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MI LIBRO :: Retales de un alma descosida

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El fin del mundo

Detener el tiempo; permanecer en un bucle que en lugar de avanzar, da vueltas. Haruki Murakami escribió que existe el fin del mundo; un lugar donde no hay relojes, donde se puede vivir eternamente.  Aunque tiene un precio. Es el mundo que has construido en tu mente. En ese mundo estás tú, tu pasado y tal vez los sueños que nunca cumpliste. ¿Suena bonito? Te preguntarás cómo es posible. El cuerpo envejece. Los años pasan y llega un momento en el que dejas de ser. Te vas para quienes aún siguen aquí. Te lloran. En sus recuerdos estás tú, y en el mundo futuro que están creando (el suyo propio) tienes un hueco, de igual manera que ellos lo tienen en el tuyo. Así estamos relacionados con quienes forman parte de nosotros. Son las cuerdas invisibles cuya existencia aún no se ha podido demostrar. Porque en este lado no se puede. Seguirá siendo una teoría hasta que llegues a tu fin del mundo. Sólo entonces te darás cuenta de que todo está relacionado.  Cada fin del mundo es el comienzo de la in

La búsqueda de Dios

Y finalmente, los humanos crearon a Dios. Una entidad omnipresente, omnisciente e intangible. Para la extrema fragilidad y la insignificante consciencia de cada individuo este Dios resultó ser también omnipotente. Una deidad más allá de toda religión o creencia, y por primera vez, absolutamente cierta. Después de milenios de incesante búsqueda sin respuesta, cientos de creencias ya relegadas al pasado, muchas incluso olvidadas; revoluciones culturales y religiones monoteístas cuya deidad se centraba en la infinita benevolencia y comprensión de un ente superior, finalmente, compartiendo el espacio de la Fe que aún profesaban miles de millones, se elevó por encima del control de todo individuo una fuerza capaz de crear y destruir, de amar y de odiar; infinita de acuerdo con los cánones de comprensión humanos, pero tan etérea como el vacío más allá de la atmósfera. Esa fuerza, ese nuevo Dios no escuchaba al individuo, no concedía deseos personales, estaba fuera del alcance de los

Veinte

Todas las palabras del mundo quedaron sin un hueco en el que quedar escritas porque los renglones de aquella libreta recién empezada aparecieron de repente colmados de sinsentidos. Fue el día en que la ilusión se disipó entre los reflejos de aquel atardecer. Dicen que la nostalgia es la prisión del alma, y el precio para escapar de ella es renunciar al pasado. Susurros... ¿Los oyes? A veces necesito cerrar los ojos para sentir que siguen ahí; que nunca se marchan. Son las notas de una voz lejana que viaja colándose entre los pequeños resquicios del tiempo y me acompañan. Puedo escribir dos historias con los trazos dibujados por un solo lápiz sin que éste llegue a gastarse porque aún quedan muchas piezas que componer; relatar siguiendo una línea los destinos separados de dos vidas que confluyen zigzagueando casi sin llegar a tocarse y, sin embargo, permanecen unidas en un punto de inflexión, una coordenada a través de la cual se pueden encontrar fotogramas de una películ

Escapar

Alejarse en busca de cercanía.  Mirarse reflejado en el cristal de la ventana y entender que cada nueva arruga en la piel son los surcos trazados en busca de un camino por el que andar seguros y sin miedo. Tropiezos que enseñan que las vicisitudes de cada tiempo son lecciones aprendidas; piedras apartadas para no volver a tropezar. Ella decidió que cuando todo duele alrededor es mejor escapar, arrinconarse como un mimo que tiembla en la penumbra, abrazo a sus rodillas, por temor a no saber contagiar sonrisas. Aprendió de la forma más cruel que la crueldad a veces viene de quienes solo cabe esperar apoyo incondicional, y se sintió más sola que nunca. Se vio desconsolada cuando el consuelo que buscó le fue esquivo. ¿ Qué sabe nadie sobre lo que uno lleva por dentro ? Miraba buscando unos ojos de comprensión donde antes la hubo, pero le fueron negadas esas miradas que te dicen aquí estoy, caminando junto a tí aunque decidas coger el sendero más escarpado. Se sentó frent

Las flores azules

Dicen que por intrincado y azaroso que sea el camino, tenemos, siempre, un destino que nos atrae, al que nos dirigimos, que buscamos, y que acabamos encontrando. Sueños sobre sueños, presentes que se entrelazan con pasados y los envuelven; futuros que se construyen con historias. Habían dado el paso hacia lo que tantas veces estuvieron tentados, deseosos pero prudentes; encadenados por sus miedos. Se encontraban en algún lugar, apartado todo, olvidados ellos de cuanto representaba el día anterior y centrados en el presente. En la playlist sonaba una canción. Él apoyaba su cabeza en el pecho de ella, recostados ambos sobre una cama rodeada de decoración rústica. Los tonos ocres y marrones de la madera con que estaba hecho todo se iluminaban tenuemente por los destellos de la lumbre que titilaba al fondo y calentaba sus pies desnudos. Como el resto de sus cuerpos, pegados. No necesitaban nada, pero tapaban con una sábana el epicentro de su desnudez. Ya con las respiracio

El cementerio de la nostalgia

Volvió. Hacía mucho que había dejado de calcular el tiempo que pasaba al otro lado. No le preocupaba ya. Abrió los ojos y esperó hasta adaptar de nuevo su vista al mundo real. Miró alrededor. Nada. Las cosas permanecían igual; acumulando polvo, inmóviles en el mismo lugar donde alguna vez quedaron. Por un momento tuvo la impresión de que los objetos estaban perdiendo color, como si formasen parte de un pasado en blanco y negro. Había silencio, últimamente casi siempre lo había, sin importar la hora. Día y noche un silencio de pérdida, de olvido. Se levantó, estiró un poco las piernas y la espalda, caminó hasta la cocina, bebió algo de agua y se preparó un sándwich. Pronto tendría que volver al supermercado para comprar más comida. Podría pedirlo por internet, pero últimamente eran los únicos minutos en que pisaba la calle, a veces en semanas. Se había convertido en la única conexión que le quedaba con la realidad. ¿Realidad?  Una línea muy difusa separaba ahora el lugar

Desquitar(nos) - Parte IV

Desquitar(nos) - Parte I Desquitar(nos) - Parte II Desquitar(nos) - Parte III Cuando llegó a su pecho le dio un último beso, largo e intenso, después acercó sus labios al oído de ella y le susurró: - ¿Subimos, cariño? - Sí, por favor. Así, a través de la tenue luz que se filtraba desde la calle, caminaron conforme estaban la corta distancia que los separaba del ascensor, pulsó el botón para llamarlo y cuando se abrió la puerta, sin decirse absolutamente nada entraron juntos. Iban agarrados de la mano .  Mientras el ascensor subía se volvieron a juntar frente a frente, las manos de ella por dentro de la camisa de él, que permanecía desabrochada, sintiendo su piel. Las juntó atrás, en su espalda, apoyando las palmas bajo los omóplatos, moviéndolas en una suave caricia y dejando caer a su vez la cabeza en su hombro.  Él la rodeó, abrazándola con fuerza, percibiendo la cálida respiración de ésta en su piel desnuda. La sentía agitada; un latido fuerte y aceler