Los disparos no les mataban; eran balas de desidia, rencor y vasos colmados, lanzados a propósito con desatino, para advertirse mutuamente de que la supremacía moral tenía un precio muy alto, tanto que ninguno estaba dispuesto a cederla costase lo que costase.
Pero les dejaban huellas, marcadas a fuego con la pólvora de sus miedos; por cada odio escupido, una capa más de indiferencia y vuelta a empezar, como si nada. Un paso más hacia el interior del túnel por no mirar atrás y fijarse en que la entrada estaba cada vez más lejos; por no darse cuenta de que tampoco había salida.

Los besos enmascaraban un amor que se extinguía, y lo alargaban con la artificialidad de un dia a dia acomodado en la rutina.

Es amargo pensar que algo se acaba; duele como una punzada al rojo cada vez que el pensamiento de una realidad irrefrenable se hace presente, y nuestro instinto es apartarlo; esconderlo tras otra capa más de indiferencia, con la vana esperanza de un futuro mejor; un túnel con salida.

Las lágrimas hacían aflorar esa realidad latente y angustiaban el transcurrir de sus días, trastocando la efímera felicidad de una conciencia acorralada entre la espada del temor y la oscuridad del túnel, hacia el que continuaba avanzando con paso vacilante, pero sin detenerse.
Llorando; clamando una solución a medio camino entre el dolor y la tristeza; perdida en el laberinto de su turbación sin una mano que le mostrase la salida, a la que agarrarse para destrozar las paredes de aquel oscuro pasillo que se replegaba sobre sí mismo, estrechando un corazón precioso, lleno de alegría, pero encerrado.

¿Esto es el amor?
Una vez pensó que esa palabra significaba alegría, felicidad y olores dulces sobre un césped húmedo, verde, suave; ante un horizonte abierto de par en par; sin obstáculos que entorpecieran su caminar.

La vida juega con nosotros, y a cada cual le toca ser un jugador con unas directrices marcadas desde el principio. Nos observa y sonríe ante nuestras reacciones porque disfruta viendo cómo su destino va tomando forma, a pesar de que siempre tratamos de oponernos a él.

¿Crees en el destino?
Es inaceptable que tengamos nuestro camino trazado, que no podamos decidir.
¿O acaso decidir forma parte del propio destino?

Las letras temblorosas de sus cartas sin destinatario reflejaban su dolor; desahogando a medias la gastada conciencia, porque contarle tus miserias a un papel es como soplar al viento y esperar como respuesta una caricia; esa que le denegaban día a día aquellas balas que la herían donde más duele: en su alegría; apagándola lentamente como una vela que llega a su fin.
Y aquel papel blanco de renglones torcidos desaparecía al terminar, para que nadie pudiese saber que la preciosa sonrisa de su cara enmascaraba una pena que le estaba rompiendo el alma a trocitos. Desaparecía, quemado con el fuego de esa vela que seguía ardiendo, que llegaba a su fin, pero que no terminaba de apagarse por miedo a la oscuridad de un túnel sin salida.

Sus palabras fluían entre la carnosidad de sus labios, humedecidos por otro trago de ron con hielo. El timbre de su voz me transmitía la sensualidad de cada imagen formada en mi mente, entre copas y confidencias.
La historia me hacía temblar conforme avanzaba, y comencé a mirarla de una forma distinta…

Me contó que se encontraba en una discoteca rodeada de amigos, bailando y bebiendo. De repente empezó a notar el ambiente demasiado cargado, sintió que sus pulmones necesitaban aire y sus oídos un poco de tranquilidad, por lo que se dirigió al aseo… pero a mitad de camino sus pasos la desviaron hacia la calle.

Apoyada en un coche, agachó la cabeza con los ojos cerrados para aliviar el leve escozor provocado por el humo. De repente escuchó una voz a su lado, una voz masculina, familiar, que le infundía tranquilidad y confianza. No supo cómo, pero logró convencerle para que no abriese los ojos. Un halo de misterio le atraía profundamente y su intuición le decía que se trataba de un juego.
Sonrió para tus adentros aún con los ojos cerrados.
Conocía a esa persona, pero no consiguió adivinar de quién se trataba. Se acercó aún más, rozando su pelo con la cara y poniendo los labios a un milímetro de su oído:
-Me conoces de sobra. Sabes más de mí que muchísima gente, pero no te voy a decir quién soy a no ser que lo adivines.

Una mano comenzó a acariciarle la mejilla, deslizando un dedo por sus labios, rodeándolos, recorriendo su barbilla hacia el cuello lentamente, hasta su pecho, para detenerse justo donde comienza el escote. Jugueteaban a placer sin que ella hiciese nada por impedirlo y, volvieron a subir entre caricias.
Conforme pasaban los segundos le costaba más abrir los ojos; se había convertido en la presa de un juego que estaba empezando a excitarle.
-Estás apoyada en mi coche, también lo conoces pero ni te has dado cuenta. ¿Subes y damos una vuelta?

En ese instante se mordió el labio sintiendo toda su piel erizada ante tal proposición. Ni loca, jamás subiría a un coche en esas condiciones... pero la voz… esa voz.
Algo le infundía tranquilidad haciéndole ver que nunca le haría daño. Aceptó.

-¿Dónde me llevas?
-Muy cerquita.

Conforme aceleraba el coche su ritmo cardíaco se disparó. Estoy loca –fue todo cuanto acertó a pensar.
En menos de diez minutos detuvieron la marcha. Él se bajó, rodeándolo para abrirle la puerta, ofreciéndole su mano.

Permaneció voluntariamente con los ojos cerrados, su excitación estaba al límite. Y pensó que le estaba gustando ese juego. El hecho de intuir lo que vendría después, pero no saber de quién se trataba la volvía loca. Aunque ya comenzaba a especular sobre la identidad de esa sensual voz.

Caminaron de la mano, guiada a cada paso entre excitantes tinieblas.

-Ya estamos llegando, pero ahora te voy a vendar los ojos. ¿Quieres?
A esas alturas se había convertido en una marioneta; así que afirmó con voz vacilante.
El enigmático guía se colocó detrás, pasando las manos hacia delante para volver a juguetear con sus dedos. Esta vez, de forma más atrevida, introdujo delicadamente una de ellas por la ropa, deleitándose con un minúsculo roce en un pezón.
Después colocó un trozo de tela muy suave en los ojos, haciendo un nudo detrás.

Anduvieron unos pocos pasos hasta que escuchó una puerta abrirse, el eco del movimiento en un portal, ruido de un ascensor que se abre...

Mientras subía despacio, su mente se había convertido en un hervidero de sensaciones. En ese instante una sacudida la recorrió por completo cuando sintió aquellos labios desconocidos posarse sobre los suyos, respondiendo inmediatamente para encontrarse con su lengua, que comenzaba a explorarla con ansiedad.
Notó unas manos suaves, pero firmes, introduciéndose bajo su falda, comenzando a acariciarle los muslos, subiendo lentamente hasta sus bragas ya humedecidas; no pudo reprimir un leve jadeo al notar un dedo recorriendo el borde para tirar de ellas levemente hacia abajo mientras seguía besándole entre suspiros.

Tras detenerse el ascensor, la guió al interior de una casa, recorriendo pasillos hasta pararse en un lugar indeterminado. No sabía qué hacer o decir, moviendo las manos inquietas, sin rumbo.
Permaneció de pie, en silencio; sintiendo flaquear las piernas.

De nuevo, los hábiles dedos comenzaron a desabrocharle la camisa, botón a botón; despojándola de ésta. Tras ello, esas manos se volvieron a introducir bajo la falda, acariciando suave y delicadamente su piel, hasta arriba del todo, de forma pausada; bajando lentamente las bragas; dejándolas a la altura de los tobillos y volviendo a subir, rozando el interior de las piernas con los nudillos, muy despacio, hasta las ingles, donde se detuvo para tatuar un beso suave y carnoso en el pubis.

Totalmente indefensa sintió cómo se quedaba sin sujetador, y como única vestimenta la falda y los zapatos. Privada del sentido de la vista, tacto y oído se agudizaron, haciéndola sentir un electrizante cosquilleo por cada roce.

De un empujoncito cayó sentada sobre una cama: Túmbate.
Obediente, se acostó boca arriba y volvió a notar cómo beso a beso, esos labios se aproximaban desde las piernas por su tembloroso cuerpo hasta llegar a su boca, jugueteando de nuevo con la lengua en su interior, que le transmitía un edulcorado y fresco sabor.
Ambos cuerpos pegados la hacían sentir el pecho de su extraño cómplice juguetear sobre ella, cayendo en la cuenta de que también estaba desnudo, mientras percibía ese perfume masculino que ya conocía.

Respiraciones que se convertían poco a poco en jadeos acompasados; acompañados de ruidosos y húmedos besos.

Tumbados; envueltos; mezclados; recorriendo con los dedos las sinuosas e interminables curvas; podían sentir cada centímetro de la piel del otro, comenzando a transpirar por el contacto y la excitación.

Ella seguía con los ojos vendados, mientras su secuestrador, dueño de la situación, le sujetaba las muñecas, pasando una especie cinta de tela suave, rodeándolas; quedando finalmente con los brazos levantados sobre su cabeza. Atada. Semidesnuda. Esclava.

Con los ojos vendados e inmovilizada sintió el cosquilleo entre sus piernas convirtiéndose en pequeños espasmos que la llevaban al límite de su excitación. Las manos de él se posaron sobre su pecho, palpando con suavidad, y comenzó a bajar acariciando con los dedos el vientre hasta la cintura, rodeando sus caderas, para subirle la única prenda que aún permanece en su sitio: la falda, y continuando por los muslos hasta notar un toquecito indicando que debía separar las piernas.

Comenzaba el verdadero juego. Por supuesto, obedeció con un gemido.

En ese momento sintió de nuevo los labios sobre su ombligo, que besaban carnosamente, descendiendo muy despacio. Tras rodearlo, continuaron hacia abajo, marcando cada punto hasta llegar de nuevo al pubis, donde permanecieron un leve instante antes de deleitar todos sus sentidos con la lengua, que coqueteó posándose de lleno en su clítoris y haciéndola emitir un intenso jadeo.

Jugaba, lo rodeaba con la punta mientras sus manos seguían acariciando alrededor, en los muslos, en el vientre; y cada una de las papilas gustativas saboreaba ávidamente el humedecido y palpitante centro de todo placer, introduciéndose levemente, subiendo, rodeando de nuevo el clítoris y haciéndola sentir en éste la fricción suave y carnosa de una lengua experta.

Su mente turbada y privada del sentido de la vista, sólo podía pensar en el placer y el morbo de verse ahí, cuando tan sólo unos minutos antes se encontraba en una discoteca, sin haber imaginado nada de lo que ahora estaba ocurriendo…

Con todos sus sentidos puestos en esa boca, concentrada entre sus piernas, sujetaba con fuerza la cinta que la tenía atada mientras gozaba intensamente.

Sintió una punzada recorrer su cuerpo, haciéndola retorciéndose de placer. Abrió los labios entre jadeos quedando al borde del orgasmo al sentir que aquella lengua se apartaba de nuevo, y que la despojaban de la falda.
Desnuda por completo; atada; a merced de una voz conocida, y presintiendo la tormenta caer sobre su cuerpo, presa voluntaria de una persona a la que sólo podía oír y sentir, se dejó llevar hasta las profundidades más oscuras de su lascivia.

Nadie hablaba; y como únicos sonidos los suspiros, los besos, los roces.

Quedó tendida sobre la cama, sin ropa, con la respiración agitada, los nervios a flor de piel y pensando en lo que sabía que ocurriría a continuación...

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