¿Recordáis este relato?



Bea siempre se consideró una chica rara. Se veía a si misma distinta de las demás ya desde muy joven. Cuando empezó a madurar, los instintos se fueron desarrollando a la par que sus inquietudes, cambiaron sus intereses y en lugar de vestir muñecas se desvestía ella frente al espejo viendo evolucionar su cuerpo.
Todo normal en una muchacha joven salvo un pequeño detalle del que se dió cuenta cuando llegó a ese momento al que todos los chicos y chicas llegan indefectiblemente: sus impulsos nerviosos se volvieron más candentes y una fuerza inconmensurable condujo su mano cuesta abajo hasta el borde de sus bragas y sin que nadie le hubiese explicado nada, ya sabía cómo utilizar cada dedo. Sin embargo, la diferencia estribaba en la selección de pensamientos; su criba particular.

Disfrutaba de su soledad a ratos esporádicos cumpliendo las propias normas de la evolución de la mente humana.
Al principio no lo notó, pero poco a poco se fue dando cuenta de que en esas escenas mentales que la ayudaban a excitarse cada vez aparecían con más frecuencia imágenes de sangre y dolor.
Excitada no lo podía controlar, las pensaba inconscientemente hasta que esa maestría innata de sus dedos la hacían llegar al orgasmo, tras lo cual se sentía detrozada y horrible.

A veces era tal el agobio que sentía ante su particular forma de ver el sexo que lloraba desconsoladamente preguntando por qué y agarrando las sábanas de su cama que tan sólo segundos antes había sido escenario de esos placeres prohibidos.
Vetó la entrada de sus manos por la puerta de sus piernas durante meses, esperando que todo fuese un desliz transitorio de su joven mente. Pero cuando lo volvía a intentar aparecía con más saña y sangre la lascivia oscura de su mente perversa; y el ritmo de sus dedos se volvía vertiginoso ante una excitación incontrolable y sin precedentes.
Algo muy en el fondo le hacía ver que de nuevo había vuelto a caer, pero tan al fondo que apenas lo percibía en su derroche de imaginación sádica.
Nunca se atrevió a preguntar a nadie sobre ello porque estaba convencida de que sus desfases podrían suponerle un problema si se corría la voz, cosa que ocurriría con toda seguridad, así que decidió asumir en soledad su problema.

Sin embargo, con el paso del tiempo dejó de ser tal, para convertirse en una circunstancia a la que ya no daba la otrora transcendencia. Ya no se agobiaba, simplemente ocurría y punto; ese era su consuelo con el que además se permitía la licencia de elaborar pensamientos a la carta en los que la sangre era el protagonista, derramada por heridas realizadas a personas sin rostro. No le estimulaba el quién, sino el qué y el cómo.
Pero poco a poco se iba percatando de que su sed no quedaba saciada. Todos los pensamientos versaban sobre lo mismo porque ya no trataba de esconderlos a sí misma, lo cual fue su caja de pandora particular.

Bea llevaba una vida absolutamente normal. Terminó el instituto y se matriculó en psicología, quizás movida por un intento de responder a su propia pregunta.
Tenía amigas, con las que salía como cualquier persona de su edad. Bebía alguna copa de vez en cuando, pero no fumaba. La normalidad de su vida cotidiana ocultaba una identidad reservada únicamente a ella, por lo que maduró sin ningún tipo de transtorno. Había aprendido a asumir que esas cosas pueden pasar y no tienen por qué significar algo más.
Se desarrolló convirtiéndose en una chica guapa y apetecible para los lobos universitarios, que la perseguían sin saber realmente quién era el depredador.

Por aquel entonces aún no se llevaba empezar a follar a los 15 años, con lo que mantuvo su virgo intacto hasta la universidad. El día que lo perdió pasó sin pena ni gloria, pero con una pequeña satisfacción: durante el acto no pensó en sangre, sin embargo se excitó.
Tal vez su lado salvaje únicamente surgía en la soledad de su cuarto.

El angelical rostro de Bea le fraguó una fama de chica alegre y simpática con un pequeño lado perverso que volvía locos a todos. Una ínfima punta de su iceberg que por el momento solamente arañaba sin llegar a romper nada.
Pero esa sed seguía latente y, consciente de ello pasaba noches de insomnio perturbada ante una realidad que se abría paso inexorablemente.
Hasta que finalmente tomó una decisión que terminaría de abrir ese agujero negro. Se subió a su recién estrenado coche para partir lejos. Un pequeño viaje donde nadie la conociese, sin una idea fija, pero dispuesta a probar hasta qué punto era capaz de llegar a exteriorizar sus inquietudes.

¿Habéis escrito alguna vez una lista de cosas por hacer del tipo: viajar a Tokio, escribir un libro, tener un hijo...?
Todos, aunque sea mentalmente la tenemos, y yo no voy a ser menos (ni más).
Así que hoy escribo sin salirme de mi línea aunque esto no sea un relato, para presentar un pequeño tachón en la lista (en el buen sentido).

Por fin tengo mi propio libro ^_^

Y para presentarlo, qué mejor que unas palabras escritas por mi estupenda amiguita, la sibarita de las patatitas fritas, o más conocida como la Ovejosa, en lo que además, constituye el prólogo, lo cual es para mí un verdadero orgullo.



Las letras no valen nada por sí solas; son simples instrumentos que, desordenados, desfilan por pedazos de papel sin trasmitirnos ninguna emoción... sin ser nada. Ocurre lo mismo con las notas musicales, los colores o todo aquello que puede hacernos la vida más hermosa: tan sólo son las piezas de una maquinaria mucho mayor.

Por el contrario, cuando se ordenan las letras de la forma correcta, (acompañándolas con sus acentos, sus interrogaciones y sus puntos y aparte) sufren una transformación asombrosa: dejan de formar parte del abecedario para convertirse en la contraseña de la caja fuerte de nuestra mente, de nuestro corazón, de nuestra alma.

Es por eso que cuando alguien tiene el don de las letras parece vivir en otro plano terrenal distinto en el que la vida adquiere otros matices y sentidos: tiene el poder de tocar, acariciar corazones ajenos. El escritor se convierte así en un ladrón de lágrimas, de sonrisas, de esperanzas y de ilusiones de aquellos que, despistados, dejaron su caja fuerte emocional abierta de par en par.

Y yo, pobre e inocente lectora que olvidó (conscientemente) la llave de su caja fuerte en alguna biblioteca, os invito hoy a olvidar también miedos y desconfanzas. A despojaros de corazas, muros, cegueras o escudos… y sentir.

Porque los ladrones de letras no vienen para quitarte nada: están ahí para regalarte pedacitos de ellos mismos.

Y este pedacito es precioso.

Beatriz (beabiofrutas.blogspot.com)




Lo que yo puedo decir sobre este libro es que ya el título permite hacerse una importante idea de él.
Son retales; trozos o pedacitos de mí.
Es una colección de mis historias, de lo que mi imaginación es capaz de transmitir a mis dedos para plasmarlos en forma de Relato.
Soy yo, con mis altibajos, mis defectos y alguna virtud. Y está listo para todo aquel que desee que le haga compañía siempre que quiera: esos ratos en el sofá, en el balcón tomando el sol, en la playa o en la cama.

http://www.bubok.es/libro/detalles/8755/Retales-de-un-alma-descosida

Pinchad y entraréis a la ficha. Son 39 relatos cortos (la mayoría publicados en este blog) en un total de 173 páginas. He de deciros que el 90% del coste final es de fabricación y gastos de envío. Aunque suene raro es así, evidentemente no pretendo hacerme rico con esto.
Muchos pensaréis que para pagar eso por un Oscar García, mejor hacerlo por un García Márquez (cómo oso compararme con el Gran Maestro). Pero al fin y al cabo, ambos nos movemos por un mismo sueño, un mismo mundo y una misma fantasía: la escritura. Y en ese plano del que habla Bea, quizá aunque sea por un segundo, sí podemos compararnos.

Un abrazo.


1. El nacimiento del niño robot.
2. El despertar de un monstruo.
3. La sala de los juguetes.
4. Alicia
5. Muñeca.



La miró pensando que estaba más bonita que nunca.
Las luces y sombras resaltaban la candidez de su rostro aún humedecido por las lágrimas que poco a poco se desvanecían; tenía sin duda una piel hermosa, tersa, suave.
Sintió que podría permanecer de forma indefinida en esa posición, sin dejar de contemplarla; elaborando un mapa mental de cada milímetro de su preciosa cara, rasgo a rasgo; recorriendo con la mirada los pequeños labios, imaginando la dulzura de un cariñoso beso; dibujando redondeados los pómulos junto al contorno de una nariz sencilla, flanqueada por sus ojitos durmientes de princesa, sobre los que se elevaban como finísimos plumajes unas pestañas que cortaban el alma. Y sobre la frente el sedoso cabello desordenado que la hacía parecer una muñeca.

Fue entonces cuando pensó que no podía dejar que se perdiera la suntuosidad de sus facciones, y se dispuso a aprender algo que aún no conocía: el arte de embalsamar.

Sería una princesa convertida en muñeca; preciosa e imperecedera.


Cuando Sami apartó la mirada, Alicia tuvo la certidumbre de que no todo estaba perdido. Su instinto le acababa de dar un toque de atención; no estaba ante un demente incapaz de razonar. Ese gesto le confirmó que en su interior había un ser humano, vulnerable como cualquier otro.
Tenía que reaccionar en ese preciso instante.

-Sami, por favor, mírame.

Éste apretó los puños, respiró profundamente y cerró los ojos girando la cabeza.

Al ver la reacción se armó de valor con una creciente esperanza.
-Por favor. No tienes que decir nada. Sólo mírame a los ojos.

El desconcierto se apoderó visiblemente de cada gesto del niño robot; inquieto, frunciendo el ceño y paseando la mirada alrededor de ésta sin llegar a fijarla en sus ojos.

-Por favor, Sami -esta vez puso en su voz el tono más dulce que fue capaz-. Siempre fuiste un chico tímido con cara bondadosa. Nunca te ví hacer daño a nadie. No te merecías lo que te hicieron -estaba segura de que ese sería el punto débil.

Él se giró dando la espalda a Alicia, bajando la cabeza. Levantó sus manos colocándolas abiertas frente a él y las contempló largamente. Ella permaneció en silencio, dejando que sus palabras hiciesen efecto.

-No te imaginas por lo que he pasado -dijo al fin Sami sin dejar de mirar sus manos. Su voz ahora sonaba calmada, madura y con una tristeza sobrecogedora-. No sabes lo que es despertar cada día y que se te venga el mundo encima pensando en el infierno que te espera en el colegio. Quitarte el pijama con las primeras lágrimas acompañando al alba mientras me vestía y me colocaba mi pesada cruz con la que habría de caminar, día a día por el mismo trayecto; las mismas miradas y burlas; los mismos empujones, risas e insultos.
No puedes hacerte una idea de lo que es ver a tus padres mirándote con pena. Escuchar a tu madre llorar porque te ha visto llorar a tí minutos antes; pero sobre todo la imagen de impotencia y culpa en sus ojos.
Que te traten con un cariño especial para tratar de compensar los odios recibidos durante el día. Ser objeto de penas e insidias enfrentadas.
No sabía lo que era sonreír porque cuando los niños se burlaban de mí, lloraba, y cuando mis padres me abrazaban y besaban, también lloraba. Distintos unos de otros, pero llantos al fin y al cabo.
No sé lo que es jugar en un recreo, pues cada día tenía que buscar un sitio donde pasar desapercibido; solo; como un animal ocultándose entre la maleza con tal de huir de los cazadores que iban en mi busca expresamente para divertirse conmigo. Un animal herido, cojo. Cada día planeaban una nueva estrategia para darme caza; me esperaban a la salida, se ocultaban para saltar sobre mí y acorralarme. A veces los profesores me protegían; y de nuevo hacía acto de presencia la pena; pero no podían estar siempre pendientes de mi, y aquellos permanecían al acecho aprovechando la más mínima oportunidad de comenzar de nuevo el escarnio.
Los niños son muy crueles. En el colegio no había pardillos porque toda la crueldad se centraba en mí. Solamente los que eran mayores que yo se apiadaban a veces y me defendían. Hasta los niños pequeños reían al verme pasar y se inventaban todo tipo de motes a mi espalda.
Salir del colegio se convertía en el camino de vuelta hacia la ansiada soledad, la única paz que conocía, mi mejor amiga. Pero antes tenía que pasar de nuevo por mi particular calvario; solo que éste no acababa en una crucifixión, sino que comenzaba de nuevo al día siguiente, para seguir y seguir menoscabando poco a poco mi estima, mi amor; absolutamente todos los buenos pensamientos y sentimientos que pudiese albergar.
Mi vida era una constante humillación.
Ahora dime: ¿Hasta qué punto tiene que calar la desesperación de un niño para llegar a plantearse el suicidio con tan solo doce o trece años?
Finalmente dejé de llorar porque mi propia autoestima había quedado destruida. Abandoné la búsqueda de las razones por las que me había tocado vivir así y comencé a mirar el mundo desde otro punto de vista; cada lágrima antes derramada, ahora permanecía dentro de mí llenando lentamente la paciencia de lo que se supone, debía haber sido un niño y no lo fue.
No sabes lo que es llorar varias veces al día, al principio de incomprensión; más tarde de impotencia y tristeza; finalmente de rabia.
El tormento más grande que pueda yo ahora infligir, será tan solo una ínfima parte de lo que he padecido durante años.

Se hizo un silencio tenso. Alicia siguió contemplando al niño robot con los ojos empañados sin entender muy bien lo que acababa de ocurrir. Finalmente volvió a decir:

-Sami, mírame. Yo no soy como los demás. Nunca lo fui y lo sabes.
Éste se dio la vuelta y por fin la miró para contemplar las lágrimas en sus ojos, percatándose ella de que él también lloraba.

Igual la música que tienes a la derecha es buena acompañante...


Él caminaba aquella tarde de otoño con una tristeza extraña por un camino cargado de melancolía instalada en las ramas de los árboles, en el cielo nublado y en la tierra que pisaba a cada paso.

Las hojas caían tristemente en formación pero sin concierto, posándose con suavidad sobre sus zapatos; muriendo un año más igual que su alegría lo había hecho durante tanto tiempo.
En su mente guardaba la imagen fija de aquel momento de su vida, abrazando las horas que pasó junto a ella, hablándole y sonriendo embobado los gestos más bonitos que había visto nunca.
Se había enamorado y no fue capaz de evitarlo.

Cerraba los ojos y respiraba profundo, sosteniendo en sus pulmones el olor agridulce de aquella nostalgia. Por cada pensamiento una espina en cada parte de su cuerpo que ella había besado; como una jeringuilla sin caballo para un drogadicto; como un vicio cruelmente insatisfecho.
Recordaba, doliéndole cada abrazo, hiriéndole cada caricia. Y con los ojos aún cerrados susurró moviendo los labios la última frase de la última carta que había recibido de ella: Te echo de menos –y sin abrir los ojos articuló la última frase de la última carta que le había enviado: Necesito olvidarte.

Su razón contradecía los impulsos de su corazón haciéndole librar la encarnizada lucha interna que desangraba su alegría en lágrimas de amor y tristeza.

¿Cuándo se ha visto que el amor sea fácil? -pensaba el interior deseoso y optimista de su mente oteando los rayos de sol que atravesaban las nubes.
¿Por qué éste es imposible? -se respondía a sí mismo sintiendo las briznas de lluvia enfriar su desconsuelo.



Ella paseaba sus pies descalzos sobre un césped que le dolía, y cuya humedad le quemaba las entrañas. La templada temperatura hacía estragos en un corazón deseoso de estar en otro lugar para poder respirar a medias el aire que ahora le faltaba.
Se evadía fantaseando con aparecer de nuevo allí para estar junto a él; quería volar como aquella niña que fue mirando al cielo e imaginando; salvar la dolorosa distancia de un encuentro fortuíto que los unió sin esperarlo y, sin esperarlo les tatuó en la mente imágenes recíprocas llenas de besos y abrazos.
La bruma de la tristeza emborronaba las agujas de su reloj, escuchando y llorando cada tic tac de su tiempo sin él; todas las caricias que abrasaban el recuerdo, todas las miradas que cegaban el presente del único momento límpido y maravilloso, que ya formaba parte de un pasado lacerante.

¿Por qué el amor tiene que ser tan difícil? ¿Qué importan las razones? -se preguntaba mirando el horizonte gris oscuro bajo un sol que se perdía.
¿No quiero que éste sea imposible? -respondió apretando los puños y limpiando sus lágrimas de desaliento.



Allí seguía él sentado en un banco; envuelto en recuerdos.

Y en el instante en que una nueva lágrima comenzaba a brotar por sus nublados ojos, unos labios se posaron en su mejilla regalándole un beso y susurraron: Es posible.
Se giró para contemplar su traslúcida silueta a través de esas lágrimas, y sobre ésta puso la imagen que guardaba en el recuerdo mientras acudían a su cabeza las fotos guardadas en el fondo de su memoria; los retratos de una efímera existencia junto ella.
Y tuvo entonces la certidumbre de que lo sería.

Este relato forma parte de la iniciativa Elige tu propio final creada por la Ovejosa.
No es imprescindible, pero para entenderlo mejor, deberíais leer su principio, que es cortito y gracioso.



ADVERTENCIA: Este relato contiene descripciones que pueden herir tu sensibilidad




-Joder niña, te gustan las emociones fuertes… -dijo Juan, sentado en una silla, desnudo, con manos y piernas atadas al respaldo y a las patas respectivamente.
Ella permanecía delante, sus rizos sueltos y premeditadamente alborotados, con una prenda de lencería insultantemente fina, ajustada y transparente que le realzaba el contorno; la cual sólo dejaba intuir lo que ocultaba en la tenue luz de aquel salón iluminado por velas.

...............................

Mientras bajaba las escaleras seguía pensando cuánto cambian algunas personas. Algún día se lo explicaría a su compañero, pero todavía no había llegado el momento.
Yo también sé mimarme pero hay otras cosas que me completan aún más –pensaba justo antes de abrir la puerta de la calle.
Al ver el coche de Juan acercarse dedicó una mirada de loba antes de que él pudiese verla.
Desde el balcón, Manuel le dedicó unas palabras de cariño cuando la vio montarse en el vehículo: todas son igual de zorras.

...............................

Las buenas noches de Juan sonaron a me voy a comer tu escote, con la mirada puesta en el ajustado vestido de ésta mientras le entraba un cosquilleo en la entrepierna con el sólo hecho de pensarlo.

...............................

-Esto será una broma. Suéltame por favor ¿Te has vuelto loca? –en ese momento un trapo cubrió la boca de Juan impidiéndole volver a abrirla.

...............................

A él se le veían claramente las intenciones desde un principio; las de ella no estaban tan claras hasta el momento de terminar la ligera cena; mientras brindaban con el último trago de vino ella se atrevió a pronunciar las palabras mágicas: me apetece tomarme una copa, pero en algún lugar tranquilo.

Sobraron explicaciones. Él hizo alarde de su abultada cuenta pagando la cena, y se echó la mano al bolsillo para disimular lo abultado de sus pantalones.

-No sabía que eras tan lanzada –dijo él cuando se vio sorprendido por la perversa iniciativa de su amiga.

-No te imaginas cuánto.

-Espero comprobarlo.

Tras decir esto se dispuso a encender una serie de velas estratégicamente colocadas.

-¿Haces esto a menudo, o preparaste las velas sabiendo que acabaríamos aquí? -preguntó ella con un gesto cándido.

Pero en lugar de responder, se acercó y la besó: ¿Una copa?

Una hora más tarde habían pasado de las copas a las manos, de las palabras a los suspiros y enseguida se vieron desnudándose lentamente entre besos y caricias.
Ella arrastró una pesada silla hasta el centro del salón, dirigiéndolo para que se sentase. Una vez ahí se posó sobre sus rodillas paseando la lengua por los carnosos labios de éste, terminando de quitarle toda la ropa entre delicadas caricias.

-Ahora tienes que ser obediente y permanecer quietecito.

El cuerpo de Juan seguía bombeando sangre hacia su entrepierna, provocando convulsiones en un músculo que ya no daba más de sí.

Se dirigió a su bolso aún semidesnuda, lo cogió y caminó contoneándose sutilmente hacia el baño, consciente de la mirada lasciva que la seguía sin pestañear.
Cuando salió se había puesto esa finísima prenda que hacía volar la imaginación en su justa medida, descalza, con un cadencioso andar. En las manos portaba unos trozos de cuerda que utilizó para atarlo firmemente mientras sonreía de forma sensual.

De nuevo volvió a su bolso, sacó un bote de aceite aromático (sin duda había salido preparada) y se aproximó abriéndolo, embadurnándose las manos, que dirigió directamente al palpitante centro del universo; acariciándolo primero con los dedos, luego con las manos al completo; extendiendo el lubricante desde el tronco hasta la punta.
Puso sus labios en el oído de él y susurró mientras continuaba masturbándolo suavemente:
-¿Sabes que tiene sabor a fresa?

Se agachó mirándole a los ojos y, sin más preámbulos abrió los labios para introducírsela lentamente, paladeando, sorbiendo; al tiempo que él daba un respingo y agitaba todo su cuerpo.
Sus manos aceitosas le acariciaban el pecho perlándolo a la luz de las velas; él gemía cada vez con más fuerza; ella continuaba sus juegos bucales produciendo sutiles ruidos de forma premeditada, provocados por la succión cada vez que sus labios pasaban por el glande.
Justo en el instante en que percibió el inminente orgasmo se detuvo dirigiendo una mirada muy traviesa a los ojos entrecerrados de Juan, que sin duda no se esperaba todo aquello.

Se puso de pie frente a él comenzando un voluptuoso balanceo con el que se fue desnudando pausadamente; tras lo cual volvió a situarse sobre sus piernas, dejó caer unas gotas de aceite en las manos y se impregnó centímetro a centímetro las tetas mientras aún continuaba su baile.
-¿Quieres más?

Al tiempo que decía esto, sus rodillas se doblaban poco a poco aproximando su humedecida vagina hasta percibir de nuevo la punta dura y lubricada, esta vez entre otros labios; y descendió mientras comenzaba a jadear al sentir la rígida polla penetrando en ella muy lentamente. Lo abrazó, pegó su cuerpo al de él haciéndole notar los pezones y permaneció en esa posición durante un rato, comiéndole los labios y la lengua.
Volvió a ascender, aumentando sus armónicos movimientos a un ritmo cada vez mayor, cabalgando sobre el cuerpo tembloroso de su víctima hasta hacerla estallar en espasmos que estremecieron la silla, expulsando dentro de ella borbotones de tensión.

-Esto no ha acabado aún. Me apetece seguir divirtiéndome –dijo de nuevo aún sentada en su regazo.

Se dirigió otra vez a su bolso que parecía no tener fin y sacó un estuche negro con cremallera. Lo abrió extendiéndolo en el suelo frente a Juan para descubrir su interior:
bisturí, tijeras, cuchillo, alicates, tenazas y pinzas.
Se puso en pie y caminó hacia él con algo en la mano.

-Esto será una broma. Suéltame por favor ¿Te has vuelto loca? –en ese momento un trapo cubrió la boca de Juan impidiéndole volver a abrirla; y pudo notar cómo las cuerdas que lo ataban eran apretadas hasta cortarle la circulación.

Ahora tan sólo se oían los gimoteos de un hombre asustado y sudoroso a merced de una chica buena e inocente.

Tijeras:
Lentamente fue cortando mechones del pelo de Juan, que caían junto a la silla sin orden ni concierto ante los turbados ojos de éste. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Se estremeció con todas sus fuerzas pero sólo consiguió hacerse más daño.
Cuando por fin le dejó una masa informe de mechas sueltas paseó la punta de las tijeras por toda la cara suavemente, bajó pasando por el cuello donde dejó un fino cortecito, hasta llegar al pezón izquierdo.
-Cierra los ojos y aprieta con todas tus fuerzas.
Juan comenzó a menear la cabeza insistentemente con los ojos abiertos mirándola suplicante, pero su instinto hizo que tensase todos los músculos esperando lo peor.
Abrió las tijeras alrededor y permaneció así durante unos interminables segundos para él. Finalmente se relajó abriendo los ojos y la volvió a mirar, que seguía sonriendo, en el instante en que cerró con fuerza las tijeras enganchando un minúsculo pellizco, del que emanó un hilillo de sangre oscura.

-El señor metrosexual no se depila la nariz como es debido.
Pinzas:
Introdujo las finas pinzas en el interior de uno de sus orificios nasales cuando consiguió que dejase de mover la cabeza, cerró con fuerza y tiró sin darle tiempo a reaccionar, arrancando todo cuanto había apresado y provocando un grito ensordecido. Acto seguido volvió a repetir en el otro lado. Esta vez las lágrimas de Juan resbalaron como un torrente.

Tenazas:
-Vaya, qué suerte has tenido de haberte cortado las uñas, pero supongo que podré hacer algo…
Las dispuso abiertas alrededor del pezón derecho: el otro ha dejado de sangrar, así que ahora le toca a este...
Esta vez el grito de horror sonó con una estridencia espantosa cuando cerró las tenazas.

Alicates:
Se los mostró sacando la lengua y dijo: Estos son mis preferidos.
Cruzó las piernas sentándose lentamente frente a él y lo miró desde el suelo.
Abrió los alicates colocándolos en el dedo pulgar del pie derecho y dijo: ¿preparado?
Inmediatamente después cerró con todas sus fuerzas mientras torsionaba provocando un crujido que pudo escuchar a pesar del aullido amortiguado de Juan instantes antes de que se desmayase.

Este ha aguantado poco –pensó cogiendo el bisturí.

Se aproximó agarrándolo con firmeza y dibujó un corazón sangrante en el pecho de Juan, que al notar el filo cortando su piel volvió a despertar gritando a través del pañuelo; tras lo cual practicó sin rodeos una profunda incisión justo en la yugular.

Por último cogió el cuchillo y cortó las cuerdas que lo ataban observando su cuerpo caer al suelo.
Caminó aún desnuda hasta una silla cercana dejando huellas escarlata a su paso, se sentó y comenzó a masturbarse mientras lo veía desangrarse.

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