(si aún no la leíste, te recomiendo la primera parte de Trampas)



...hoy voy a hacer trampas...

Esa frase resonaba en la mente de Abel mientras continuaba apoyado en la pared, viviendo con incredulidad y una tensa excitación todo lo que estaba ocurriendo, mirando hacia el fondo de la sala mientras los labios de Ángela se paseaban por su cuello, húmedos, guiados por la temblorosa impaciencia que estaba poseyendo sus entrañas.
Ella se encontraba de espaldas a la gente, sabedora de que el tiempo pasaba y en cualquier momento podría hacer acto de presencia su pareja.
La lascivia rebosaba su cuerpo desde las piernas hasta la punta de los dedos, que palpaban el cuerpo de éste buscando dónde quedarse.

Finalmente le agarró la mano y echó a andar, seguida por el títere del que se había apoderado esa noche, un cuerpo dispuesto a hacer lo que ella quisiera, ya que no tenía nada que perder, mucho menos que ella; pero tal vez precisamente ese era el impulso que la guiaba sin control hacia los servicios femeninos porque las convulsiones que sufría por todo el cuerpo sólo la dejaban pensar en eso, sin sopesar nada en absoluto. De manera que no le importaron las miradas interrogadoras y extrañadas que se clavaron en ambos durante los escasos cinco metros que los separaban de los aseos, ni las sonrisas pícaras al verlos entrar en uno de ellos, cogidos de la mano; cerrar la puerta suavemente, echando el pestillo y confinándose en dos metros cuadrados de lujuria.

Una vez dentro no hubo palabras porque no hacían falta, sólo la respiración entremezclada de su excitación, que los hacía moverse atropelladamente por la ansiedad del momento y la prisa por volver donde la estaban esperando sin que hubiese sospechas; no sin antes saborearse en cada centímetro.
No hubo besos cariñosos, ni suaves mordiscos en el cuello; la situación exigía artillería pesada, y nada mejor que la lengua salivando de hambre y embriagando sus labios de ron y sexo, al tiempo que cada mano hacía su trabajo, desnudando sin orden, pero con atino sólo lo imprescindible para no malgastar el poco tiempo que tenían.
En la mente de ambos ya estaba proyectado el cuerpo del otro, definido por sus manos y sus labios. Ángela se apoyó contra la pared, atrayendo hacia sí a Abel; todo dispuesto para culminar la locura.

Quiero sentirte dentro... ya.

Sus palabras sonaron a súplica, pero encerraban una orden tajante tras la temblorosa voz de ella, que no podía contener ya los jadeos.
Él descendió con ambas manos hasta las nalgas; se acercó lentamente, forzándola a abrirse y dejar espacio a sus caderas para sentir cómo se introducía palpitando, de una sola embestida entre las piernas desnudas de Ángela, que lo miraba con los ojos entrecerrados y la boca abierta, dejando salir ruidosas exhalaciones.

Afuera las conversaciones ajenas les hacían sentirse aislados del resto.

Los dos, cada uno a su manera, pudieron sentir cómo la penetración iba transformando esa impaciencia de antes en placer, y la prisa en movimientos acompasados, rítmicos, pero con fuerza.
Continuaron mirándose todo el rato, en cada movimiento de sus caderas para unirse y volver a separarse, sintiendo el roce mútuo segundo a segundo.
Pegados, notando cada parte de su cuerpo en el otro continuaban el baile cadencioso de su placer. Contra la pared como único testigo de la escena exudaban el amor de un rato y un odio visceral al tiempo que se les agotaba; agotados ellos, temblando, gimiendo, apretando los dientes y las manos sintieron el espasmo que los hizo palpitar finalmente, uno detrás del otro en una tensión orgásmica desacompasada, pero extremadamente placentera.

Todo acabó rápido, sin un beso de despedida, saciado el demonio que los carcomía, se despidieron saliendo juntos del aseo cogidos de la mano, siendo otra vez el centro de atención, y se dijeron adiós con la mirada después de que ella se acercase para susurrarle al oído:

Por cierto, me llamo Ángela.

Cuando volvió donde estaba su novio aún podía sentir el cosquilleo subiéndole por los muslos. Apenas habían pasado veinte minutos desde que se fue.
Con los labios todavía humedecidos lo besó intensamente y le dijo:

Esta noche me apetece follar... más que nunca.

Su mirada, llena de lascivia, se paseaba lentamente por aquel local buscando alguna cara conocida, desde la penumbra del discreto rincón tras la columna y el altavoz, mientras unos labios se clavaban en su cuello, humedeciéndolo con los restos del Ron de cada trago. Solos, evadidos del bailoteo de la gente y la música que martilleaba sobre sus cabezas; envueltos en su propio devaneo.

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Ángela abrió su armario y experimentó un cosquilleo en el estómago al sentir que lo que realmente abría era la puerta hacia un mundo hasta ahora vedado.

Eran las ocho y media, estaba oscureciendo y comenzó sin prisa ese ritual de metamorfosis que repetía cada semana... aunque esta vez todo iba a ser distinto.
El primer paso: elegir concienzudamente entre pantalón, falda o vestido.
Ocasión excepcional, ropa normal, pensó, y se decidió por un vaquero ajustado, sabía que así no fallaría; lo colocó en la cama y sobre éste, una camiseta negra, de tirantes, cuello de pico y ligeramente escotada; sobria, informal y lo suficientemente larga para marcar sus caderas y dejar ver el inicio de sus nalgas bajo el ceñido pantalón; unos botines negros, con poco tacón;
los abalorios correspondientes: reloj, pulsera y un collar de cuentas, también negras.
Y para terminar, la ropa interior: culotte y sujetador de encaje que, muy probablemente, llegado el momento durarían poco.

No tenía intención de romper seseras a su paso, sabía que llevara lo que llevase sería el centro de muchas miradas; siempre había ocurrido, y mientras ella paseaba sus caderas, altanera, su novio hervía. Tenía algo, y además lo sabía. Prefería ir relativamente discreta para no tapizarse con demasiados adornos superficiales.

Esa noche todo estaba milimetrado, y pensaba en ello mientras paseaba cogida de la mano de Andrés, su pareja.
Todo normal, rutinario, casi aburrido. Después de cenar se tomarían un par de copas y volverían a casa, para terminar con una noche de sexo amenizado por los efectos del alcohol.
Siempre les gustó esa rutina como forma de eludir el día a día. Una monotonía que maquillaba a la otra.

Como de costumbre fueron a ese Pub al que acudían con frecuencia; les gustaba la música y el ambiente; iluminación adecuada y el volumen preciso para poder hablar sin gritar. Se sentaron junto a la barra y pidieron Ron con hielo para ambos. El local tenía dos plantas, con varias salas para crear distintos ambientes, y a partir de medianoche comenzaba a llenarse de gente distribuida de acuerdo con sus gustos musicales hasta casi completar el aforo.
Terminaron dos copas entre risas y cuando iban a pedir la tercera, Ángela se percató de soslayo del pequeño detalle que esperaba.

Voy al aseo, ve pidiendo mientras.

Se levantó y comenzó a caminar en dirección a los servicios, perdiéndose entre la gente que ya llenaba el Pub; atravesó el arco que llevaba a la sala contigua y se desvió ligeramente hacia el fondo, donde la luz quedaba más atenuada, hasta llegar a un lugar semi oculto tras una columna, en el que había un grupo de personas charlando a las que en ese momento se unía un chico, aparentemente algo mayor que ella, el cual acababa de llegar.
Ángela dio un pequeño rodeo, totalmente premeditado, pasando tras la espalda de él y haciendo un imperceptible movimiento con su mano, con el que rozó su cuello lo justo para que volviese la cabeza, y sin detenerse le clavó su mirada para dejar claro que había sido ella, y que no lo había tocado sin querer.

Continuó caminando hasta la puerta de los aseos y esperó sin entrar, observando. Momentos después lo vio acercarse hacia ella, decidido, y le preguntó:

¿Te conozco?

Tal vez. ¿Vienes solo?

Pues... ahora sí. Me llamo Abel. ¿Y tu?

Te lo diré después, si te apetece...

Los labios de él temblaban. Sorpendido por aquella situación a la que no estaba acostumbrado trataba de disimular para no dejar ver su pánico. Ella también estaba profundamente nerviosa. Jamás había actuado de esa forma y, a pesar de que había premeditado y ensayado aquella escena, no podía evitar el temblor que le producía el morbo, el miedo y la excitación por lo que estaba a punto de hacer...

Hacía semanas que veía a aquel chico entrar al Pub a la misma hora, pasar frente a ella y su novio, y dirigirse al fondo hasta perderlo de vista. Aproximadamente desde entonces, sin saber cómo, ni por qué razón, algo se había apoderado de ella; un deseo irrefrenable que le comía por dentro y le producía tal excitación que incluso se había masturbado varias veces pensándolo; una idea perversa, incluso mezquina, pero indescriptiblemente morbosa; hasta que le pudo el instinto, o mejor dicho, el cosquilleo incesante entre sus piernas cada vez que imaginaba lo que ahora estaba convirtiendo en realidad.

Sin más palabras, Ángela se acercó, pegando su pecho al de él, puso los labios en su oído y dijo lentamente:

¿Me esperas?

Un electrizante hormigueo atravesó la entrepierna de Abel, que sentía desvanecerse el shock inicial.

¿Y tus amigas?

Vengo con mi novio. Me está esperando fuera.

¿Entonces?

Ella acercó aún más los labios, regalándole un pequeño y suave beso bajo el lóbulo de la oreja.

Hoy voy a hacer trampas...

Mientras terminaba de decir ésto se atrevió a deslizar una mano hacia abajo, para juguetear con el botón del pantalón de él sin llegar a desabrocharlo, y dejó escapar sin querer un pequeño jadeo provocado por la propia excitación, a dos milímetros de su oído, y éste pudo escucharlo con toda claridad entremezclado con la música y la palabra trampas, que nunca le había sonado tan bien...



(continuará...)

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