La horca era el destino deparado a los culpables; pero la inocencia nunca ha estado exenta de riesgo.
Las súplicas y sollozos no sirvieron de nada.
Nunca antes había experimentado un terror tan intenso; los músculos comenzaban a flojearle y su cuerpo se había convertido en el desagüe de sus poros, sus lagrimales y su vegija. Aunque nada de eso le importaba porque temía realmente por su vida.
De pie sobre aquel improvisado patíbulo podía sentir la rugosidad de cada milímetro de la fina soga que rodeaba su cuello. Había dejado de ser dueño de sus impulsos; temblaba, lloraba, sentía arcadas; incluso le abandonaron las fuerzas para suplicar. Su sistema nervioso se había convertido en una bola de fuego que le comía por dentro.
La fragancia de aquella primavera incipiente se le clavaba en el cerebro recordándole que jamás volvería a disfrutarla. Casi podía notar el cosquilleo de los gusanos a la espera de comenzar el festín de su carne, que en breve estaría muerta; sin embargo se trataba de las gotas de sudor resbalando por todo su cuerpo; desidratándolo a marchas forzadas. En su rostro lívido se encontraban dos pupilas ahora vacías, fiel reflejo de sus delirios.
Esa misma mañana se había levantado pensando que sería un día más entre tantos; cielo despejado y escopeta al hombro se dispuso a disfrutar de su gran afición, salir de caza con sus tres perros; caminar por el monte, beber vino de la ajada bota para aplacar el calor de un sol que empezaba a calentar los días; hierba fresca, aire puro y olor a pino.
Olor mezclado ahora con el del miedo que chorreaba por sus pantalones al notar el círculo del cañón de su propia escopeta clavándose en su espalda, a la altura del corazón.
-Ahora no eres tan valiente, ¿verdad?
Iba a morir atravesado por cientos de postas que le destrozarían el pecho haciéndole sufrir un dolor indescriptible; o en el peor de los casos estrangulado por la cuerda que colgaba de la rama sobre su cabeza. Iría perdiendo el conocimiento lentamente conforme el cerebro se fuese quedando sin oxígeno; pataleando infructuosamente; incapaz de gritar; la cabeza a punto de estallar y un cosquilleo punzante recorriendo las extremidades en busca del corazón; en ese momento y cuando el sufrimiento fuese insoportable los pulmones comenzarían a arrugarse y retorcerse en busca de aire.
Miró al frente con los ojos inundados en lágrimas y contempló las figuras de dos de sus perros observándole desde la lejanía. A pesar de todo sentían lástima por lo que el destino tenía deparado a su dueño. Sus ojos reflejaban respeto y lealtad; pero sobre todo incomprensión ante la escena que estaban presenciando. Él a su vez sintió pena de ellos, y por primera vez percibió la amarga certidumbre de que minutos antes había sido un maldito hijo de puta.
Sus manos ásperas y encalladas entrelazaban los dedos a su espalda en ademán oratorio; atadas con fuerza, lacerándole las arrugas de una piel desgastada por la vejez.
Un hombre cuyo delito había sido la ignorancia, falta de respeto e insensibilidad.
La cuenta atrás llegó a su fin y, en el instante en que escuchó un fuerte golpe sobre su cabeza, algo bajo sus pies cedió, comenzando la última caída. Décimas de segundo que pasaron por su mente como un destello fugaz pero intenso de imágenes desordenadas llenas de nostalgia, dolor y arrepentimiento.
Sin embargo algo falló, o tal vez estaba previsto que fallase. Dió con sus huesos en el suelo rodando con la soga en el cuello y la rama del árbol tras de sí. Aún consciente levantó la mirada y contempló triste una imagen paralela a la que él había vivido segundos antes, pero con un final distinto. Su propio perro, ahorcado por él mismo. Ahorcado por su amo.
-Espero que te hayas formado una ligera idea de lo que has hecho pasar a tu mascota, y de lo que habrá sentido al verse asesinado por su propio dueño.
Todavía con lágrimas en los ojos e incomprensión en su rostro pudo ver una figura alejarse, y rompió a llorar como un niño.
Las súplicas y sollozos no sirvieron de nada.
Nunca antes había experimentado un terror tan intenso; los músculos comenzaban a flojearle y su cuerpo se había convertido en el desagüe de sus poros, sus lagrimales y su vegija. Aunque nada de eso le importaba porque temía realmente por su vida.
De pie sobre aquel improvisado patíbulo podía sentir la rugosidad de cada milímetro de la fina soga que rodeaba su cuello. Había dejado de ser dueño de sus impulsos; temblaba, lloraba, sentía arcadas; incluso le abandonaron las fuerzas para suplicar. Su sistema nervioso se había convertido en una bola de fuego que le comía por dentro.
La fragancia de aquella primavera incipiente se le clavaba en el cerebro recordándole que jamás volvería a disfrutarla. Casi podía notar el cosquilleo de los gusanos a la espera de comenzar el festín de su carne, que en breve estaría muerta; sin embargo se trataba de las gotas de sudor resbalando por todo su cuerpo; desidratándolo a marchas forzadas. En su rostro lívido se encontraban dos pupilas ahora vacías, fiel reflejo de sus delirios.
Esa misma mañana se había levantado pensando que sería un día más entre tantos; cielo despejado y escopeta al hombro se dispuso a disfrutar de su gran afición, salir de caza con sus tres perros; caminar por el monte, beber vino de la ajada bota para aplacar el calor de un sol que empezaba a calentar los días; hierba fresca, aire puro y olor a pino.
Olor mezclado ahora con el del miedo que chorreaba por sus pantalones al notar el círculo del cañón de su propia escopeta clavándose en su espalda, a la altura del corazón.
-Ahora no eres tan valiente, ¿verdad?
Iba a morir atravesado por cientos de postas que le destrozarían el pecho haciéndole sufrir un dolor indescriptible; o en el peor de los casos estrangulado por la cuerda que colgaba de la rama sobre su cabeza. Iría perdiendo el conocimiento lentamente conforme el cerebro se fuese quedando sin oxígeno; pataleando infructuosamente; incapaz de gritar; la cabeza a punto de estallar y un cosquilleo punzante recorriendo las extremidades en busca del corazón; en ese momento y cuando el sufrimiento fuese insoportable los pulmones comenzarían a arrugarse y retorcerse en busca de aire.
Miró al frente con los ojos inundados en lágrimas y contempló las figuras de dos de sus perros observándole desde la lejanía. A pesar de todo sentían lástima por lo que el destino tenía deparado a su dueño. Sus ojos reflejaban respeto y lealtad; pero sobre todo incomprensión ante la escena que estaban presenciando. Él a su vez sintió pena de ellos, y por primera vez percibió la amarga certidumbre de que minutos antes había sido un maldito hijo de puta.
Sus manos ásperas y encalladas entrelazaban los dedos a su espalda en ademán oratorio; atadas con fuerza, lacerándole las arrugas de una piel desgastada por la vejez.
Un hombre cuyo delito había sido la ignorancia, falta de respeto e insensibilidad.
La cuenta atrás llegó a su fin y, en el instante en que escuchó un fuerte golpe sobre su cabeza, algo bajo sus pies cedió, comenzando la última caída. Décimas de segundo que pasaron por su mente como un destello fugaz pero intenso de imágenes desordenadas llenas de nostalgia, dolor y arrepentimiento.
Sin embargo algo falló, o tal vez estaba previsto que fallase. Dió con sus huesos en el suelo rodando con la soga en el cuello y la rama del árbol tras de sí. Aún consciente levantó la mirada y contempló triste una imagen paralela a la que él había vivido segundos antes, pero con un final distinto. Su propio perro, ahorcado por él mismo. Ahorcado por su amo.
-Espero que te hayas formado una ligera idea de lo que has hecho pasar a tu mascota, y de lo que habrá sentido al verse asesinado por su propio dueño.
Todavía con lágrimas en los ojos e incomprensión en su rostro pudo ver una figura alejarse, y rompió a llorar como un niño.


















