Los susurros, dicen, son caricias al aire.

¿Escuchas como se va transmitiendo lentamente desde mis labios hasta tu oído a través del silencio?
¿Percibes las palabras acalladas, deslizando suavemente cada letra como una minúscula onda se abre paso a través de un lago en calma?

Es como cuando coloco uno de mis dedos sobre tus caderas desnudas, y poco a poco voy recorriendo tu silueta, apenas rozándote la piel. Si mirases justo entre ambas partes, podrías ver luz a través de los surcos de mi huella dactilar, y el bello de tu cuerpo erizandose a su paso.
Cierra los ojos y concentra tus sentidos en los colores que van formando mis palabras; en la melodía compuesta por susurros, caricias, este placentero silencio en la madrugada y la brisa de Septiembre que entra a través de la ventana.

¿Lo sientes?

Contempla a través de tus párpados las curvas de tu cuerpo sobre las sábanas, flirteando con mis manos y envuelto en las notas silenciadas de mi boca, que danzan juguetonas invadiendo dulcemente esos sentidos que están a mi merced.
Música en mil tonalidades se convierte en cosquilleo que penetra por tus poros indefensos y te sumerge en una electrizante vibración, desde la suavidad de tu cuello hasta lo más prohibido de tus muslos sonrosados, tímidos, pero dispuestos a jugar.

Bucea en el bullicio que se forma en tu interior; del silencio murmurado a las cálidas notas que tocan las cuerdas de tu interior; de extremo a extremo, oscilando en la sinuosidad del camino recorrido por el rumor de estas palabras, que te arrullan dócilmente y permanecen regalándote más silencio con susurros, más susurros silenciados.




La vida se le escapaba entre imágenes traslúcidas cada vez que dirigía una mirada humedecida a través de la ventana. Oteando la tierra que siempre fue suya mientras se daba cuenta de que en realidad nunca le había pertenecido.

El caserón envejecido daba cuenta a su vez de los años pasados, cuarteadas las paredes como su piel, la de un viejo decrépito, ponzoñoso, y ahora tardíamente entristecido por el testamento que le dictaba su raída conciencia: Morirás igual que viviste; sólo y lleno de odio. Odio arraigado en prejuicios y costumbres nocivas; sembrado y regado día tras día, haciéndolo crecer y echar raíces demasiado profundas.

Una vez acabado con todo, sólo le quedaba esa ventana y un atisbo de arrepentimiento.

Las iras de la intolerancia marcaron sus pasos en el día a día de una existencia que él mismo hacía insoportable para cuanto le rodeaba. El dinero y la codicia son los peores enemigos de la felicidad; y quedó patente por cada puñalada que le propinó en pos de defender lo que su avaricia estimaba como más importante; antes incluso que el cariño por unos hijos que tuvieron que huír, una esposa que murió por desidia y en soledad, y unos criados leales, pero que escupían cada centímetro que él pisaba.

Nada de eso parecía importar mientras le quedase vida para poder mirar con altivez su imperio, forjado con la sangre de su estirpe.

La vida cobra pasaje a todo el mundo; y ahí estaba él, calculando cuánto le había costado el suyo mientras lloraba frente a la ventana, con el ligero temblor de la soledad, y la muerte tras de sí, mirando por encima de su hombro.
-¿Listo?

-No me queda nada en que agarrarme a este mundo. Y me doy cuenta tarde.

-Tranquilo viejo, no eres el primero, ni serás el último.

-¿Por qué somos tan cobardes de no mostrar nuestras debilidades? Creí que siempre tendría tiempo para decirles que les quería.

-El tiempo es una ramera que te deja tirado sin avisar. Algunos errores se pagan, y otros se lloran. ¿Listo?

-Listo.


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