¿Cómo es la vida de un preso? ¿Y de una presa?
Mucha gente se ha imaginado alguna vez sus huesos en esa situación; excepto los cerdos a los que tarde o temprano les llega su san martín.
Álex siempre fue un paso por detrás de Javi; una amistad de las de quiero ser como tú pero me faltan huevos; algo que le recordaban bastante a menudo en los círculos por los que se movían.
Nacieron en un barrio bien, que es el calificativo de los que no viven ahí, pero quisieran. Todo fueron almohadas a sus pies muchos años antes de llegar hasta donde están hoy; tampoco se solían quejar salvo para pedir un poco más, y no tenían que insistir demasiado.
Crecieron bajo muchos ojos vigilantes, sufragados por la preocupación de unos padres atentos y estrictos; atados por el yugo de un control férreo que apenas les dejaba disfrutar de las invenciones de su imaginación infantil; e irónicamente envidiados por sus amigos, los de más baja estofa; los que no tenían hora de vuelta.
Sus vidas comenzaron a cambiar a su llegada al instituto; dos palomos en una jaula de gatos, así que tenían dos opciones: arañar o volar.
Javi pensó que si iba a pasar varios años allí, no sería arrastrándose por las esquinas con la cabeza gacha, así que decidió sacar sus garras y las de su amigo, que no solía pensar por sí mismo, y dejar claro a todos que habían llegado dos hijos de puta con los que debían tener cuidado.
Pero en realidad sólo eran perros de los que ladran mucho, por lo que se dedicaban principalmente a intimidar mediante amenazas, generalmente a niños enclenques y solitarios para así ir forjándose una fama que les precediera.
Con el tiempo su afinidad caminó por sendas separadas; Javi se estaba convirtiendo en un animal rabioso sediento de sangre mientras que Álex era más calmado, porque su alma no estaba podrida; sin embargo la agresividad y determinación de su inseparable amigo, aunque más que eso, el respeto hacia él, le impedían desarrollar personalidad propia, y le arrastraba día a día hacia el fondo del callejón.
Y así fueron evolucionando, pasando de cometer simples travesuras a pequeños delitos, relamiéndose y saboreando la adrenalina; pidiendo más.
Buscaban confrontaciones por cualquier motivo; robaban cosas que después destrozaban; rompían escaparates o quemaban cubos de basura por el simple hecho sentir la tensión de huir a toda prisa.
A esas alturas no buscaban hacerse notar; el instituto era agua pasada desde el momento en que empezaron a tener más faltas a clase que asistencias. Ahora no coqueteaban con el tabaco y las drogas, habían pasado de fumarse un cigarro clandestino en el recreo a comprarse sus paquetes; de probar alguna calada de los porros que les ofrecían a vender ellos mismos la mercancía.
Álex llevaba la cadena y Javi tiraba de ella.
Definitivamente cruzaron la línea el día en que, llendo colocados, casi matan a palos a un chaval que no llevaba dinero para pagarles las cuatro perras que les debía por unos cogollos de maría.
Empezaban a considerarse mafiosos de película, y les gustaba.
Cuando se dieron cuenta de que aquello se les estaba quedando pequeño, empezaron a pasar coca; se compraron un coche, colgaron en sus cuellos cadenas de oro y se hicieron con una pistola. Entonces las amenazas se convirtieron en su tarjeta de visita, para después pasar a las hostias sin previo aviso y a las palizas por simples miradas.
A los veinte años llevaban a sus espaldas un rosario de incontables credos; seguían viviendo con sus padres; éstos los consideraban estudiantes, y ellos estudiaban cómo vender más cantidad de droga sin que les pillasen.
Javi había conseguido hacer de Álex un hombre con cojones que no se achicaba cuando tenía que patearle la boca a un viejo que los hubiese mirado directamente a los ojos.
Vivían sin pensar en el pasado, sin importarles el futuro; ellos eran los que ofrecían una raya de coca mal cortada a las pequeñas Lailas para que se dejasen follar en los sucios lavabos de cualquier ratonera.
Pensaban que tenían la vida resuelta porque este mundo gira movido por el dinero y el miedo; ellos tenían de lo uno y proveían de lo otro a diestro y siniestro.
Pero la vida es dura hasta para quien es duro con ella; algo en lo que nunca había pensado Javi hasta el momento en que sintió atónito cómo una navaja le atravesaba el corazón desde la espalda; no se plantearon el hecho de que siempre hay un pez más grande y con dientes más afilados unos días antes, cuando le dieron una paliza al hermano de alguien con quien no debieron haberse metido.
Javi no tuvo oportunidad en su corta vida para matar a nadie; lo mataron a él. Sin embargo, antes de cerrar los ojos para siempre, pudo ver a su amigo Álex acribillar a balazos a su asesino. Después oscuridad.
Ahora, mientras uno es presa de los gusanos, el otro está aprendiendo lo que es recibir amor de preso en la cárcel.
Mucha gente se ha imaginado alguna vez sus huesos en esa situación; excepto los cerdos a los que tarde o temprano les llega su san martín.
Álex siempre fue un paso por detrás de Javi; una amistad de las de quiero ser como tú pero me faltan huevos; algo que le recordaban bastante a menudo en los círculos por los que se movían.
Nacieron en un barrio bien, que es el calificativo de los que no viven ahí, pero quisieran. Todo fueron almohadas a sus pies muchos años antes de llegar hasta donde están hoy; tampoco se solían quejar salvo para pedir un poco más, y no tenían que insistir demasiado.
Crecieron bajo muchos ojos vigilantes, sufragados por la preocupación de unos padres atentos y estrictos; atados por el yugo de un control férreo que apenas les dejaba disfrutar de las invenciones de su imaginación infantil; e irónicamente envidiados por sus amigos, los de más baja estofa; los que no tenían hora de vuelta.
Sus vidas comenzaron a cambiar a su llegada al instituto; dos palomos en una jaula de gatos, así que tenían dos opciones: arañar o volar.
Javi pensó que si iba a pasar varios años allí, no sería arrastrándose por las esquinas con la cabeza gacha, así que decidió sacar sus garras y las de su amigo, que no solía pensar por sí mismo, y dejar claro a todos que habían llegado dos hijos de puta con los que debían tener cuidado.
Pero en realidad sólo eran perros de los que ladran mucho, por lo que se dedicaban principalmente a intimidar mediante amenazas, generalmente a niños enclenques y solitarios para así ir forjándose una fama que les precediera.
Con el tiempo su afinidad caminó por sendas separadas; Javi se estaba convirtiendo en un animal rabioso sediento de sangre mientras que Álex era más calmado, porque su alma no estaba podrida; sin embargo la agresividad y determinación de su inseparable amigo, aunque más que eso, el respeto hacia él, le impedían desarrollar personalidad propia, y le arrastraba día a día hacia el fondo del callejón.
Y así fueron evolucionando, pasando de cometer simples travesuras a pequeños delitos, relamiéndose y saboreando la adrenalina; pidiendo más.
Buscaban confrontaciones por cualquier motivo; robaban cosas que después destrozaban; rompían escaparates o quemaban cubos de basura por el simple hecho sentir la tensión de huir a toda prisa.
A esas alturas no buscaban hacerse notar; el instituto era agua pasada desde el momento en que empezaron a tener más faltas a clase que asistencias. Ahora no coqueteaban con el tabaco y las drogas, habían pasado de fumarse un cigarro clandestino en el recreo a comprarse sus paquetes; de probar alguna calada de los porros que les ofrecían a vender ellos mismos la mercancía.
Álex llevaba la cadena y Javi tiraba de ella.
Definitivamente cruzaron la línea el día en que, llendo colocados, casi matan a palos a un chaval que no llevaba dinero para pagarles las cuatro perras que les debía por unos cogollos de maría.
Empezaban a considerarse mafiosos de película, y les gustaba.
Cuando se dieron cuenta de que aquello se les estaba quedando pequeño, empezaron a pasar coca; se compraron un coche, colgaron en sus cuellos cadenas de oro y se hicieron con una pistola. Entonces las amenazas se convirtieron en su tarjeta de visita, para después pasar a las hostias sin previo aviso y a las palizas por simples miradas.
A los veinte años llevaban a sus espaldas un rosario de incontables credos; seguían viviendo con sus padres; éstos los consideraban estudiantes, y ellos estudiaban cómo vender más cantidad de droga sin que les pillasen.
Javi había conseguido hacer de Álex un hombre con cojones que no se achicaba cuando tenía que patearle la boca a un viejo que los hubiese mirado directamente a los ojos.
Vivían sin pensar en el pasado, sin importarles el futuro; ellos eran los que ofrecían una raya de coca mal cortada a las pequeñas Lailas para que se dejasen follar en los sucios lavabos de cualquier ratonera.
Pensaban que tenían la vida resuelta porque este mundo gira movido por el dinero y el miedo; ellos tenían de lo uno y proveían de lo otro a diestro y siniestro.
Pero la vida es dura hasta para quien es duro con ella; algo en lo que nunca había pensado Javi hasta el momento en que sintió atónito cómo una navaja le atravesaba el corazón desde la espalda; no se plantearon el hecho de que siempre hay un pez más grande y con dientes más afilados unos días antes, cuando le dieron una paliza al hermano de alguien con quien no debieron haberse metido.
Javi no tuvo oportunidad en su corta vida para matar a nadie; lo mataron a él. Sin embargo, antes de cerrar los ojos para siempre, pudo ver a su amigo Álex acribillar a balazos a su asesino. Después oscuridad.
Ahora, mientras uno es presa de los gusanos, el otro está aprendiendo lo que es recibir amor de preso en la cárcel.






















