La vida le cayó de golpe sobre la espalda con aquel primer azote del hombre que había ayudado a traerlo al mundo; pero no le guardó rencor. El médico lo miró con orgullo y estuvo feliz de que Dios tuviera a bien que hubiese de todo en esta tierra.
Igual luego se vuelve guapo, se decía por la noche mientras se ponía el pijama para dormir. Aunque sabía que no sería así; tenía mucha experiencia en ese tema. Qué va, quien nace feo, vive feo, pensaba luego el hijo puta. Y encima con ese nombre, pa matar a alguien. Nunca olvidaría el tremendo esfuerzo que tuvo que realizar para no descojonarse de risa cuando al preguntar a la madre por el nombre del niño, ésta le soltó sin siquiera un poquito de miramiento: Kevin Cosner de Jesús. Así, como suena. En su cerebro retumbó un tachaaaaan como cuando alguien logra con éxito un truco sorprendente, seguido de unas incontrolables ganas de salir corriendo para entretener sus músculos de alguna forma. Estaba convencido de haber oído bien.
Un niño que nace rodeado de tanta alegría, por feo que sea él y su nombre, estará siempre lleno de alegría.
¿Kevin Cosner? Le preguntaban cuando la curiosidad empezaba a picar demasiado. Sí, por un actor que es muy famoso, decía el pequeño sonriendo. ¿y... de Jesus? Volvían a preguntar como inevitable colofón. ¿No conoces al niño Jesús, gilipollas? Evidente.
También le gritaban feo, en plan insulto, o se lo coreaban en grupos poniendo un tono de villancico, mientras él los miraba impasible, pero algo apenado.
A pesar de que muchos niños eran crueles, el filo de su lengua conseguía que pronto dejase de ser el centro de atención ante nuevas caras; había aprendido a sacar los defectos más ocultos de cualquiera que se cruzase en su camino y adornarlos con toda clase de palabrejas inventadas que le daban aún más credibilidad.
El Kevin Cosner español no quería ser actor, y le importaba poco llegar a ser famoso o rico. Se conformaba con levantarse todos los días y poder respirar el aire de cada estación; incluso el que le provocaba alergia en primavera.
Siempre hay un roto para un descosido, le decía su madre al llegar él a la adolescencia, con tan buena intención como cuando le puso el jodido nombre porque le hacía ilusión. Se refería sin duda a su fealdad y a que llegaría a encontrar una chica acorde con él. Pero yo no estoy descosido, mamá; simplemente soy feo. Sabía que no podía mencionar lo de su nombre, que era casi peor que su cara, porque dañaría a su madre.
Era una simbiosis perfecta; una cosa distraía de la otra: o bien se centraban en su aspecto, o lo hacían en su nombre, pero nunca se cebaban demasiado, pues algo les decía que ya tenía bastante el pobre.
Pero de pobre nada, porque aprendío a sacarle partido a su particular circunstancia y empezó a utilizarlo como arma, esta vez para acercarse a las chicas, con ello por delante, haciéndolas merecer su confianza, su simpatía y, casi siempre algo más.
Ahora sus amigos le decían en plan guasa: Jesús, con Kevin Cosner!!
¿Ves mamá? siempre hay remiendos para los descosidos. Y su madre lo miraba orgullosa, como si lo hubiese tenido todo planeado.
Había nacido con garra, y ella sin duda lo vio desde el principio.
La vida es cruel para todos, sin excepción; pero no merece la pena estar peleado con el mundo.
Ya no era la víctima de una crueldad infantil. Se había hecho respetar con esa sonrisa eterna e imperturbable, convirtiéndose en un pilar básico en su círculo; crecido y madurado sabiendo dar la vuelta a la sartén sin derramar nada en el camino.
Había aprendido que lo bueno hay que encontrarlo, pero para ello es necesario querer buscarlo.
Igual luego se vuelve guapo, se decía por la noche mientras se ponía el pijama para dormir. Aunque sabía que no sería así; tenía mucha experiencia en ese tema. Qué va, quien nace feo, vive feo, pensaba luego el hijo puta. Y encima con ese nombre, pa matar a alguien. Nunca olvidaría el tremendo esfuerzo que tuvo que realizar para no descojonarse de risa cuando al preguntar a la madre por el nombre del niño, ésta le soltó sin siquiera un poquito de miramiento: Kevin Cosner de Jesús. Así, como suena. En su cerebro retumbó un tachaaaaan como cuando alguien logra con éxito un truco sorprendente, seguido de unas incontrolables ganas de salir corriendo para entretener sus músculos de alguna forma. Estaba convencido de haber oído bien.
Un niño que nace rodeado de tanta alegría, por feo que sea él y su nombre, estará siempre lleno de alegría.
¿Kevin Cosner? Le preguntaban cuando la curiosidad empezaba a picar demasiado. Sí, por un actor que es muy famoso, decía el pequeño sonriendo. ¿y... de Jesus? Volvían a preguntar como inevitable colofón. ¿No conoces al niño Jesús, gilipollas? Evidente.
También le gritaban feo, en plan insulto, o se lo coreaban en grupos poniendo un tono de villancico, mientras él los miraba impasible, pero algo apenado.
A pesar de que muchos niños eran crueles, el filo de su lengua conseguía que pronto dejase de ser el centro de atención ante nuevas caras; había aprendido a sacar los defectos más ocultos de cualquiera que se cruzase en su camino y adornarlos con toda clase de palabrejas inventadas que le daban aún más credibilidad.
El Kevin Cosner español no quería ser actor, y le importaba poco llegar a ser famoso o rico. Se conformaba con levantarse todos los días y poder respirar el aire de cada estación; incluso el que le provocaba alergia en primavera.
Siempre hay un roto para un descosido, le decía su madre al llegar él a la adolescencia, con tan buena intención como cuando le puso el jodido nombre porque le hacía ilusión. Se refería sin duda a su fealdad y a que llegaría a encontrar una chica acorde con él. Pero yo no estoy descosido, mamá; simplemente soy feo. Sabía que no podía mencionar lo de su nombre, que era casi peor que su cara, porque dañaría a su madre.
Era una simbiosis perfecta; una cosa distraía de la otra: o bien se centraban en su aspecto, o lo hacían en su nombre, pero nunca se cebaban demasiado, pues algo les decía que ya tenía bastante el pobre.
Pero de pobre nada, porque aprendío a sacarle partido a su particular circunstancia y empezó a utilizarlo como arma, esta vez para acercarse a las chicas, con ello por delante, haciéndolas merecer su confianza, su simpatía y, casi siempre algo más.
Ahora sus amigos le decían en plan guasa: Jesús, con Kevin Cosner!!
¿Ves mamá? siempre hay remiendos para los descosidos. Y su madre lo miraba orgullosa, como si lo hubiese tenido todo planeado.
Había nacido con garra, y ella sin duda lo vio desde el principio.
La vida es cruel para todos, sin excepción; pero no merece la pena estar peleado con el mundo.
Ya no era la víctima de una crueldad infantil. Se había hecho respetar con esa sonrisa eterna e imperturbable, convirtiéndose en un pilar básico en su círculo; crecido y madurado sabiendo dar la vuelta a la sartén sin derramar nada en el camino.
Había aprendido que lo bueno hay que encontrarlo, pero para ello es necesario querer buscarlo.
















