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Juicios velados

Cuando Daniel decidió decorar aquella pared con gotelé a base de salpicaduras de sangre y sesos pudo por fin liberarse de su pesada carga. Ese día recordó con amargura otros tiempos en los que la vida transcurría con normalidad, y echó de menos la bendita ignorancia humana. Nunca supo exactamente en qué momento comenzó a torcerse todo, pero sí tenía muy presentes las razones por las que cada minuto de su existencia se había convertido en un infierno. Una habilidad especial no siempre resulta beneficiosa o grata, aunque al principio pueda parecer que sí; y Daniel lo comprobó día a día con la desesperación de quien se sabe culpable, que no responsable, de un crimen que atentaba constantemente contra su conciencia y su autoestima. Aún no había llegado a la treintena, y como suelen decir los viejos: tenía toda la vida por delante; qué barbaridad! no somos nada . Pero nadie sabía de sus tribulaciones salvo él, y nada le esperaba en el futuro, salvo una constante aflicción. Un día cualquiera...

Juventud eterna

En ocasiones ocurre que se empieza a echar algo de menos nada más verlo marchar, y corres detrás intentando volver a alcanzarlo. Volver a abrazar aquello que un dia tuviste. Pero a veces no comprendemos que hay luchas perdidas de antemano; que hay cosas que no se escapan, simplemente van delante. Marta brilló durante muchos años con un destello que envolvía todo a su alrededor, haciendo que los rumbos se perdiesen en cada uno de los puntos que conformaban su belleza, refulgente y atronadora. Los ecos de sus pasos resonaban alrededor como un señuelo que despertaba el deseo de todas las miradas dirigidas irremisiblemente hacia su piel, y por un momento se evadían de una realidad demasiado mundana para acoger tal esplendor. Bonita, con una gracia especial, la sencillez de su rostro hacía de ella algo único, algo aparentemente imperecedero. Quien se detenía a mirarla se extraviaba en las descripciones porque no había una nota más alta que otra; nada que destacar sin verse obligado enfatiza...

Hacia el mismo rumbo

Dicen que la vida es una eterna búsqueda. Pasamos cada minuto esperando el siguiente, anhelando disfrutar un presente que a cada instante se va transformando en futuro, para perpetuar recuerdos tallados a martillo y cincel del pasado. Y elegimos, siempre lo más bonito de cada paso andado, cribando momentos para hacer de nuestra vida una bonita historia escrita con un carboncillo poco a poco desgastado, y tratando de que cada uno de esos recuerdos sea el que llena nuestra existencia. Había dos personas en el mundo en aquel preciso instante; dos almas perdidas cuyo camino se cruzaba para hacer de su bifurcación un solo rumbo hacia el que dirigirse, con la firmeza que solamente el corazón es capaz de otorgar. Se habían encontrado, y ya todo lo demás quedó relegado a un segundo plano en el que la importancia de cada suceso la marcaba el hecho de que lo viviesen juntos o no. Las lunas de melancolía tenían el color atenuado de un gris plata, brillante y límpido a sus ojos, perlados por las l...

Sobre miedos y destinos

Los disparos no les mataban; eran balas de desidia, rencor y vasos colmados, lanzados a propósito con desatino, para advertirse mutuamente de que la supremacía moral tenía un precio muy alto, tanto que ninguno estaba dispuesto a cederla costase lo que costase. Pero les dejaban huellas, marcadas a fuego con la pólvora de sus miedos; por cada odio escupido, una capa más de indiferencia y vuelta a empezar, como si nada. Un paso más hacia el interior del túnel por no mirar atrás y fijarse en que la entrada estaba cada vez más lejos; por no darse cuenta de que tampoco había salida. Los besos enmascaraban un amor que se extinguía, y lo alargaban con la artificialidad de un dia a dia acomodado en la rutina. Es amargo pensar que algo se acaba; duele como una punzada al rojo cada vez que el pensamiento de una realidad irrefrenable se hace presente, y nuestro instinto es apartarlo; esconderlo tras otra capa más de indiferencia, con la vana esperanza de un futuro mejor; un túnel con salida. Las l...

Esclava de un susurro

Sus palabras fluían entre la carnosidad de sus labios, humedecidos por otro trago de ron con hielo. El timbre de su voz me transmitía la sensualidad de cada imagen formada en mi mente, entre copas y confidencias. La historia me hacía temblar conforme avanzaba, y comencé a mirarla de una forma distinta… Me contó que se encontraba en una discoteca rodeada de amigos, bailando y bebiendo. De repente empezó a notar el ambiente demasiado cargado, sintió que sus pulmones necesitaban aire y sus oídos un poco de tranquilidad, por lo que se dirigió al aseo… pero a mitad de camino sus pasos la desviaron hacia la calle. Apoyada en un coche, agachó la cabeza con los ojos cerrados para aliviar el leve escozor provocado por el humo. De repente escuchó una voz a su lado, una voz masculina, familiar, que le infundía tranquilidad y confianza. No supo cómo, pero logró convencerle para que no abriese los ojos. Un halo de misterio le atraía profundamente y su intuición le decía que se trataba de un juego. ...

Magia

Su magia era tan transcendental como intangible; se movía a golpe de varita siempre con el corazón y el alma. Pequeña despeinada bailaba al son de una alegría llena de ilusión; anhelos de niña con sonrisa desdentada y ojitos café, endulzaba el amargor de toda desilusión mediante fantasía, redondas, blancas y corcheas. Bruja sin apariencia de tal, hechizaba miradas e hipnotizaba conciencias, haciéndolas cautivas de su encanto, enamorada de un mundo en el que no terminaba de encajar, y en el cual buscaba sin descanso un horizonte al que volar; incansable soñadora de quimeras. Querida, amada y hasta odiada porque su paso no dejaba lugar a la indiferencia, porque su contoneo marcaba los compases de un corazón aquí y otro allá, provocando sentimientos contrapuestos. Su presencia era vida, cuando no estaba quedaba el más absoluto vacío; la explosión de una supernova que deja un agujero negro por el que se escapa la alegría, la luz y las sonrisas; un huracán en cuyo ojo estaba ella. Dócil fra...

Aprender del olvido

Todo resbalaba entre sus manos porque no era capaz de agarrar lo suficientemente fuerte; porque cambiaba de forma cuando lo creía sujeto, se desmenuzaba y comenzaba a desaparecer ante su mirada acostumbrada al desánimo de perder otra vez; y otra; y otra. Ya no había lágrimas en sus ojos, ni congoja bajo sus ropas. No disimulaba muecas de tristeza; las escondía tras la ficticia máscara de hilaridad que había forjado con metal y barro... duro y perecedero. El pasado se fue, el presente se está yendo y el futuro es incierto... dormía con ojos abiertos para no perder de vista cada instante, antes de verlo marchar con otra gota no derramada por sus comisuras, pues no afectaba ya el paso del tiempo en su roída piel. Vivir no es más que presenciar con más o menos atino, y recordar lo vivido sin caer en el olvido; tratar de seguir al destino para verlo otra vez marchar. Había hecho de sus ropas jirones, desgastado sus zapatos y encallado sus pupilas con el frio invierno en un caminar sin rumbo...