Todo resbalaba entre sus manos porque no era capaz de agarrar lo suficientemente fuerte; porque cambiaba de forma cuando lo creía sujeto, se desmenuzaba y comenzaba a desaparecer ante su mirada acostumbrada al desánimo de perder otra vez; y otra; y otra.
Ya no había lágrimas en sus ojos, ni congoja bajo sus ropas. No disimulaba muecas de tristeza; las escondía tras la ficticia máscara de hilaridad que había forjado con metal y barro... duro y perecedero.
El pasado se fue, el presente se está yendo y el futuro es incierto... dormía con ojos abiertos para no perder de vista cada instante, antes de verlo marchar con otra gota no derramada por sus comisuras, pues no afectaba ya el paso del tiempo en su roída piel.
Vivir no es más que presenciar con más o menos atino, y recordar lo vivido sin caer en el olvido; tratar de seguir al destino para verlo otra vez marchar.
Había hecho de sus ropas jirones, desgastado sus zapatos y encallado sus pupilas con el frio invierno en un caminar sin rumbo; botellas vacías tras sus pasos oscilantes; andares renqueantes hacia un sur en el que no encontraría sol.
Nadie conoce la calle como quien la hace hogar, y sus historias vivencias; relatos de un juglar con arrugadas memorias.
Dueño de su vida, sin nada ganado, nada podía perder. Sobre el duro suelo, contra la pared rugosa se hacía peregrino de crónicas ajenas, porque aún no había perdido aquello que se le había concedido como único don, como posesión inalienable: la imaginación sin límites; sin lindes; sin parangón.
Ya no había lágrimas en sus ojos, ni congoja bajo sus ropas. No disimulaba muecas de tristeza; las escondía tras la ficticia máscara de hilaridad que había forjado con metal y barro... duro y perecedero.
El pasado se fue, el presente se está yendo y el futuro es incierto... dormía con ojos abiertos para no perder de vista cada instante, antes de verlo marchar con otra gota no derramada por sus comisuras, pues no afectaba ya el paso del tiempo en su roída piel.
Vivir no es más que presenciar con más o menos atino, y recordar lo vivido sin caer en el olvido; tratar de seguir al destino para verlo otra vez marchar.
Había hecho de sus ropas jirones, desgastado sus zapatos y encallado sus pupilas con el frio invierno en un caminar sin rumbo; botellas vacías tras sus pasos oscilantes; andares renqueantes hacia un sur en el que no encontraría sol.
Nadie conoce la calle como quien la hace hogar, y sus historias vivencias; relatos de un juglar con arrugadas memorias.
Dueño de su vida, sin nada ganado, nada podía perder. Sobre el duro suelo, contra la pared rugosa se hacía peregrino de crónicas ajenas, porque aún no había perdido aquello que se le había concedido como único don, como posesión inalienable: la imaginación sin límites; sin lindes; sin parangón.
















