Sus párpados se habían juntado enredando las pestañas en un suave contacto; cálido como una puesta de sol.

En la habitación oscura donde estaba sintió que no echaba de menos nada, habían desaparecido los sentimientos, los anhelos y los pesares. Algo en su interior tuvo la certidumbre de que iba a quedarse ahí para siempre; el único deseo que experimentaba; sin embargo no pensaba; no experimentaba; no sentía; no deseaba.
Era una oscuridad que lo envolvía suavemente infundiéndole absoluta calma; despojado de la molesta envoltura en la que había pasado tantos años y que últimamente se había quedado vieja, harapienta, gastada.

Al mismo tiempo, alguien juntaba unas arrugas como surcos en la comisura de sus labios y ojos; por los que iban caminando ríos de lágrimas y preguntas. Un por qué tantas veces dicho al cielo con la esperanza de obtener alguna furtiva respuesta; faros iluminando el sendero oscuro en el que se acababa de adentrar todo lo que fue y lo que sería.

Un poco más, porque nunca es suficiente vida para compartir con quien deseas; tiempo, más tiempo por favor, que aún quedan muchas cosas por hacer y te quieros que decir.

La música había terminado y cuando esto ocurre siempre hay alguien que se queda sin silla, y las músicas del mundo continúan el ritmo asesino del tiempo; quitando una por cada silencio ladrón.

Un hombre como otro cualquiera; fuera ya de juego, experimentaba la tranquilidad que se le había negado durante tanto tiempo; dejándose llevar por una paz sobrecogedora hacia un lugar desconocido; y en otro plano, con el triste pesar de que no hay justa edad para abandonar a los que te quieren, miraba Juana el sereno rostro de Marcos torciendo los labios mientras cruzaba sus manos instintivamente, deseando con toda su alma aferrarse fuerte a otra mano que ya no estaba; apretarla y llorar sobre ella todos los días que le restaban para reunirse con él; que ya no serían días, sino infiernos.
Tristeza; serenidad; llanto; paz.

Somos el tiempo que nos queda pero no tenemos potestad para decidir sobre él porque nos tiene prisioneros; a su merced.

Marcos y Juana tuvieron una amistad fugaz y la desecharon pronto; el cariño se hizo fuerte, forjando una vida inconcebible uno sin otro; y ahí estaban porque así fue mandado; los dos juntos, pero uno sin otro.

Y bajo la penumbra de una gastada bombilla incandescente; desnuda, sin más adorno que un cable perdido en el cemento, iluminando muebles oscuros y ajados; humedades y tonos ambarinos en las paredes cubiertas por capas de existencia.
Una casa vieja, plagada de recuerdos e historias que ahora dolían como puñaladas por cada milímetro de pared; de tantos años como felicidad compartida que ahora se resquebrajaba en conjunción con las añejas vigas de madera del techo; y debajo, una silla encolada y rechinante por los vaivenes de una mujer rota ante la visión de un ataúd abierto en el que yacía ausente esa mitad que ya nunca regresaría.

La pared en la que escribíamos nuestras vigilias se ha completado; no te culpo, debimos elegir una muralla más larga para plantar nuestro palacio y continuar escribiendo en imaginarias, las noches veladas de cariños y desprecios a partes iguales.

Decir ahora te quiero sería muy fácil, pero me estaría olvidando entonces del lastre que le hemos puesto sobre los hombros a esa expresión; posiblemente la única que podrían gritar al unísono todas las paredes del mundo si pudiesen hablar; una carga demasiado pesada para soportar entre dos. Tal vez por eso quisiste añadir una tercera persona al juego y hacerlo así más emocionante; o más jodido.
Me quema la desazón de tenerte tan cerca pero saberte lejos; a un millón de pensamientos por delante de mi pausado romanticismo; qué le vamos a hacer, soy así. Y sí, ya sé que no tengo remedio, ni lo quiero, porque si de algo estoy orgulloso es de mi entereza y de mis raudos pasos cuando necesito huir, como es el caso.

No sé si te lo habrás planteado, supongo que sí y no te importa; pero lo que ahora pretendes es trastocarme la vida de nuevo; entrar como el huracán que fuiste para hacerme olvidar todo y dedicar hasta el último resto de mí a quererte, a estar contigo sin el más mínimo ápice de interés por cualquier otra cosa distinta de esas cinco letras mil veces pintadas: tú y yo; como ya fue en su día.
No lo tengo claro porque mi mente es un cúmulo de nublos, pero creo que estás siendo un poco egoísta.

Los poemas de amor se marcharon, ya no sirven, son palabras vanas para esta conciencia endurecida por tus avaras manifestaciones de cariño; tengo piel de cocodrilo y lengua de serpiente en forma de bolígrafo con tinta indeleble; así no podrás borrar estos insidiosos pensamientos que te escribo y quizá, algún día te mande. Tendré siempre una prueba irrefutable de que hubo un tiempo en el que no quise tu olor.

Y sin embargo sigo pensando en ti.

Me adoraste, debes admitirlo, demasiado tal vez; por eso gastaste el bote de miel y te empachaste; aunque igual en esto del amor nunca es mucho y aún así acabamos enrobinados al no haber sabido cubrir la superficie de la cadena que nos ataba a distancia; da lo mismo, hubiésemos terminado arrastrándonos con heridas de nuestras frases hirientes y agarrados de la mano para no perdernos.
Reconoce que sorbías de mí con ansia cada minuto, como yo lo hacía de ti; sudabas el cansancio del amor con mucho sexo y nos lo bebíamos para después gemir juntos el inmenso placer de un mar de sábanas arrugadas; y nunca teníamos suficiente.

Si he de serte sincero -total, lo mismo da un poco más- ese huracán del que te he hablado antes fue el viento que me hacía respirar sin ahogarme; sin agujerearme los pulmones con las motas de polvo abrasador que porta ahora el aire con sabor a hiel y azufre presente en todas mis noches de desvelo y palabras vacías, escritas poco a poco en los pequeños espacios que quedan de nuestra pared, en la cual, por cierto, está creciendo hiedra. Aunque todo eso ya lo sabes.
Y escribo, sin ganas eso sí, para no tener que gritar a cada rato tu nombre, no sé si por locura, amor o desprecio.
Los vecinos me odian; y creo que yo a ti también.

Tal vez decirle todo esto a una hoja y ver reflejados en ella los retazos temblorosos de mi miedo sea la terapia que necesita esta raída conciencia para engañarse y creer que todo es agua pasada; pero creo que únicamente sirve para que tu imagen sea aún más perenne.
Y ahora, al dedicarte estos pensamientos mi cabeza me traiciona, se rebela, escarba bajo las más profundas entrañas de mi pozo negro y saca a flote el corto tiempo en que tuve la certidumbre de lo que significaba tenerlo todo. Y en él, cada uno de los momentos grabados a fuego; lacerantemente dulces; dulcemente dolorosos. Miles de ellos, como hormiguitas en fila saliendo de las cavernosas entrañas de la tierra y caminando con un rumbo perfectamente fijado: la imagen que proyectan mis ojos de ti cada vez que los cierro.
Te odio; pero con cariño.

Iré cosiendo los últimos retales de esta carta sin destinatario, que por el momento guardaré con sumo cuidado; supongo que el tiempo dispondrá cuando decida entre quemarla junto al resto de las fotos arrugadas de lágrimas o meterla en un sobre lacrado por un te quiero, y enviártela con la vacía esperanza de que todas las noches embriagadas de ti regresen de los lejanos sueños, esos que a veces me invaden entre pesadilla y pesadilla.

¿Pero por qué miento al papel? De sobra sé que nada más terminar estas líneas me faltará tiempo para ir hasta tu puerta, echarlas por debajo y sentarme en el hueco de la escalera esperando tu llamada.
Aunque me gustaría ser fuerte y seguir odiándote, así al menos mantendría la dignidad a un precio asequible: coraje y dolor compartidos; ocupando un espacio que se me antoja inmenso, pues sólo dolor me desbordaría y únicamente coraje me quemaría.

Demuéstrame que no tengo razón; convénceme de que mi indiferencia es solamente fruto de la rabia que produce tener que arrastrar mi orgullo mutilado por una guerra con un claro perdedor: nosotros. Deja de raspar tus gastados nudillos en la pared del pasillo que recorres cabizbaja y arrepentida; decídete de una vez a plantar cara a la realidad y acércate para que podamos poner punto final a las miradas rencorosas y a los te echo de menos silenciados por la almohada.

Me rindo; has ganado. No puedo soportar más mirarme al espejo y ver el espectro de lo que fui; levantarme todos los días repitiéndome: tengo que olvidarte, pero ya lo haré mañana.
He decidido que prefiero curar las heridas del día a día contigo a no tener ni eso.
Te esperaré.

Y mientras tanto seguiré escribiendo cartas para terminar de desbordar el cajón de ilusiones ficticias.

Puse mis labios en el lóbulo de su oreja, lo mordí y le dije: ahora me apetecen otros labios, al tiempo que con ambas manos acariciaba los últimos centímetros del interior de sus muslos. Al oírme exhaló un gemido y me dijo con voz temblorosa: cómeme.


lentamente ............................................................... como un delicioso paseo


Cuando se trata de sexo prefiero no poner las cosas demasiado fáciles porque el placer y el exquisito sufrimento del deseo aumentan por cada segundo que pasas pidiendo un poco más.

Cómeme, esas seis letras desesperadas solamente eran el preludio de una dulce agonía.
Sentada en la cámara de aquel almacén, con su desnuda piel como única prenda; las piernas ligeramente abiertas para dejar un privilegiado hueco que ocupaban mis caderas; disfrutando de las suaves caricias que le regalaba entre las ingles, acompañadas de húmedos paseos de mi lengua por el contorno de sus labios; deslizándome por la comisura en un descenso pausado hacia el cuello, hasta llegar al pecho y haciendo por último una placentera parada en sus tetas, deliciosamente suaves.
En el camino marcado por mi saliva se encontraba el círculo de sus pezones, formando una espiral alrededor que se iba cerrando para terminar en un leve mordisco. Mientras tanto, ella chupaba los restos de limón de mi dedo índice izquierdo, y más abajo, donde todos los sentidos se entrecruzan, los dedos de mi mano derecha jugueteaban divertidos acariciando los límites que rodean su clítoris, para acabar introduciendo muy despacio uno de ellos por entre esos prominentes labios abiertos de par en par, para dar la bienvenida al tacto de mi mano.

En ese momento alguien llamaba a la puerta, pero ella disfrutaba con los ojos cerrados evadiéndose hacia esas tres partes de su cuerpo mientras yo jugueteaba al ritmo de la música exterior.
Tras saborear sus pezones que ardían de calor comencé una caída de besos superpuestos por su vientre... ombligo... caderas... muslos... ingles...
...rodeando la sonrosada zona que palpitaba a un ritmo enloquecedor con la punta de la lengua, mordiendo a un lado y otro con los labios; haciendo sentir ese cosquilleo que subía por entre sus piernas hasta la barriga y erizaba el todo el bello... y en el momento en que los nervios la elevaban en impulsos eléctricos hasta el éxtasis, concentré mis labios y mi lengua en un movimiento rítmico y acompasado, libando con avidez cada milímetro de ese exquisito clítoris y haciéndola finalmente explotar en un gemido desesperado de alivio, pasión, locura, tensión y un orgasmo que azotó su espina dorsal de arriba abajo...
...en el que tensó cada músculo del cuerpo con todas sus fuerzas vaciando sus pulmones, atenazó la mandíbula, contuvo la respiración y se sintió sola... flotando ante un torrente de puntos brillantes que golpeaban sus sentidos.
Al terminar se acercó a mí temblando; con la boca entreabierta y me besó.

Golpes tras la puerta.

Me puse en pie y acerqué mi cara hasta casi tocar la suya, mirando esos ojos empequeñecidos, nublados; conté hasta veinte los jadeos entrecortados de excitación y cansancio; puse mis manos en ambos lados de su cara, la acerqué hacia mí para besarla de nuevo, y en el preciso instante en que nuestros labios se acoplaron, aproximé mis caderas lentamente en otro contacto suave y lubricado; indroduciéndome despacio entre sus piernas; obligándola a abrirse más; introduciéndome más; besándonos... y sintiendo sus jadeos de placentera sorpresa exhalados por la nariz...
...sus manos desesperadas buscaron mi culo para agarrarlo con fuerza, tirando de mí hacia ella; sintiendo el húmedo roce palpitante penetrando muy lentamente, pero con fuerza; hasta que ocupé todo el espacio de su interior y levantó la cabeza con un grito de dolor con placer.
Era la primera embestida; la más pausada; me abrazó con sus piernas para no dejar un solo milímetro de separación entre ambos, ni un solo hueco en su interior, y dijo: no sabes cómo me alegro de haber venido por aquí.

Volví a retroceder con un ligero movimiento de mi pelvis para comenzar a penetrarla en sacudidas acompasadas, con un ritmo que iba aumentando al compás de nuestros gemidos; le sujeté las piernas bajo los muslos y ella, intuyendo que aún quedaba mucho placer por experimentar, acercó sus labios a mi cara y dijo: fóllame sin compasión, hazme gemir y que nos escuchen todos; y se recostó apoyando los brazos para dejarse hacer...
...e ignorando premeditadamente que de vez en cuando alguien continuaba llamando a la puerta, continué acelerando el ritmo de mis embestidas, escuchando cómo nuestra piel contactaba en un sonido seco para retroceder de nuevo hacia atrás haciéndola sentir la fricción interna hasta la mismísima punta, y volver a penetrarla con un nuevo suspiro más fuerte que el anterior; cruzando unas miradas que únicamente veían placer. Nuestros contornos se volvieron difusos y un halo de embriaguez cubrió el ambiente a nuestro alrededor cuando los chupitos de tequila comenzaron a subir, haciéndonos sudar jadeantes cada movimiento acompasado de sus caderas y las mías separándose y volviendo a unirse en una mutua locura...
...y la música se detuvo; el tiempo quedó en suspenso; se disipó el espacio; nuestro movimiento cesó y toda la energía del universo se concentró en mil palpitaciones por segundo de nuestro sexo chorreante... para acabar salvajemente abrazados en una estruendosa sinfonía de gemidos.

Cuando todo terminó, quedamos empapados en sudor, los corazones ametrallando el pecho y ambas respiraciones al unísino, agitadas, temblorosas.
Nos pusimos la ropa y salimos discretamente del almacén con la suerte de que nadie se percató, perdiéndonos entre la multitud.

A la mañana siguiente desperté en la cama de una habitación de hotel, totalmente desnudo; ella estaba durmiendo a mi lado, de espaldas, con una camisa como única prenda. Dibujé su contorno con un dedo, la abracé desde atrás y le dí un beso en el cuello.

Desde el silencio y la oscuridad de una conciencia perdida en algún lugar indeterminado llegaba un grito de horror que aumentaba paulatinamente hasta convertirse en un terrible alarido. Una punzada llegó a su cerebro y despertó para darse cuenta de que en realidad ese espanto provenía de su propio interior.
Al recuperar la consciencia se percató de que la pesadilla seguía siendo realidad y sintió náuseas ante la visión de su pierna cortada por encima de la rodilla, acabando en un muñón oscurecido, cubierto por una especie de vendaje a base de retales amarillentos. El dolor se había vuelto tan insoportable que nublaba todo a su alrededor impidiéndole pensar en otra cosa. A ello se unía un sofocante hedor a humedad, sangre y podredumbre.

De pie, frente a las ruinas de Miguel se encontraba Sami, aún sonriendo como si la escena fuese de lo más divertida.

Instintivamente deseaba con todas sus fuerzas tocarse la pierna, tratar de calmar esa angustia de cualquier forma, pero sus manos seguían atadas tras la espalda. Apretó los dientes hasta no sentirlos; gritó desesperadamente moviendo la cabeza, golpeándose con la pared, pero nada calmaba el volcán que sentía por cada palpitación.
Incapaz de articular palabra, su mente era un vórtice de aguas negras por el que escapaba rabiosamente toda lucidez.

Cuando un niño descubre un juego nuevo, siempre quiere explotarlo hasta la saciedad; y Sami tenía los medios para ello. Llevaba años documentándose; conocía perfectamente todo lo que debía hacer, sabía qué tipo de tranquilizantes usar; las cantidades para cada momento. Se hizo con las herramientas necesarias, un kit de tortura con material quirúrgico; aprendió cómo debía practicar amputaciones; cómo curarlas; el tiempo que durarían los efectos del sedante. Nada se le escapaba porque sentía entusiasmo por su nuevo deporte.
Y si algo fallaba, tampoco importaba demasiado.

Le administró una nueva dosis de sedante y a los pocos minutos, el dolor de Miguel había remitido considerablemente. Cuando por fin consiguió hablar lo único que acertó a decir fue: por qué

-Esa pregunta es ambigua. ¿Quieres saber por qué estás aquí o por qué no te he matado todavía?

-¿Por qué me haces esto Sami?

-Creo que en este momento lo que menos te debería preocupar es por qué estás aquí. Y no me llames así después de tantos años. Hay confianza.

La voz de Miguel sonaba distante por los efectos de la sedación. Se encontraba en un estado de semi inconsciencia que le impedía expresarse o pensar con lucidez.
El niño robot se acercó un poco más.

-Voy a hacerte una pregunta: ¿Recuerdas en qué pierna llevaba yo el aparato?

-Esto... esto es una locura.

-Vamos, no es tan difícil, solo tienes que mirarte -soltó una carcajada.

-¡Estás loco!

-Así no vamos a llegar a ninguna parte.
Te contaré un secreto; verás, no estoy muy al tanto con el tema de las curaciones, así que es probable que tu pierna esté empezando a gangrenar; fíjate en la chapuza que he hecho ahí, tengo poca práctica, pero tranquilo, iré aprendiendo. Quizá con la otra pierna haya más suerte.

Al escuchar estas últimas palabras, Miguel volvió a perder el sentido.

La sensación que experimentaba el niño robot en ese momento era indescriptible; aquello se había convertido en una droga con la que toda su adrenalina se mantenía en ebullición. Estaba vivo, más vivo que nunca; era como si su alma absorbiese toda la energía de aquel cuerpo moribundo que yacía en el suelo víctima de los más atroces sufrimientos.

El destino de Miguel había sido grabado a fuego muchos años antes por el bolígrafo del hombre que escribió los nombres de los niños que serían compañeros de Sami en el colegio; niños cuya naturaleza es cruel pero no perversa. Muchos destinos se escribieron ese día.
A los pocos minutos volvía a despertar, pero ya no era él, sino el zombie de unos restos humanos tirados como harapos en un suelo inmundo. Se había convertido en un despojo que no acertaba a encadenar dos pensamientos seguidos, y con el dolor punzante que comenzaba en su pierna y se extendía por cada centímetro de su cuerpo, palpitando una y otra vez, cubriendo absolutamente todo de rojo y negro.
La única palabra que tenía residente durante todo el rato era muerte, y la certidumbre de que vendría tarde o temprano de las manos de aquel chiquillo tarado, ahora convertido en monstruo.

Nunca se sabrá si las palabras que pronunció en aquel instante las había conseguido reflexionar con suficiente lucidez, pero las dijo con voz firme y lágrimas en los ojos: por favor, mátame ya.

Y con un juguetón cosquilleo en el estómago, Sami se dirigió a su mesa de trabajo para coger unas correas, trapos, y su última mejor amiga: la sierra de amputar.

Mientras se acercaba con paso calmado al cuerpo de nuevo inconsciente de Miguel, saboreando cada segundo, dirigió la mirada hacia el fondo de la estancia y con una alegre sonrisa dijo: Qué bien, me alegro de que hayas despertado justo a tiempo, Alicia.

La música se mezclaba con el ruido de cientos de voces gritando a la vez que sonaba la pesada canción pachanguera del momento; olor a infinidad de perfumes; sudor y tabaco; empujones; bailes ridículos.
Yo estaba en un extremo de la barra esperando a que la camarera terminase de llenar los chupitos; tequila; el salero y unas cuantas rodajas de limón para morder.

De un trago; cuando el ardiente alcohol bajaba por mi garganta mordí el limón buscando calmar el fuerte sabor y en ese instante ví que una chica me contemplaba desde varios metros con una sonrisa divertida, y sostuve su mirada con un guiño interrogatorio. Sin duda le hizo gracia el gesto torcido de mis labios al tragar la tequila; era el cuarto; pero mis facultades aún estaban lo suficientemente activas como para seguirle el juego y lo suficientemente tocadas como para que todas las inhibiciones hubiesen volado.
Continuó mirándome, sonriendo y para dar un toque de diversión se burló sacando la lengua.

Sin duda ella hubiese esperado otra cosa, pero al cabo de varios minutos de miradas y lenguas a distancia en los que no presté atención a una sola palabra de mis amigos, me dí la vuelta y salí con ellos de aquel pub. Aunque somos abejas de una misma colmena e inevitablemente acabamos volviendo.

A las dos copas de estar allí sentí un dedo en mi espalda y me giré sabiendo que era ella. Me estaba mirando con la misma cara divertida; al verla sonreí, se acercó para decirme algo y posó deliberadamente sus labios en el lóbulo de mi oreja justo antes de subir para decirme:
-¿Se te ha pasado ya el mal sabor de boca?

Le dije riendo que tal vez necesitaría un caramelo, y le pregunté si llevaba.
Ella contestó que tenía un chicle usado, y me preguntó si me daba asco.

No hubo más palabras; lo que ocurrió después fue lo que ambos íbamos buscando; introdujo su lengua en mi boca y durante unos minutos estuvimos solos, concentrados en nuestros labios; explorándonos; saboreando; palpando.
Sin embargo, al cabo de un rato el lugar se había quedado pequeño. Fuimos a la barra, pedimos otro chupito y el limón nos lo comimos a medias.

-Me sabe a poco saborear tus labios sin probar el resto.
Volvió a sonreír, se pegó a mí, bajó sus manos y las posó con fuerza en mi culo para volver a comerme la boca.
-A mí también.

Levanté la mirada y ví que estábamos junto al almacén, el cual se encontraba dentro de la barra, en un extremo; le agarré la mano y tirando de ella entramos discretamente, cerré con llave y la guardé en mi bolsillo.

-Estás encerrada hasta que yo diga.

Con la música de fondo y cientos de personas ajenas a la escena que comenzaba a sólo unos metros, ella me decía jadeante que no tenía intención de ir a ninguna parte, y comenzó a desabrocharme todos los botones de mi ropa; abrí su camisa, se la quité; solté el sujetador; los pantalones; caricias; besos; mordiscos; sus braguitas rojas, finísimas; sus manos; mis dedos recorriendo cada centímetro del exquisito tejido que envuelve su ser, suave, delicadamente; mordiendo sus labios con los míos; besándome fervientemente el torso; rozando en un ínfimo contacto los erizados milímetros de una piel que me decía a través de la agitada respiración que estaba sufriendo espasmos de placer.
Dibujé la silueta de todo su cuerpo con el sutil roce de diez dedos y una lengua.
Los camareros bullían a escasos centímetros tras la delgada pared; la gente bailaba mas allá y nosotros moríamos entre jadeos.
Nos faltaban manos y tiempo para despojarnos una a una de todas las prendas en aquel caluroso almacén; inspiraciones entrecortadas; cálidos besos aquí, allá; sus pezones endurecidos, humedecidos por mi saliva.
Hasta que por último fui bajando muy lentamente esas deliciosas bragas.
Al final quedamos en la siempre provocadora desigualdad; ella desnuda por completo; yo semidesnudo.
La levanté de un impulso pegando nuestros cuerpos en un abrazo de excitación y sudor para dejarla sentada sobre una cámara frigorífica, a la altura justa para poder jugar a placer. Puse mis labios en el lóbulo de su oreja, lo mordí y le dije: ahora me apetecen otros labios, al tiempo que con ambas manos acariciaba los últimos centímetros del interior de sus muslos.
Al oírme exhaló un gemido y me dijo con voz temblorosa: cómeme.

...

El percutor estaba amartillado; la bala preparada y el cañón apuntando allá donde la muerte es segura, certera y rápida; un leve rugir; quizás el molesto tintineo de muchos decibelios en los oídos y un instante después oscuridad con sabor a pólvora.

Hay cosas que ninguna conciencia humana es capaz de soportar o asumir aun viviendo un millón de años.
El señor zeta siempre tenía la mente en blanco, algo absolutamente necesario para hacer lo que hacía; no podía permitirse el lujo de reflexionar porque un pensamiento de más supondría el primer paso hacia un final incierto.
Y ocurrió; sólo una vez en muchos años meditó por causas justificadas, sobre un suceso imprevisto, lo que significó una caída libre hasta los adoquines de su volátil existencia; el reloj del arrepentimiento estaba en marcha y sólo había una forma de pararlo, la cual también se había puesto a funcionar.

El dedo índice de una mano derecha comenzaba a presionar muy lentamente el gatillo de un revolver cuya garganta se reflejaba cóncava y deformada en una minúscula gota de sudor, la cual temblequeaba al son de la erizada piel por la que se iba deslizando a trompicones, y cuyo dueño era un amasijo de dolor y miedo.

No se puede saber cuales son los límites de un asesino hasta que das un traspié y caes al otro lado de la línea divisoria.
El señor zeta lo sabía y estaba dispuesto a asumir las consecuencias. Había matado a lo largo de su vida a más gente de la que era capaz de recordar; sin embargo en ese momento pasaba desfilando ante sus ojos el rostro de cada uno de ellos como una proyección de su cerebro hacia la improvisada pantalla de sus párpados cerrados; caras de sorpresa ante la visión de la inminente muerte a manos de un verdugo que se movía sólo por cifras; y siempre el mismo método: acercamiento discreto; tratar de hacer saber a la víctima quién le quería muerto y por último un certero disparo en cabeza o corazón; o en caso necesario, dos; para después desaparecer sin hacer ruido.
Poco esfuerzo y mucho dinero; pero a un precio alto: la conciencia.

La cuenta atrás comenzó en el preciso instante en que ocurrió el giro inesperado; ahora esa cuenta se aproximaba al cero, por lo que el gatillo empezaba a retroceder; por cada micra un recuerdo; por cada poro una gota de sudor; por cada milésima de segundo un rostro asesinado; todos ellos espectantes para ver cómo finalmente todo acaba cayendo por su propio peso.
El percutor se liberó y comenzó el camino de regreso hacia la explosión definitiva que pondría fin al proceso.

Aquello no debió suceder nunca; el jodido destino tenía guardado un juego a cuatro bandas en el que participaban concursantes inesperados; solamente debía morir uno.
Era un trabajo sencillo: localizar a un hombre, seguir el procedimiento de siempre y después vuelta a casa con unos números más en el banco. Pero el señor zeta realizó un cálculo erróneo en cuanto distancia y posición; un fallo no forzado e imperdonable. Él mismo era consciente de que todo asesino a sueldo debe tener unos principios muy claros, y que el honor es algo cuyo valor no puede ser menos que la propia vida.

Esta bala me atravesará la cabeza -pensó- justo en el momento en que el revolver hizo explosión, y antes de que sus propios sesos dieran contra la pared del cuarto de baño desfilaron las dos últimas imágenes por delante de sus ojos: el hombre al que debía matar y justo detrás, la mujer embarazada a la que alcanzó la bala que atravesó a éste. Uno, dos, tres, cuatro.

Roja; espesa; excitante; deliciosa.

Habían pasado cinco años desde que un niño pequeño apareciese muerto junto a una acequia; apaleado, con el rostro prácticamente irreconocible y sus juguetes junto a él; testigos mudos de un alma ausente.



Miguel abrió los ojos y se percató de que estaba en absoluta oscuridad.
Aturdido dirigió la vista alrededor preguntándose si estaría ciego; cayendo a los pocos segundos en la cuenta de que se encontraba sentado en el suelo, apoyado en la pared con las manos atadas a la espalda.
Lo siguiente que sintió fue una punzada de dolor en la pierna derecha; un dolor raro, entre cosquilleo y escozor.


Nunca se supo qué pudo ocurrir para que aquel pequeño acabase así. Posteriormente fue conocido por los medios de comunicación como el niño de la acequia; tras varios meses de indagaciones y declaraciones, pese a la angustiosa negativa de los padres, las autoridades policiales dijeron que seguirían investigando, pero con los medios justos, lo que traducido se podía interpretar como señores, olvídense porque no vamos a encontrar al culpable.
Realmente la intención de Sami no había sido cometer un crimen perfecto, pues sólo contaba quince años, sino descargar todo ese tiempo de rabia acumulada, sin embargo su suerte quiso que nadie se percatara de su presencia, desapareciendo por donde había venido y eliminando toda posibilidad de cualquier sospecha contra él.

Cinco años después seguía pensando todas las noches en aquel suceso y regocijándose en sus pensamientos; se fue volviendo paulatinamente más sociable y aceptado por los demás.
Empezó a sentir una insaciable inquietud por la lectura, pero no de cualquier tipo, solamente la relacionada con los sucesos más macabros de la humanidad: cruzadas, guerras, enfermedades, asesinatos, e incluso ritos satánicos, magia negra y sus variantes; pero nunca se encontraba satisfecho, necesitaba más información, mejor aún cuanto más siniestra fuese. Indagó en las biografías de asesinos; crímenes sin resolver; le entusiasmaba la sangre.
Todo ese tiempo rememoraba aquel gran día; el más feliz de su existencia, en el que por primera vez había sentido verdadero amor por la vida. Cerraba los ojos y volvía al descampado una y otra vez para volver a repetir su acto más sublime; y experimentaba una excitación que lo transportaba a otro mundo.
Cuando veía en la tele las noticias relacionadas con el suceso del que él mismo fue coprotagonista, el niño robot no sentía miedo; tampoco inquietud, sino más bien satisfacción; y supo entonces que tarde o temprano iba a volver a sentir esa explosión de placer.


Miguel gritó en vano. Tenía la boca reseca, como si hubiese estado masticando arena.
Confundido y tiritando por la humedad trató de moverse pero no lo consiguió, por lo que continuó gritando con la esperanza de que alguien le escuchase.
Se le había revuelto el estómago a causa del intenso olor que percibía; de repente se sintió mareado y sufrió varias arcadas sin llegar a vomitar.
Tal vez los poros de su cuerpo estaban impregnándose del aroma a muerte.
El dolor en su pierna iba en aumento; lo sentía localizado por encima de la rodilla y supuso que tenía algún hueso roto. A cada instante que pasaba se sentía más confundido porque no lograba comprender qué podía estar ocurriendo; allí encerrado, sólo, ciego y sin posibilidad de moverse.
Y ese maldito dolor le quemaba a cada momento un poco más, hasta que llegó a ser tan insoportable que todos sus sentidos se concentraron en aquella terrible palpitación.

Una eternidad después, justo antes de que perdiera el sentido, escuchó un fuerte sonido y tras éste, una puerta cerrándose. Luego unos instantes de silencio y un destello que le cegó al principio.
Cuando pudo ver lo que ocurría, sólo tuvo tiempo para percatarse de que quien estaba allí era Samuel, el robot-cojo.
Inmediatamente después se desmayó por la horrible visión que tenía ante sus ojos: el niño robot mirándole con una extraña sonrisa; sin embargo no fue eso lo que le hizo perder el sentido, sino darse cuenta de que éste llevaba en sus manos una pierna humana; la suya.

Princesa caminaba entre arcoiris cada vez que cerraba los ojos; era dueña y señora de un reino perfecto donde todo ocurría tal y como su mente lo creaba.
Una chica preciosa encerrada en un cuerpo frágil, sensible y bonito, porque nada es feo para quien sabe mirar desde el punto de vista adecuado; con unos ojos infinitos que no se llevaban bien con la imagen que le devolvía el espejo de su propia realidad; una chica elegante en un lugar demasiado pequeño y raro para ella, rodeada de monstruos que acosaban su especial forma de ver las cosas.
No entendía el significado del bien o el mal, solo vivía con arreglo a su presente.
Era única en su especie y estaba en peligro de extinción; el insensato mundo quería destruir el molde con el que fue creada porque algo tan especial solamente está reservado a dioses.
Levantaba su mirada y se expandían millones de luces descontroladas por el cielo, la tierra y los mares; hacía soplar huracanes, reventar volcanes y gritar al unísino millones de placeres extasiados de vida y orgasmos. Nada quedaba impune ante la existencia de una maravilla inconmensurable sobre una tierra limitada.

Princesa podía ser morena, rubia, pelirroja, castaña o como se le antojase; su presencia creaba un halo embriagador que lo empequeñecía todo a su alrededor, esparciendo millones de olores que penetraban hasta el fondo de todas las almas presentes y convertían crueles ejércitos en obedientes esclavos.

Era vida dentro de la vida; insuflaba confianza, alegría y todas las formas de amor comprendidas por la limitada mente humana; era el placer en sí mismo. Aunque no entendía de términos

Su desnudez no podía ser contemplada sin antes haber resuelto todas las deudas pendientes con el mundo; con ella no existía el sexo, sino el suicidio; y todos querían poner fin a su vida en un acto que los elevaba al sumo placer de mil existencias.

Tenía un nombre y un apodo por cada alma a la que poseía dependiendo de la percepción del mundo de cada cual, pero nadie sabía su nombre real.
Provocó guerras y vidas gastadas para ganarla, pero jamás consiguieron llevarse el premio de su grandeza porque nunca fue dueña de nadie; sólo de sí misma y de su tristeza al andar; pasos cabizbajos que fueron contagiando melancolía a raudales, lágrimas y sufrimiento; nublos repentinos sobre su cabeza. No estaba hecha para mentes incapaces de soportar tal magnitud y sus sentimientos eran la expresión de días aciagos o esplendorosos.

A veces le ocurría que el mundo se tornaba gris y comenzaban a llover palabras de pena y lágrimas matando la alegría del mundo que habitaba; entonces metía su cabecita entre las rodillas para llorar sin comprender qué ocurría, por qué tenía que ser así; y sus infinitos ojos eran mares de angustia llenos de naufragios. Todo ocurría sin previo aviso porque quizá los dioses querían castigar su existencia errada.
Tomaba frascos de pastillas y se recostaba a disfrutar de una muerte que no le había sido concedida, para despertar con sueños renovados y muchas letras en su mente.

Princesa tenía un rinconcito en el que se acurrucaba para plasmar en hojas de libreta sobre sus rodillas todo cuanto componía su mundo; era feliz echando una simple mirada y contemplando horizontes llenos de flores que se perdían mezclándose con un cielo impoluto donde sucedían historias de príncipes.
Cientos de ellas componían su vida en miles de líneas entramadas y desordenadas formando un puzzle inmenso que reordenaba en el mismo instante en que las observaba con un arcoiris del revés en sus labios.
Tenía una amiga, sólo una, que venía a verla para preguntarle cómo sería el nuevo día que le habían deparado los dioses; y comenzaba a relatar entusiasmada todas las alegrías de su especial existencia; una vida entre cuatro paredes acolchadas que para ella, sin embargo, eran puertas blancas e impolutas hacia un mundo distinto cada amanecer.

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