Ese relato estaba consiguiendo poner a flor de piel todos mis sentidos… y algo más. En la tranquilidad de aquella habitación, la lascivia se apoderaba de mí, haciéndome desear fervientemente esos labios por cuya carnosidad emanaban palabras llenas de sensualidad y sexo sin tapujos.

Continuó sin miramientos su experiencia lésbica, sin que mis ojos intuyesen siquiera lo que me contaría enseguida…



Tumbadas, una sobre la otra; envueltas; mezcladas; recorriendo con los dedos las sinuosas e interminables curvas; podían sentir cada parte de su piel comenzando a transpirar por el contacto y la excitación.

Ella seguía con los ojos vendados, mientras su secuestradora, dueña de la situación, le sujetaba las muñecas, pasando una especie de cinta de tela suave, rodeándolas; quedando finalmente con los brazos levantados sobre su cabeza. Atada. Semidesnuda.

Una vez así, colocó ambas manos sobre su pecho, palpando con suavidad, y comenzó a bajar acariciando con los dedos el vientre hasta la cintura, rodeando sus caderas, para subirle la única prenda que aún permanecía en su sitio: la falda, y continuando por los muslos hasta notar un toquecito indicando que debía separar las piernas. Comenzaba el verdadero juego.
Por supuesto, obedeció con un suspiro.
En ese momento sintió unos labios justo encima del clítoris que besaban carnosamente, descendiendo muy despacio. Tras rodearlo de besos, éstos dieron paso a la cálida lengua que se posaba y jugueteaba hasta hacerla emitir un gemido. Jugaba, lo rodeaba con la punta mientras sus manos seguían acariciando alrededor, en los muslos, en el vientre; y cada una de las papilas gustativas saboreaba ávidamente el humedecido, enloquecido y palpitante coño, introduciéndose levemente, subiendo, rodeando de nuevo el clítoris y haciéndola sentir en éste la fricción suave y carnosa de una lengua experta.
Su mente turbada, privada del sentido de la vista sólo podía pensar en el placer y el morbo de verse ahí, cuando tan sólo unos minutos antes se encontraba en una discoteca, sin imaginar nada de lo que ahora estaba pasando…

Con todos sus sentidos puestos en esa boca concentrada entre sus piernas, sujetaba con fuerza la cinta que la tenía atada mientras gozaba intensamente, hasta que, de repente notó un dedo posarse sobre tus labios. Un dedo ajeno.

Sintiendo una punzada recorrer su cuerpo, retorciéndose de placer; abrió los labios entre jadeos para chupar ese dedo, dando la bienvenida al nuevo invitado. Recorriéndolo con la lengua; exhalando suspiros, al tiempo que apartaban la boca que jugueteaba en su coño, dejándole al borde del orgasmo, para despojarla de la falda. Desnuda por completo; atada; a merced de una voz conocida y alguien más, y presintiendo la tormenta caer sobre su cuerpo, presa voluntaria de dos personas a las que sólo podía oír y sentir.

Nadie hablaba; como únicos sonidos, los suspiros, los besos, los roces...

Recordó con excitación en su voz cómo, por un momento, quedó tendida sobre la cama, desnuda, con la respiración agitada y esperando lo siguiente.

De repente el tacto de muchos dedos por todo su cuerpo acariciando, palpando, explorando cada rincón. Una mano de nuevo posándose sobre el pubis, acariciando los labios, abriéndolos suavemente con dos dedos para introducir muy despacio un tercero; mientras volvía a lamer aquel que recorría antes su boca; acariciando mientras sus pezones otros dedos ajenos, pero dulces.

De nuevo esa lengua en el clítoris moviéndose acompasadamente... y en ese momento sintió que algo rozaba sus labios; poniendo sus sentidos en alerta, erizándosele cada poro, porque sabía de qué se trataba. Sacó complacida su lengua, rozándola para sentir el tacto, abriendo la boca y levantando la cabeza levemente, para introducírsela. Y comenzó a succionar; a saborearla, moviendo los labios y la lengua en el interior de su boca, rodeando cada centímetro, humedeciéndola.
Temblaba; se estremecía; se retorcía…

Tras esto, quedó respirando entrecortadamente con la boca abierta y agarrando las cintas cada vez con más fuerza. Esta vez, unos labios se posaron en los suyos, solapándose, comiéndolos; sintiendo la respiración de quien le besaba.
Y en el culmen de la excitación rozan sus piernas, le obligan a abrirlas y al instante notó algo más firme y duro posarse sobre su coño, e intuyendo de nuevo de qué se trataba, se dejó caer en su propio regocijo, sintiendo el movimiento de la punta en un suave roce que la hizo abrirse aún más. Finalmente, entre las lubricadas paredes de su sexo, comienza a introducirse lentamente, de una embestida, hasta que la siente por completo en su interior, lanzando un gemido al aire.
Ese músculo que antes saboreaba, ahora estaba penetrándola, despacio, haciéndole sentir todo su volumen introduciéndose en ella. Le estaban follando y el hecho de no saber quién era, le excitaba sobremanera.

Entre jadeos sentía la necesidad de gritar pero esos otros labios, los de su cómplice desconocida aún permanecían posados sobre los suyos, comiéndole con avidez. Gemía, jadeaba fuera de sí, contorneándose cada vez que ese enorme músculo desconocido salía de su interior para volver a penetrarla con más fuerza, sintiéndolo abrirse camino palpitando en su interior. Era la protagonista absoluta de una escena de placer sin límites.
Escena que se desarrolla de forma frenética, según me cuenta; incapaz de calcular el tiempo que pasa. Tras el vendaje sus ojos están cerrados con fuerza; no logra ni quiere aguantar más y se corre apretando fuertemente los puños y las nalgas, sufriendo sacudidas por todo su cuerpo; embestidas desde abajo con igual o más fuerza; besos, caricias y sobeteos en su cara, cuello, tetas...
A punto de arrancar la cuerda que la ata, tus jadeos son ya incontenibles, cada vez más fuertes, convirtiéndose en un gemido brutal. Y sin dar lugar al descanso, algo se posa sobre su pecho delicadamente, se mueve haciéndole sentir el roce; se desplaza por su vientre y siente de nuevo esas tetas acercarse a su boca. Comienza a lamerlas al instante, regodeándose en los pezones, moviendo la cabeza a un lado y otro para comer de las dos. Se apartan, le acercan después otra cosa, lo palpa con los labios; adivina un clítoris muy húmedo y saca la lengua para comérselo con un hambre casi caníbal.
Con ese frenetismo e intensidad, me contó, necesitaba tener su boca ocupada mientras continuaban follándola. Y sin verlo venir, se volvió a correr. Fuera de si misma. Dos orgasmos casi seguidos; empezaban a dolerle los músculos. Mientras tanto, sus labios seguían ocupados en ese coño con ansia hasta escuchar un gemido profundo; su conocida-desconocida, esa voz sensual que le inspiraba confianza ahora gime al contacto de su lengua; corriéndose al compás de ésta.

Y las embestidas no cesan, penetrándola aún con fuerza, pudo sentir cada vez más duro el músculo dentro de ella; con cada movimiento de pelvis un jadeo; sin distinguir ya entre la excitación y el orgasmo; su cuerpo no era suyo; sus músculos por libre, contrayéndose y relajándose a un ritmo espasmódico; y de nuevo otro gemido entrecortado. El ritmo desciende. Y vuelve a sentir cada milímetro salir de ella lentamente.

Tras esto, con un ademán le indican que se mueva; alguien se acuesta junto a ella y le hacen levantarse. Todavía atada; se pone de rodillas, agarrándola por la cintura para guiarla, echa una pierna por encima, intuyendo de qué se trata.
De rodillas sobre la cama con las piernas abiertas, lo siguiente es descender la cadera para volver a sentir la presión entre éstas, y lo hace muy lentamente; notándola más, preparada, esperando el movimiento; flexiona las piernas y su culo desciende mientras nota cómo su coño se vuelve a llenar; comenzando a cabalgar a un ritmo cada vez mayor porque ahora es ella quien tiene el control. Mientras tanto, esas manos delicadas se mueven de nuevo por sus tetas, y otras le sujetan el culo con fuerza; lo acarician; le vuelven a besar.
Las respiraciones se hacen más y más fuertes; regresa ese cosquilleo en el vientre y esta vez a su ritmo, con sus propios movimientos, como a ella le gusta, vuelve a tener un orgasmo al tiempo que nota cómo dentro de ella palpita intensamente a cada movimiento, haciendo chorrear en su interior todo el placer.

Y todo se detuvo, quedando jadeante y sudorosa. Notó un beso en los labios; después otro, de labios distintos.
Tendida sobre la cama; escuchaba movimientos alrededor; la desataron, le quitaron la venda y cuando tus ojos consiguieron acostumbrarse a la penumbra observó tumbada junto a ella una chica morena, conocida, a la que sonrió exhalando un último suspiro. Del chico no había rastro y entonces cayó en la cuenta de que nunca llegaría a conocerlo.

Ambas chicas, aún acostadas y desnudas se abrazaron, volviendo a darse un último beso, esta vez más de agradecimiento que de placer, permaneciendo ahí, sin decir nada; mirando al techo y respirando.




Qué triste el repeler de estos polos;
bebiendo mierda, anestesiando minutos, mirando tus pasitos y, pensando en el infierno de estar solos.

Este gallo ya no sabe si canta al sol o entona la alborada de tu luz;
ya no distingue entre el dulce sabor de tus labios, o la amargura de tu hiel.

Ya no caben mas proclamas al candor de tu dintel.

Las escamas de mi piel no me protegen, de saberte sin tenerte; de tener que imaginarte; de arañarme con la ramas astilladas de tu miel.


1. El nacimiento del niño robot.
2. El despertar de un monstruo.
3. La sala de los juguetes.
4. Alicia.
5. Muñeca.
6. Jugar a ser Dios.
7. Horizonte ambarino.



-Alicia, piensa en todo lo que he pasado; piensa si merezco vivir, y reflexiona sobre qué prefieres en tu conciencia: mi muerte, en cuyo caso te pondrás a mi altura y serás una asesina, o las que vendrán si decides huir sin matarme.



No podía creer que en sólo unos segundos se hubiese visto envuelta en esa tesitura.
Minutos antes había sentido la caricia de la muerte y ahora era ella quien tenía potestad para decidir en ese sentido.
Durante su estancia en el infierno creado por el niño robot había presenciado tanto horror como para no volver a dormir en su vida. Jamás podría olvidar que había experimentado esa famosa frase acerca de que la realidad, a veces supera la ficción.

Inmersa en el sofocante hedor de aquella oscura habitación sin ventanas, pintada de la sangre extraída mediante crueles dentadas de sierra a todas las personas que habían visto y sentido el espanto de su propia ejecución; ahora desmembradas, cuyas partes no quería imaginar dónde estarían, tenía que pensar rápidamente una salida para la oportunidad que le estaba dando Sami; intuyendo, pero sin comprender realmente la razón.

A unos metros de Alicia, que permanecía arrodillada con la llave en la mano, se encontraba él, totalmente inmóvil, aparentemente dispuesto para asumir las consecuencias de su ofrecimiento. Detrás de éste, entre penumbra, se veía lo que parecían unas escaleras hacia la oscuridad. ¿Significaba eso que para llegar a la salida tenía que pasar por encima de Sami?
A mitad de camino entre ambos estaba la mugrienta mesa, un poco hacia la izquierda, con un puñado de herramientas dispuestas de forma desordenada, manchadas todas.
Y sobre éstos, un foco atestiguaba con su luz la novelesca escena de desconcierto.

Entre temblores acertó a introducir la llave en el candado que cerraba el improvisado grillete, liberándose de su atadura, mientras Sami permanecía sin moverse. Se puso en pie mirando a éste a los ojos con cautela y, muy lentamente comenzó a caminar en su dirección. No hizo giro alguno; apretó los puños tensando todos los músculos de su cuerpo, y pudo percibir el olor de su sudor mezclado con la sangre de la que estaba salpicado cuando pasó junto a él. En ese instante el tiempo corrió mucho más lento y sus latidos se aceleraron hasta desbocarse a la vez que una sacudida la recorría por completo cuando sus brazos rozaron al cruzarse.
Caminó en dirección a las escaleras, comenzando una lenta ascensión y sintiendo el intenso temblor en ambas piernas, escalón tras escalón, para llegar a un pasillo oscuro en cuyo fondo podía ver la tenue, pero esperanzadora luz.
No miró atrás; su interior rezaba por que Sami permaneciese en el mismo lugar y contaba cada paso que la separaba de aquella luz, a la que se dirigió con marcha rauda; sintiendo alivio y liberación conforme avanzaba poniendo más distancia entre ella y la muerte, que ahora quedaba atrás inexplicablemente.

En la casi total oscuridad del pasillo sólo le quedaba palpar lo que parecía una puerta en busca de la manilla, preparada para correr y desaparecer de aquel lugar; lo único en lo que tenía ocupada su mente: huir.

La giró con prisa al encontrarla; abrió de un fuerte tirón y volvió a sentir su vida caer en un profundo foso cuando se percató de que tras ésta se veía un amplio horizonte de campo y matorral en tonalidades ambarinas, bañadas por la luz del ocaso; pero su libertad quedaba oculta tras los barrotes que aún cerraban su paso. Y entonces lo volvió a escuchar a su espalda:

-Nada cambia. Eres la quinta persona que pierde la oportunidad. Tan sencillo; pero tan inocentes todos.
La llave que abre esa reja está en mi bolsillo.
¿Cómo se te ocurre dejar a un asesino libre para salvar tu puta conciencia?
Lógicamente no me hubiese dejado matar; no soy tan estúpido. Pero al menos tuviste tu oportunidad de defenderte en igualdad de condiciones.
Me das el mismo asco que los demás; pero como ya te dije, para tí tengo reservado algo distinto
.



La miró pensando que estaba más bonita que nunca.

Hacía tiempo que había decidido un destino especial para Alicia; exclusivamente para ella. Y allí estaba, con piel suave y ojos vidriosos; brillantes.
Esta vez no hizo uso de la sierra o el hacha; se trataba de un trabajo mucho más delicado; era darle forma angelical a un desgastado ángel.
Había forcejeado, pero finalmente se dio por vencida ante su inevitable sino; deseando en última instancia que todo terminase cuanto antes; preguntándose por qué y, lamentando no haber tomado otra decisión cuando tuvo oportunidad.
Todo se apagó de una manera fulminante, pero sin dolor. Cerró los ojos como cuando vence el sueño; contempló el último resquicio de luz y se sumió en la penumbra, de la que no despertaría.

Sami acarició a Alicia, su muñeca; la besó en la endurecida pero suave mejilla mientras una lágrima se desprendía al parpadear, consciente de que aún embalsamada, no sería eterna; y quiso permanecer contemplándola; decidido a mantener su belleza intacta mientras los rigores del tiempo se lo permitiesen.

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