La horca era el destino deparado a los culpables; pero la inocencia nunca ha estado exenta de riesgo.

Las súplicas y sollozos no sirvieron de nada.
Nunca antes había experimentado un terror tan intenso; los músculos comenzaban a flojearle y su cuerpo se había convertido en el desagüe de sus poros, sus lagrimales y su vegija. Aunque nada de eso le importaba porque temía realmente por su vida.

De pie sobre aquel improvisado patíbulo podía sentir la rugosidad de cada milímetro de la fina soga que rodeaba su cuello. Había dejado de ser dueño de sus impulsos; temblaba, lloraba, sentía arcadas; incluso le abandonaron las fuerzas para suplicar. Su sistema nervioso se había convertido en una bola de fuego que le comía por dentro.

La fragancia de aquella primavera incipiente se le clavaba en el cerebro recordándole que jamás volvería a disfrutarla. Casi podía notar el cosquilleo de los gusanos a la espera de comenzar el festín de su carne, que en breve estaría muerta; sin embargo se trataba de las gotas de sudor resbalando por todo su cuerpo; desidratándolo a marchas forzadas. En su rostro lívido se encontraban dos pupilas ahora vacías, fiel reflejo de sus delirios.

Esa misma mañana se había levantado pensando que sería un día más entre tantos; cielo despejado y escopeta al hombro se dispuso a disfrutar de su gran afición, salir de caza con sus tres perros; caminar por el monte, beber vino de la ajada bota para aplacar el calor de un sol que empezaba a calentar los días; hierba fresca, aire puro y olor a pino.
Olor mezclado ahora con el del miedo que chorreaba por sus pantalones al notar el círculo del cañón de su propia escopeta clavándose en su espalda, a la altura del corazón.

-Ahora no eres tan valiente, ¿verdad?

Iba a morir atravesado por cientos de postas que le destrozarían el pecho haciéndole sufrir un dolor indescriptible; o en el peor de los casos estrangulado por la cuerda que colgaba de la rama sobre su cabeza. Iría perdiendo el conocimiento lentamente conforme el cerebro se fuese quedando sin oxígeno; pataleando infructuosamente; incapaz de gritar; la cabeza a punto de estallar y un cosquilleo punzante recorriendo las extremidades en busca del corazón; en ese momento y cuando el sufrimiento fuese insoportable los pulmones comenzarían a arrugarse y retorcerse en busca de aire.

Miró al frente con los ojos inundados en lágrimas y contempló las figuras de dos de sus perros observándole desde la lejanía. A pesar de todo sentían lástima por lo que el destino tenía deparado a su dueño. Sus ojos reflejaban respeto y lealtad; pero sobre todo incomprensión ante la escena que estaban presenciando. Él a su vez sintió pena de ellos, y por primera vez percibió la amarga certidumbre de que minutos antes había sido un maldito hijo de puta.

Sus manos ásperas y encalladas entrelazaban los dedos a su espalda en ademán oratorio; atadas con fuerza, lacerándole las arrugas de una piel desgastada por la vejez.
Un hombre cuyo delito había sido la ignorancia, falta de respeto e insensibilidad.

La cuenta atrás llegó a su fin y, en el instante en que escuchó un fuerte golpe sobre su cabeza, algo bajo sus pies cedió, comenzando la última caída. Décimas de segundo que pasaron por su mente como un destello fugaz pero intenso de imágenes desordenadas llenas de nostalgia, dolor y arrepentimiento.

Sin embargo algo falló, o tal vez estaba previsto que fallase. Dió con sus huesos en el suelo rodando con la soga en el cuello y la rama del árbol tras de sí. Aún consciente levantó la mirada y contempló triste una imagen paralela a la que él había vivido segundos antes, pero con un final distinto. Su propio perro, ahorcado por él mismo. Ahorcado por su amo.

-Espero que te hayas formado una ligera idea de lo que has hecho pasar a tu mascota, y de lo que habrá sentido al verse asesinado por su propio dueño.

Todavía con lágrimas en los ojos e incomprensión en su rostro pudo ver una figura alejarse, y rompió a llorar como un niño.

A la mañana siguiente desperté en la cama de una habitación de hotel, totalmente desnudo; ella estaba durmiendo a mi lado, de espaldas, con una camisa como única prenda. Dibujé su contorno con un dedo, la abracé desde atrás y le dí un beso en el cuello.


Permanecí durante un rato sintiendo su respiración, acariciando su cuerpo semi desnudo con las yemas de mis dedos y recordando con una sonrisa todo lo que había ocurrido tras salir del pub.



Anduvimos cogidos de la mano perdiéndonos entre la gente; ella tiraba de mí calle abajo sin decir palabra. Cuando le preguntaba dónde me llevaba se limitaba a contestar con un shhh
Cinco minutos más tarde doblamos la última esquina antes de llegar al lugar en el que había planeado terminar la noche: el hotel.
Una vez en la entrada se detuvo mirándome, me dio un beso con cara divertida y me dijo dibujando un gesto de inocencia:
-Me da miedo dormir sola.

Supuse desde un principio que esa era su intención, pero me divirtió la simpática forma de pedirlo. Más tarde comprobé que esa fórmula le resultaba infalible.
-Sabes que si subo dormirás poco.

Volvió a cogerme la mano caminando hacia el interior y diciendo me parece estupendo.

Entramos al ascensor y antes de que se cerraran las puertas pude ver al recepcionista mirando cómo ella comenzaba a abrir los botones de mi pantalón. Comiéndole de nuevo los labios hice lo propio percatándome de algo; se volvió a reír, esta vez con cara traviesa; llevó una mano al bolsillo y sacó sus bragas; las prisas -dijo riendo.

Cada segundo que pasaba me excitaba más la situación con esa chica, era como si desprendiera un hálito que embriagaba mis sentidos y no podía pensar en otra cosa más que en su cuerpo, que palpaba ansiosamente; sus labios que saboreaba con hambre; sus ojos que me perturbaban al mirarme. Pero sobre todo sus palabras camufladas con un halo de inocencia o maldad según su capricho.

El ascensor seguía su camino hacia la sexta planta mientras las manos recorrían el interior de los pantalones desabrochados de uno y otro. Todo ocurría deprisa. La apoyé contra la pared, se los bajé hasta los tobillos sacándolos por una pierna para que no molestasen, me agaché introduciéndome entre sus ingles y paseando la punta de mi lengua por la zona, de nuevo humedecida; con una mano en su pecho, empujándola hacia atrás, y la otra en su culo, acercando sus caderas a mi boca. Ella se dejó hacer entre jadeos, acariciándome con ambas manos la cabeza; y arqueando la espalda al sentir mis labios de nuevo en su clítoris.

A los pocos segundos se detuvo y abrió sus puertas para dar paso a una planta supuestamente vacía por lo tarde que era. Nosotros continuamos haciendo caso omiso a la posibilidad de que alguien pudiese aparecer en ese momento y observar la escena, lo cual aumentaba el morbo y la excitación, de la que dejó constancia al exhalar un suspiro más contundente que los anteriores; y me dí cuenta de que ya no había marcha atrás. Continué ejerciendo presión con mi lengua en cada movimiento; cerrando y abriendo mis labios; succionando delicadamente al abrazar su clítoris con ellos; mezclando mi saliva con el sabor de su néctar.
Las puertas del ascensor se volvieron a cerrar comenzando a bajar de nuevo. Justo en ese instante concentró sus gemidos al tiempo que cerraba ambas manos sobre mis hombros con fuerza.
¿Desde qué planta lo habrían llamado?
El pausado descenso continuaba al compás de sus gemidos que ya empezaban a calmarse.
Finalmente se detuvo en la primera planta; la pareja que lo esperaba nos miró cómplices al percatarse de que apenas nos había dado tiempo para adecentarnos un poco.
La cara del recepcionista se convirtió en un cuadro abstracto cuando llegamos abajo y se percató de que aún permanecíamos dentro del ascensor.
La otra pareja, al salir se limitó a despedirse con una sonrisa pícara.
Volví a pulsar el botón del sexto y antes de llegar me dijo al oído:
-Aún no he terminado de correrme. Pero vamos a ponernos más cómodos.

Entramos a la habitación, me volvió a coger de la mano y tiró de mí hacia el baño, volviendo a poner ese gesto y diciendo:
-Necesito una ducha.

Sin darme tiempo a decir palabra puso de nuevo sus labios sobre los míos y me bajó los pantalones con prisa; ella misma se quitó los suyos, pero no me dejó quitarme nada más.
-Así es suficiente.

Definitivamente me rendí; sabía que haría lo que quisiese conmigo, así que nos metimos en la ducha a medio vestir y el agua templada empapó nuestras camisas haciendo que se pegasen formando una segunda piel, para comenzar de nuevo a desabrochar botones lentamente, beso a beso. Tampoco llevaba sujetador.

Me quité la camisa y quedé desnudo; le dejé la suya puesta, desabrochada y chorreando. Me acarició la entrepierna con ambas manos mientras me besaba; pude notar cómo me palpitaba conforme sus dedos la iban recorriendo lentamente.
-Quiero sentirla otra vez.

Sin decir palabra se dio la vuelta poniéndose de espaldas a mí, levantó una pierna apoyándola en el borde de la bañera, puso una mano contra la pared y con la otra me agarró para que me aproximase. Pasé ambos brazos por su cintura, bajé levemente mi pelvis y comencé a penetrarla desde atrás muy despacio, sintiendo cada una de esas palpitaciones y haciéndoselas sentir mientras la agarraba con fuerza y dejábamos escapar un gemido de placer.

Carta de respuesta. Antes de leer esto, os recomiendo que le echéis un vistazo a esto otro, que es a lo que respondo ; )



Abejosamente Cool, señorita Ovejosa.

Dicen que dios le da pan a quien no tiene dientes; creo que algo parecido ocurre con la gracia.
Gracias las que usted tiene –que dicen por ahí.
Y es precisamente, ovejosilla rizosa, lo que tratan de transmitir ciertos blogs (ejem) a las mentes cansadas; un texto fácil, con poca profundidad para que podamos comentar: uys yo también tengo un cactus, y el otro día me pinché con él.
Y lo veo bien, cuando uno se pasa nueve horas trabajando, habitualmente no tiene ganas de leer a Quevedo, ¿o sí?

También podría ser una forma de sustituir la falta de inspiración (donde digo inspiración, véase creatividad) y engañar a las mentes ávidas de una lectura cautivadora y profunda, para entrar a un blog-cómic y pasar el rato mirando las ovejitas, que por cierto tienen su gracia; de hecho, debo admitir que con sólo entrar experimento una inyección de alegría; mis sentidos se activan. Es como aquello de Lucy in the sky with diamonds, será por la dosis de colorido. ¿Otra forma de desviar la atención del lector?

Por otro lado, algo que me parece muy chocante es eso de hablar de supuestos fantasmas a los que hasta han bautizado, y cuando lees el texto se te viene a la cabeza una fábrica de chocolate; ¿no hablábamos de fantasmas? Espera que me lío; o quizás lo que ocurre es que están de nuevo tratando de hacerme un quiebro.
Son lo que yo llamo Bloggeros Simpáticos (en adelante BS).
Dicen que no son intelectuales, ni se consideran inteligentes. Coño, un poquito de amor propio nunca viene mal, pero claro, hay que ser humilde ante todo para que los demás puedan ser quienes digan: guau, qué gracioso me ha parecido, tienes un don para esto de contar historias.
Es posible que el significado de la palabra cool haya cambiado en su diccionario particular, originando un nuevo concepto manifestado por la expresión de estímulos a través de una primera impresión. Algo así como el impresionismo bloggeril, parecido a lo que yo hago ahora poniendo a la oveja feliz.

Un ejemplo claro es ese blog con nombre de zumo cuya autora es la Simpática Bea.
Su intención principal es provocar un ataque epiléptico nada más entrar, o al menos, dejar la vista encandilada, como cuando miras hacia el sol y luego observas las demás cosas con un aura alrededor; santificadas, vamos. Todo te parecerá entonces más maravilloso. Pueden ocurrir en ese momento dos cosas: que sueltes una exclamación ante semejante desprecio por el buen gusto; o por el contrario, te parezca un diseño simpático y busques el botón Seguir este blog. Admito que mi opción fue la segunda. Pero en cualquier caso habrá conseguido su propósito, desviar tu atención de los textos, sonrías y te predispongas a pasar un rato ameno y divertido en su blog-cómic.
Es la táctica utilizada por esta BS, que cuando sufre una de esas carencias de inspiración, lo mismo te canta el himno de Andalucía; tierra que, dicho sea de paso, me encanta.

Me desplacé por un camino negro con fuego entre mis dedos y cenizas en mi aliento.

El sol se despidió del mundo ocultando entre nubes de azufre todo rayo de esperanza; toda luz de vida.
Observé flores marchitas, árboles secos y animales moribundos alimentándose del hedor de la muerte que les acechaba mientras el cielo escupía ácido con desprecio; su ira se había convertido en venganza contra sus maltratadores.
Despojos humanos me miraron aterrados desde el suelo con ojos inyectados en su sangre, arrastrándose entre llantos y súplicas a un planeta que ahora es puro odio hacia sus pobladores, levantando una mano entre la niebla que cubría una atmósfera gris; miradas de incomprensión antes de morir asfixiados por su propio miedo.

Esto es lo que nos tenías preparado.

Los bosques ya quemados volvían a arder entre vientos rojos arrasando todo rastro de vida; al tiempo que por las venas del planeta circulaba veneno ennegreciendo las cavernosas entrañas de una naturaleza muerta, surgiendo por heridas que antes eran manantiales, sangrando entre lavas y podredumbre los poros agrietados de su piel desertizada.

Caminé triste entre la sangre de las calles apagadas e infestadas de cadáveres verdosos, entonando el requiem por la alegría perdida, por la savia consumida.
Y vi el arrepentimiento tardío de la necedad humana; señalé sus errores pero no los enmendé porque el tropiezo forma parte del andar; los huesos sueldan, pero el tiempo mata y no perdona.

Su destino se escribió con palabras execrables en la superficie de un odio que siguió creciendo hasta hacerse más grande que el propio mundo; desprecios disparados a los ojos de unos y otros; maldiciones; rencores; envidias alimentaron la negrura de un alma acechante y corrompida que ahora observa satisfecha el miedo, el hambre y la sed por la esperanza agotada de una generación perdida.

Los lagos se habían secado y en los mares soplaban sin clemencia vientos huracanados inundando de salitre las atlántidas del globo.

La muerte se cobraba la estancia de forma anticipada por demolición. Todos y cada uno hacían cola porque había llegado la hora de pagar con su vida el haber sido inquilinos ingratos de su posada.

No hay jinetes; ni apocalipsis con soles cubiertos de crin o lunas de sangre.
No hay sellos para abrir o cartas que leer si no hay letras que escribir o dedicatorias que hacer.

El día que mi vida acabó se prendieron multitud de luces en el cielo oscurecido por el polvo y las nubes negras.

Tenía una pequeña cajita donde iba guardando los recuerdos más importantes de mi vida, cerrada con la llave de mi estima por ésta, y solamente la abría cuando un hilo de tristeza se colaba por el ojal de mi aguja para coser mis pensamientos a la melancolía. Ahí guardaba las tijeras con las que cortar y volver a enhebrar sonrisas.

El día que mis pasos se convirtieron en un salto al purgatorio fui incapaz de decir una sola palabra de despedida a los santos que me guiaban para que no tropezase; ni de mirarles a los ojos y decirles cuánto habían hecho por mí en esta vida; ni de tocar sus mejillas con el cariño de quien tiene tanto que agradecer.

El tiempo no es más que óxido en nuestros corazones; nunca se detiene a preguntar si nos hemos abrochado el cinturón y, cuando decide hacer una parada, los que están junto a la puerta deben salir sin remisión, no importa si entraron antes o después. Y dejan casi siempre algo que sí permanece, que no se enrobina, su rastro imborrable en las almas un poco más oxidadas de los que continúan la marcha.

Eso es lo que conservaba yo en mi cajita; la estela del tiempo al pasar con todo lo que arrastra y logro atrapar sin que se escabulla entre mis dedos como la niebla en un día gris. Pero no conseguí retener sus besos antes de evaporarse. Se fueron. Ahora abro la tapadera y paso horas mirando el interior sin conseguir cortar los retales de amargura que me embargan en la soledad de esta habitación oscura que soy yo. Y lloro de tristeza al pensar que les debo algo, pero no podré pagárselo jamás porque ya no están; porque ya no estoy.
El horizonte no existe en el aciago transcurrir de este castigo. Los cristales rotos se han extendido como las llamas en un bosque seco y me cortan la piel a cada paso con el que no avanzo, porque no existe destino ni guía. Sangro, mas no dejo rastro; no tengo a quién. Este es mi infierno.

Lo supe al principio, desde el momento en que tuve que arrastrar colgada al cuello la pena que se me había impuesto, cuyo peso aumenta por cada lágrima que no derramo. Lo supe, pero no lo acepté, y esto se convirtió en otra pena más que añadir. Mi débil alma no estaba preparada para aceptarlo sin antes luchar encarnizadamente contra la razón que me decía esto es así quieras o no.

Y lo que quiero es volver a sonreír pero no encuentro las tijeras; se han perdido entre esta amalgama de recuerdos llenos de añoranza por un ayer mejor.
Ayer.
El desconsuelo lo ocupa todo ahora sin dejar lugar para un pequeño resto de felicidad.

El día que os ví marchar con lágrimas en los ojos y hollín en la cara tuve la certidumbre de que nunca había pasado un sólo segundo en soledad, y la soledad que me embargó fue tan grande que tardé un día en asimilar que ya siempre, siempre, siempre sería así.

No tuve oportunidad de deciros por útima vez que os quiero; y siempre os seguiré queriendo aunque hayáis atravesado ese horizonte vedado, porque premaneceréis dentro de esa cajita que por mucho que me duela abrir, jamás dejaré de hacerlo. Esa es mi condena.

1. El nacimiento del niño robot.
2. El despertar de un monstruo.
3. La sala de los juguetes.
4. Alicia



Alicia caminaba por la calle absorta en sus pensamientos cuando notó que algo le cubría su boca y nariz. Era el último recuerdo que conservaba antes de despertar en aquel infierno.

Aún aturdida, tratando de acomodar la vista a la penumbra escuchó una voz pronunciando unas palabras que no alcanzó a entender, pero sí que su nombre estaba entre ellas.
Cuando logró observar la escena que tenía ante sí no asimiló hasta pasados unos segundos que pudiese tratarse de algo real; la primera idea que surgió en su mente era la de una horrible pesadilla de la que despertaría tarde o temprano. Pero el olor nauseabundo le pegó de lleno entre los ojos y no pudo evitar vaciar su estómago entre arcadas y lágrimas.

Todo cuanto la rodeaba era un inmenso charco oscuro; frente a ella una persona teñida de rojo, agachada sobre lo que parecía un cuerpo. El lugar era una habitación alargada y con las paredes ennegrecidas, envuelta en penumbra. Como iluminación dos bombillas incandescentes que proyectaban una luz ténue sobre el centro. Junto a la pared derecha se encontraba esa figura inclinada. En la pared de enfrente una mesa de madera grande; sobre ésta, de forma desordenada le pareció apreciar un montón de herramientas. Al fondo sólo se veía oscuridad. Y justo en el centro de la estancia, bajo una de las bombillas había una silla que creyó vacía al principio, pero al fijar la vista comprobó con angustia que le hubiese gustado no haberla mirado jamás.

Antes de abrir los ojos le había parecido escuchar gritos. Los cerró para no seguir viendo la terrible escena y quiso con todas sus fuerzas escapar de la mala pasada que sin duda le estaba jugando su mente.

-Qué bien, me alegro de que hayas despertado justo a tiempo, Alicia.
Sólo había alcanzado a entender su nombre. Ahora podía hacerse una idea mejor.

Quien no volvió a despertar fue Miguel. Mientras ella permanecía aturdida e intentando asimilar dónde estaba, el niño robot se encargaba de estrenar todos sus juguetes con ilusión en su primer conejillo de indias. Su sonrisa era la de un chiquillo divertido.

Alicia se encontraba en una esquina, sobre el suelo, encadenada mediante un grillete en su muñeca, y a una argolla clavada en la pared. Aunque podía, sus piernas carecían de fuerzas para ponerse en pie; todo su cuerpo temblaba de pánico.
Permanecía con los ojos cerrados llorando de incomprensión, ni se había molestado en tratar de reconocer a esa figura. Todo le resultaba surrealista.

Varios minutos después en los que sus sollozos se mezclaban con golpes secos y el chirriar de lo que le pareció una sierra eléctrica, todo cesó.

-Echa un vistazo, Alicia, no te pierdas esto.

Cuando escuchó esa voz que le resultaba familiar vino a su mente la idea de una broma pesada. Una putada por la que alguien lo pagaría caro.
Abrió los ojos y su alma cayó de bruces al cerciorarse de que no lo era. Ante sí se encontraba Samuel, con la cara salpicada de pequeñas manchas rojas, unas gafas de bricolaje en una mano, y en la otra pudo ver lo que su oído ya le había adelantado: una sierra.
Aquel niño del que había perdido la pista hacía varios años; del que todo el mundo se burlaba en el colegio, ahora crecido y bien desarrollado, incluso atractivo, hubiese pensado de no ser por que el miedo le impedía pensar; y una idea aún más horrible que la propia realidad se formó en su asustada conciencia. Había visto muchas películas de terror y noticias que se asemejaban bastante a aquellas. No podía ser.

En la oscuridad de ese lugar se sintió terriblemente sola e indefensa. Los músculos le flojeaban como si estuviese muy cansada, y a cada instante le costaba más respirar. Se iba a morir de miedo, y quizás lo prefería.

-Vamos Alicia, ¿No quieres contemplar lo que hago? Te he traído aquí expresamente para que lo veas.
Ella seguía con los ojos cerrados, temblando.

-Verás, llevo observándote desde hace tiempo. Seguro que tú ni te acuerdas de mí. Voy a hacerte una pregunta: ¿Re... recuerdas mi nombre?
Tras decir esto dibujó en su rostro una mueca de disgusto por el tartamudeo involuntario.

Las palabras se arremolinaban en la cabeza de ella; entendía perfectamente lo que le decían, pero era incapaz de procesarlo. Estaba totalmente bloqueada.

Él seguía ahí, sin pronunciar palabra, mirándola; mientras ella permanecía con la vista hacia el suelo y llorando.
Finalmente apretó los puños y levantó la mirada para dirigirla directamente a los ojos de Sami. Y algo sucedió; inmediatamente él apartó la mirada.
En el interior de Alicia también se produjo un cambio; porque en ese gesto no contempló al monstruo que había imaginado todo el rato, sino a una persona vulnerable que se mostraba incapaz de mirarla directamente.

Era la primera vez que experimentaba esa extraña sensación; también fue la primera que pude sentir lo que creo que debe ser eso a lo que llamamos infierno.
Nunca me hubiese imaginado a mí mismo comportándome de esa manera, y aún hoy soy incapaz de encontrar una explicación racional.

Desperté y miré el reloj; inmediatamente me levanté con el pulso acelerado y dando trompicones me vestí. Sin salir de la habitación eché un vistazo alrededor, confuso. Algo me decía que no debía estar allí en ese momento, pero mis neuronas eran incapaces de transmitir impulsos; me dolía detrás de la cabeza, la noche anterior me estaba pasando factura.

Cogí el móvil y busqué en la agenda para llamar a Ángela, necesitaba verla. Sin embargo no encontré su número, o lo había apuntado mal. La noche anterior había vuelto a nacer y mi estado de ánimo no podía ser mejor, a pesar de que en ese momento me sentía aturdido y desorientado; me dirigí al baño, bajé la cabeza y entre sonrisas vomité hasta vaciarme.

Fui caminando hasta su casa, llamé al timbre un par de veces y al rato sonó una voz cansada que me aseguró hasta la saciedad que allí no vivía Ángela, y que no le sonaba ese nombre de nada. Lo intenté en el piso de arriba, pero más de lo mismo.
Con los nervios ahogándome salí a la acera, miré hacia el edificio y eché un vistazo a ambos lados de la calle; estaba convencido de que tan solo unas horas antes había estado allí, despidiendo a Ángela, abrazándola y besando sus deliciosos labios cuyo recuerdo me quemaba las entrañas; allí, en ese mismo portal la observé mientras cerraba la puerta y me decía adiós con un sensual gesto. No podía creer que me hubiese engañado de esa forma, pero tenía la certeza de que fue en aquel lugar donde me despedí de ella. Mientras trataba de recordar me vino una arcada y estuve a punto de volver a vomitar en medio de la calle.

Empecé a caminar sin rumbo con un único pensamiento: ¿por qué me había hecho eso? Poco después me detuve ante otra posibilidad aún más horrible: ¿lo había soñado? Sin embargo era imposible, había bebido pero lo recordaba todo con claridad, esas cosas no se olvidan. Incluso antes de dormir me dije que nunca dejaría escapar a esa chica.

Tenía que encontrarla, aunque la única información que tenía era un supuesto número de teléfono que no encontraba en mi agenda y una dirección en la que a nadie le sonaba el nombre de Ángela.
El primer paso fue sentarme en un banco y recorrer uno a uno todos los números de mi móvil por si lo había apuntado con otro nombre: no hubo suerte; después anduve por todas las calles adyacentes, ampliando posteriormente el círculo de búsqueda. Finalmente volví abatido, con el sol enviando sus últimas luces y los pies destrozados. Una vez en casa me conecté a Internet para buscar en los directorios telefónicos alguna Ángela que viviese por la zona, y de nuevo acabé frustrado.

Pasé toda la noche frente a la pantalla del ordenador pensando qué hacer o cómo buscarla. Al día siguiente era incapaz de centrarme en el trabajo; por la tarde me ausenté sin llamar siquiera para dar una explicación; esa noche tampoco dormí.
¿Qué me has hecho Ángela? ¿Por qué deseo tanto a una mujer con la que no sé si estuve en realidad o en mis sueños?

Sólo me había dejado un nombre, un recuerdo y una herida que me estaba consumiendo la vida.
Cada vez tomaba más fuerza la idea de que todo había sido producto de mi imaginación: su cara, su cuerpo, sus labios y hasta su voz; después llegué a desearlo con toda mi alma. No podía olvidarla y su recuerdo me dolía, me quitaba el sueño, el hambre, las fuerzas y la existencia.
En varios días no conseguí dormir más de tres horas. La persona que vivía en mi casa no era yo, sino un fantasma que vagaba sin rumbo de un lado a otro. Trataba de auto convencerme de que todo había sido un sueño; me recriminaba por ser tan estúpido; por haberme obsesionado hasta ese extremo con una mujer inexistente; incluso el pequeño resquicio de sensatez que aún me quedaba no podía creer que el resto de mí estuviese actuando de esa manera.

Ya no sabía si me dolía más asumir la realidad de lo que había ocurrido o el hecho de que hubiese caído en la desesperación hasta tal punto. Me sentía humillado y doblegado por una ilusión que se hizo añicos desde el primer momento.

¿Qué pensaría Freud de todo esto?

Tras varias semanas en las que lentamente iba volviendo a la normalidad, pensaba en aquello y lo veía lejano e imposible. Había vivido un tiempo enajenado por culpa de lo que ya no tenía claro si había sido un dulce delirio o una horrible pesadilla.
El dolor de su recuerdo se volvía más soportable; el recuerdo de una diosa que entró en mi mente como un huracán y trastocó mi vida entera sin piedad; que me hizo subir al cielo por unos instantes para precipitar todo mi ser hasta un infierno oscuro.

Todo había acabado al fin.
Algún tiempo después, una mañana lluviosa, mientras miraba tranquilo las gotas posarse en la ventana, recibí una llamada: era Ángela.

Ella tenía una libreta azul llena de sueños; sueños hechos con sonrisas; azul como el mar que contemplaban sus ojos inocentes en las largas tardes de brisas salinas en las que imaginaba caballos alados y sirenas.
El viento le traía pensamientos forjados en el interior de una imaginación que saltaba los bordes, y su bolígrafo escribía existencias surgidas de la nada; soplos de vida extraídos de una juventud romántica.

Su regalo más preciado era una hoja en blanco por la que se perdía durante eternidades caminando entre letras musicales dibujadas al son de la hilaridad de su melodía; volando entre los sueños de un tarareo y un baile perennes.
Sus pasos junto al mar se convertían en huellas troqueladas en la arena de un corazón fantasioso, y borradas por las olas para dejar un nuevo espacio en el que volver a escribir.

Acumulaba historias en los cajones de su propia historia para algún día coserlas y formar una vida dedicada a lo más importante: vivir.

Siempre tuvo mil mariposas enredadas en sus bucles, por los que zigzagueaban dejando estelas de motitas dulces según caminaba o volaba, transportada por las alas de su imaginación.
Jugaba a ser dueña de sus mundos inventados en la oscuridad de un jardín, sobre el fresco césped y bajo una luna rodeada de estrellas estivales; entre amores fugaces y recuerdos perpetuos.
Fue una más entre tantas infancias perdidas con el paso del tiempo, aunque especial bajo un cálido sol en cielos despejados que iluminaban su sonrisa, sus ojos y un alma de colores.

Pero llegaron las brisas otoñales trayendo soplos de responsabilidad y la inocencia comenzó a menguar por los empujones de una madurez incontrolable. Los caballos sintieron con tristeza perder sus alas; las sirenas sus colas y aquel césped verde se marchitó bajo un cielo cada vez más nublado.
Esa niña tuvo que convertir su libreta azul en palabras que ya no plasmaba, descosiendo poco a poco aquellos retales de historia cuya fantasía se trastocaba con el paso del tiempo, convirtiéndose en una realidad triste y mundana. Los bucles se hicieron demasiado largos para controlarlos con alegres colas de caballo.
Tenía que empezar a vivir, pero de otra forma.

Entre tristezas y melancolías permanecía una sonrisa cuya luz se estaba atenuando; fue perdiendo ilusión por llenar de letras sus días, como había sido en su infancia. Y aquellas almas buscadoras de una nueva sonrisa al amanecer anduvieron perdidas sin sus palabras llenas de vida; quedando un hueco arrugado con forma de libreta azul sin un solo trazo que marcara el camino de aquellas sirenas desconsoladas.




Vivimos de nuestras fantasías e ilusiones; sin ellas estamos perdidos.
Vivimos de lo que imaginamos y escribimos; sin ello seríamos simples mortales.

Recuerda que siempre habrá historias que narrar; sentimientos que expresar y personas a las que hacer dibujar una sonrisa al leerlas.

No quiero que ese inigualable don se pierda en el olvido.

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