nos importa tanto lo que los demás piensen de nosotros?
MariaJose ha dicho que…
Siempre nos ha gustado saber lo que piensan de nosotros, pero cuando alquien te lo dice , se le coloca una etiqueta de la cual NO se pueden desprender fácilmente...
No se pq nos influye tanto lo que los demás piensen de nosotros, si al fin y al cabo, ni nosotros mismos somos capaces de vernos tal como somos.
No te voy a decir lo que pienso Oscar, creo que ya lo sabes.
Un beso.
Cris ha dicho que…
MAlo. Sin duda fue malo.
Besos.
La Rizos ha dicho que…
Jo, qué chungo. Yo no sé si soportaría estoicamente conocer lo que los demás piensan sobre mí, porque aunque todos aseguremos que no nos importa, siempre afecta.

En fin, bendita ignorancia, supongo.

Un beso.
Sara López ha dicho que…
Llevaba tiempo sin visitarte. Como siempre, soberbio. Me encanta cómo escribes.

Saludos,
Sara.
Águeda Torrado ha dicho que…
eso es lo que pasa cuando uno juega con fuego (¿jugó Dani?) que se te pega el bajo astral y te la lían...

mu bueno.

un saludoo
Mae ha dicho que…
(glups) sigo leyendo...
editar fotos ha dicho que…
Yo creo que llevari afatal eso de saber que piensan de mi aunque valientemente digo que pocas cosas malas pero quien sabe...
trivago vuelos ha dicho que…
Mis mas sinceras felicitaciones...Nunca te planteaste sacar un libro recopilatorio de todos tus mini relatos??? seria genial..

Más leídas

Ojos tristes

De recuerdos hundidos

Completar el ciclo