¿Cómo es la vida de un preso? ¿Y de una presa?

Mucha gente se ha imaginado alguna vez sus huesos en esa situación; excepto los cerdos a los que tarde o temprano les llega su san martín.

Álex siempre fue un paso por detrás de Javi; una amistad de las de quiero ser como tú pero me faltan huevos; algo que le recordaban bastante a menudo en los círculos por los que se movían.
Nacieron en un barrio bien, que es el calificativo de los que no viven ahí, pero quisieran. Todo fueron almohadas a sus pies muchos años antes de llegar hasta donde están hoy; tampoco se solían quejar salvo para pedir un poco más, y no tenían que insistir demasiado.
Crecieron bajo muchos ojos vigilantes, sufragados por la preocupación de unos padres atentos y estrictos; atados por el yugo de un control férreo que apenas les dejaba disfrutar de las invenciones de su imaginación infantil; e irónicamente envidiados por sus amigos, los de más baja estofa; los que no tenían hora de vuelta.

Sus vidas comenzaron a cambiar a su llegada al instituto; dos palomos en una jaula de gatos, así que tenían dos opciones: arañar o volar.
Javi pensó que si iba a pasar varios años allí, no sería arrastrándose por las esquinas con la cabeza gacha, así que decidió sacar sus garras y las de su amigo, que no solía pensar por sí mismo, y dejar claro a todos que habían llegado dos hijos de puta con los que debían tener cuidado.
Pero en realidad sólo eran perros de los que ladran mucho, por lo que se dedicaban principalmente a intimidar mediante amenazas, generalmente a niños enclenques y solitarios para así ir forjándose una fama que les precediera.

Con el tiempo su afinidad caminó por sendas separadas; Javi se estaba convirtiendo en un animal rabioso sediento de sangre mientras que Álex era más calmado, porque su alma no estaba podrida; sin embargo la agresividad y determinación de su inseparable amigo, aunque más que eso, el respeto hacia él, le impedían desarrollar personalidad propia, y le arrastraba día a día hacia el fondo del callejón.

Y así fueron evolucionando, pasando de cometer simples travesuras a pequeños delitos, relamiéndose y saboreando la adrenalina; pidiendo más.
Buscaban confrontaciones por cualquier motivo; robaban cosas que después destrozaban; rompían escaparates o quemaban cubos de basura por el simple hecho sentir la tensión de huir a toda prisa.

A esas alturas no buscaban hacerse notar; el instituto era agua pasada desde el momento en que empezaron a tener más faltas a clase que asistencias. Ahora no coqueteaban con el tabaco y las drogas, habían pasado de fumarse un cigarro clandestino en el recreo a comprarse sus paquetes; de probar alguna calada de los porros que les ofrecían a vender ellos mismos la mercancía.
Álex llevaba la cadena y Javi tiraba de ella.
Definitivamente cruzaron la línea el día en que, llendo colocados, casi matan a palos a un chaval que no llevaba dinero para pagarles las cuatro perras que les debía por unos cogollos de maría.
Empezaban a considerarse mafiosos de película, y les gustaba.

Cuando se dieron cuenta de que aquello se les estaba quedando pequeño, empezaron a pasar coca; se compraron un coche, colgaron en sus cuellos cadenas de oro y se hicieron con una pistola. Entonces las amenazas se convirtieron en su tarjeta de visita, para después pasar a las hostias sin previo aviso y a las palizas por simples miradas.

A los veinte años llevaban a sus espaldas un rosario de incontables credos; seguían viviendo con sus padres; éstos los consideraban estudiantes, y ellos estudiaban cómo vender más cantidad de droga sin que les pillasen.
Javi había conseguido hacer de Álex un hombre con cojones que no se achicaba cuando tenía que patearle la boca a un viejo que los hubiese mirado directamente a los ojos.

Vivían sin pensar en el pasado, sin importarles el futuro; ellos eran los que ofrecían una raya de coca mal cortada a las pequeñas Lailas para que se dejasen follar en los sucios lavabos de cualquier ratonera.

Pensaban que tenían la vida resuelta porque este mundo gira movido por el dinero y el miedo; ellos tenían de lo uno y proveían de lo otro a diestro y siniestro.

Pero la vida es dura hasta para quien es duro con ella; algo en lo que nunca había pensado Javi hasta el momento en que sintió atónito cómo una navaja le atravesaba el corazón desde la espalda; no se plantearon el hecho de que siempre hay un pez más grande y con dientes más afilados unos días antes, cuando le dieron una paliza al hermano de alguien con quien no debieron haberse metido.
Javi no tuvo oportunidad en su corta vida para matar a nadie; lo mataron a él. Sin embargo, antes de cerrar los ojos para siempre, pudo ver a su amigo Álex acribillar a balazos a su asesino. Después oscuridad.

Ahora, mientras uno es presa de los gusanos, el otro está aprendiendo lo que es recibir amor de preso en la cárcel.

Adelante, no sigas dudando. Llevo toda la vida cuidando de tí, haciéndote favores, velando por que los problemas en los que te metías no te afectaran. Ahora no tienes elección, no puedo seguir ayudándote en esas condiciones; tú te lo has buscado metiéndote en ese callejón lleno de ratas; te están comiendo poco a poco, pequeños bocados a tu mísera existencia que te hacen menguar; pareces un esqueleto; no tienes más que mirarte al espejo. Eres un estúpido y me has obligado a esto. Tienes la conciencia destrozada por las patadas que tú mismo le das; no vales ni el ataúd en el que acabarás porque eres un trozo de mierda.

El aire le rozaba la cara suavemente y lo sentía ahora como fuego quemando su piel mientras el estómago quería soltar hasta el último gramo de esa asquerosa vida. Puso los brazos en cruz levantando la cabeza y sintió mareo; necesitaba dejarse caer hacia atrás pero algo se lo impedía; quizá los cuarenta metros que le separaban del suelo.

Vamos cretino, a qué estás esperando; si no te lanzas lo haré yo y será peor porque primero sentirás más dolor del que puedas soportar hasta rogarme de rodillas que haga cesar tu mísera existencia. No se te ocurra ahora plantearte otra posibilidad porque ya no la hay, estás condenado a reventar tu estúpida cabeza contra el asfalto; lo único bueno que te resta en este momento es saber que al menos disrutarás de la caída; cierra los ojos e intenta evadirte porque no hay lugar ni al arrepentimiento. Estás muerto y eres consciente de ello, pero aún no quieres asumirlo; sólo consigues retrasar lo inevitable y prolongar tu sufrimiento. ¡Vamos! No tengo todo el día.

El sudor que perlaba todo su rostro reflejaba la angustia de una última y crucial decisión; o mejor dicho, el hecho de que no existía tal decisión; las opciones se limitaban a una; había levantado la carta y resultó ser la más baja.
Oteó el horizonte y todo se le antojaba oscuro: la noche y los edificios se cernían sobre su cabeza y lo aplastaban; lo presionaban e impedían que pudiese respirar; pero sin embargo estaba tranquilo; su futuro estaba ahora compactado en unos pocos segundos y no sabía en qué o quién pensar antes de lanzarse al vacío.

Ya sé lo que intentas, pretendes irte en paz contigo, estás buscando el momento más adecuado de tu vida para ponerlo entre tú y el precipicio amortiguando así el penoso final de tu desastrosa existencia. Me produces risa y pena. No te mereces ni eso. Te vas a quitar de enmedio como un cobarde, eso es lo único en lo que debes pensar; has pasado por este mundo sin dejar huella, no te echará de menos nadie, ¿me oyes? ¡nadie! Eres un engendro y como tal debes morir. Borra de tu mente toda idea de felicidad porque nunca la has tenido; precisamente por eso te vas. Deja ya el hueco que estás ocupando inútilmente para que otro pueda intentar hacer algo más que tú, cosa harto fácil.
¡Vamos!

La presión era tan insostenible para él que irremediablemente se echó a llorar temblando; agachándose para hacerse un ovillo sobre el borde del edificio que sería testigo silencioso de un final irónico: un edificio en ruinas, instrumento del fin de una vida ruinosa.
Mientras sollozaba angustiado bajaba las manos al suelo y arañaba inconscientemente buscando algo a lo que atenerse; un mínimo aliento de vida.
Temblaba y lloraba como un niño.

Esto es lo último que te quedaba ya, llorar.
Siento tanto asco de tí que me están entrando ganas de darte una patada en la boca y ver como vomitas la sangre que te ha faltado desde que naciste. ¿Te vas a quedar ahí temblando? ¿Llorando tu incompetencia y cobardía para enfrentarte al mundo? Se me está terminando la paciencia y no quiero sentir más pena por tí, bastante he tenido. Termina con esto ya y libra al mundo del hedor que desprendes.
¡Eres escoria!

Finalmente abrió los ojos llenos de lágrimas; miró al frente poniéndose de nuevo en pie; inspiró hondo apretando los puños; levantó la cabeza y dio un paso al frente con total decisión.

Desde ahora quedas relegado a un segundo plano.
He decidido que estoy preparado para eliminarte de mi mente; ya no me sirves de nada porque has intentado destruirme.
Voy a empezar a caminar por mí mismo.

Y se dirigió pausadamente hacia el interior del edificio; dispuesto a empezar de nuevo; dispuesto a no escuchar más esa voz; dispuesto a olvidar.

El día que Sami nació su madre sintió una tristeza extraña.
Desde muy pequeño tuvo flashes que acudían a su cerebro esporádicamente haciéndole sentir una lejana necesidad; algo pequeñito al oído que le susurraba una y otra vez, aunque al pensarlo diera la espalda a esas ideas tan horribles, asustado de sí mismo. Le producía excitación imaginar la escena y cada vez ese pensamiento era más recurrente; los años no hacían más que llenar el montoncito de arena, grano a grano; pero esta vez no se colmaría el vaso, sino que reventaría; solo que aún no lo sabía.

Nació y creció con una pequeña tara que lo marcaría en su infancia por culpa de los crueles niños. Ya veréis hijos de puta, algún dia lo veréis. Y era en esos momentos cuando venían aquellas imágenes y lo embriagaban de satisfacción. Tenía una pierna más corta que la otra; cojeaba; la intentaron corregir durante largo tiempo con aparatos que lo convertían en un niño robot, pero cosas de la vida, empeoró.
Caminaba requeante, circunstancia que además, hizo que su columna también se desviase y a cada paso que daba, al intentar autocorregirse con un leve impulso, hacía un extraño gesto con la cara, terminando de convertirlo en un pequeño monstruito: el robot-cojo.

Los niños nunca son conscientes de su crueldad; es una lucha encarnizada por ser el mejor y a esa edad significa menospreciar al otro para ganar puntos; por lo que eran comunes los corros a su alrededor gritando al unísino robot-cojo mientras él lloraba callado y mirando la suelo.

Sami, como era de esperar, no tuvo amigos, tampoco amigas especiales; de hecho casi no tuvo conocidos. Pasó muchos años en completa soledad, exceptuando las altas dosis de cariño que recibía de sus padres todos los días para compensar; todo y nada en cuestión de minutos.
Cuando el niño robot empezó a tener conocimiento de su sexualidad consideraba un hecho normal masturbarse de vez en cuando con esas imágenes que le acompañaban en su soledad.
Entre putada y putada iba haciéndose grande ese montón de arena y cada grano era una razón más para hacer suyos los pensamientos que surgían de la nada.

Odiaba el colegio; a sus compañeros; a los profesores que no les castigaban; a las personas que le miraban por la calle con cara de lástima unos, jocosa otros. Odiaba a los niños que jugaban al fútbol mientras él los miraba por la ventana; a los ciclistas; a los bailarines; y cuando tuvo conciencia de la pena que sentían sus padres por él, también empezó a odiarlos; con toda su alma.
Esa rabia iba creciendo con él y junto a ésta, la necesidad de hacer algo para calmarla.

A partir de los quince años, el aparato metálico que abrazaba su pierna con correas como una muleta extraña con suela de goma ya no serviría de nada. Había conseguido disimular un poco la cojera; pero el mérito había sido más suyo que del dichoso hierro, porque aprendió con los años a compensar el movimiento de su cuerpo; pero no el rencor.

Cuando le dijo el médico que ya podía quitarse su cruz de la pierna se dibujó una alegre sonrisa en la cara de sus padres que contrastaba con la impasibilidad de la suya; se negó a quitársela pese a la insistencia de todos y volvió a su casa andando con el aparato puesto.
Al llegar les dijo a sus padres que iba a dar un paseo, quería quitarse los hierros en el parque para que lo vieran los demás niños. Ellos sintieron una enorme emoción y orgullo ante aquella entereza.

Pero Sami no fue al parque, en lugar de ello caminó con el aparato puesto sin rumbo fijo, recorriendo calles, vagando; hasta que se encontró con un niño cualquiera en un descampado donde había una higuera y pasaba una acequia.

El pequeño que jugaba distraído levantó la mirada y contempló al niño robot con la inocencia de quien ve un pajarito que no puede volar y quiere ayudarle; éste sonrió por primera vez en muchos años y sin dar tiempo a que cuajara algo de amistad descargó una y otra vez toda la rabia que tenía acumulada sobre cabeza de la única persona que lo había visto como un igual.
Se desabrochó las correas, metió los hierros en la acequia y se deleitó viendo correr la sangre; abandonando la niñez para siempre.
Cuando terminó se quedó mirando al niño muerto y tuvo un flash; volvió a sonreír y regresó a casa con su aparato en la mano, la mayor satisfacción que había sentido en su toda su vida y una promesa.

A María siempre le habían dicho que tenía un nombre muy bonito; el día que la detuvieron la llamaron perra asquerosa.

Cuando se escuchó el primer chasquido rompiendo el siniestro silencio de aquel paraje de muerte, sintió que la boca se le llenaba de azufre y supo entonces que ya nada la libraría de ir al infierno.
Supongo -pensó- que el infierno al que voy no puede ser tan malo como este que ahora dejo.

El sol calentaba su cuerpo y durante toda la mañana pudo percibir el olor de la primavera traído por una fresca brisa, que respiraba profundamente mientras cerraba los ojos, llenaba los pulmones e imaginaba su niñez con un leve resquicio de sonrisa, tan lejana ahora como su propia existencia.

En la vida de María hubo dos momentos: el día que conoció al ahora padre de sus tres hijos para más tarde dejarlo todo e irse con él a vivir a un lugar desconocido movida por el cariño; y aquel en que, tiempo después, la acusaron de algo por pura envidia, qué importaba ya lo que fuese, condenándola a dos infiernos.
Siempre fue una muchacha de fuertes arraigos y costumbres; no conoció otra cosa. Se la educó para ello, y como consecuencia se había convertido en una mujer amable y temerosa de Dios.

¿Qué pasaba en este mundo para que todos sintieran tanto odio entre ellos?

Un instante, o quizá horas después -nunca se sabe a qué velocidad va el tiempo cuando se está en esa situación-, se escucharon otros tantos chasquidos, uno detrás de otro.
Una fila de hombres vestidos con capa y guadaña estaban frente a ella, pero no podía verlos, tenía los ojos vendados y las manos tras la espalda.

Perra asquerosa. Le había dolido sombremanera que la llamasen así porque no comprendía cómo una persona puede comportarse con esa altanería y soberbia aún sin conocer nada de ella. Esa había sido la expresión que rondó su mente durante los primeros días del largo encierro marcado por comidas agusanadas, agua turbia, humedad, llantos acallados y desprecio; mucho desprecio.
Después del desconcierto inicial su incertidumbre se bifurcó en caminos separados: miedo y rabia por estar ahí sin haber cometido ningún crimen; y esperanza de que todo fuese un grave error. Pero con el paso del tiempo el camino de la esperanza viró para encontrarse de nuevo con el otro, que ahora se había convertido sólo en miedo.

María sabía escribir, y además le ponía todo el corazón a cada palabra que plasmaba en el papel. En un determinado momento alguien le permitió enviar una carta a quien quisiera, como letanía de un cada vez menos incierto destino; un último ofrecimiento para que sus verdugos pudiesen dormir con las conciencias limpias:

Hola mi cariño y mis estrellas. ¿Veis como no me iba a ir sin despedirme? Aquí me tenéis para que podáis recibir de mi mano estas palabras llenas de fuerza y amor.
Poco hemos podido hablar desde que vinieron a buscarme, y algo me dice que estas van a ser las últimas letras que leáis de mí. Creo que se han confundido, pero aún así no me perdonan.
Aquí todo es mucha confusión, nadie sabe lo que va a pasar dentro de un rato, pero me he hecho el cuerpo a lo peor, y que sea lo que Dios quiera.
Antes de que sea demasiado tarde me gustaría deciros que no estéis tristes, tengo la tranquilidad de saber que esto es un error y que Dios sabrá ponerlo todo en su sitio.
Os quiero mucho, os echo de menos. Desde que estoy aquí no ha habido un sólo minuto en el que no haya pensado en vosotros, los cuatro.
Cuidad de papá ahora que necesitará ayuda. Decidle todos los días que no se rinda a la tristeza, que yo no querré eso y os estaré mirando desde arriba.
Os quiero.

Cuando terminó de escribir dobló el fino y amarillento papel con sumo cuidado, le dejó el gastado lápiz a una compañera y lloró de incomprensión mientras abrazaba su valiosa esquela; lo único que la unía en ese momento a su familia.

María tuvo la mala suerte de haber nacido en una época convulsa, y en un país lleno de imbéciles que se mataban por pensar distinto; donde la jodida envidia podía ser motivo de falsas acusaciones y sentencias de muerte. Qué importa pensar distinto cuando la humanidad ha perdido el norte y la saña se ha convertido en moneda de cambio. Nada; un tiro y a otra cosa.

El zumbido que salía de la boca de aquellos cañones era la marcha fúnebre de otro día nefasto.
Justo en ese instante alguien quemaba un fajo de cartas mientras reía con gesto sádico y las palabras más sentidas del mundo se evaporaban con el humo del cigarro de aquel malnacido.

María, a pesar de todo, en su último suspiro tuvo la suerte de que el primer chasquido con su primer zumbido lanzó una bala directa a su corazón haciéndola dejar esta tierra de salvajes con mucha pena pero sin dolor.

...Finalmente, apretando sus nalgas con fuerza levanté su cuerpo, ella me abrazó con brazos y piernas quedando suspendida a la altura justa para que pudiese sentir mi leve y rítmico roce en su clítoris, ahora desarmado; despojado; húmedo; tembloroso... y aún con los ojos tapados le susurré al oído: Guíame...



Esa palabra: Guíame; susurrada suavemente al tiempo que mis labios rozaban el lóbulo de su oreja, fue el mecanismo que activó todo el engranaje de su cuerpo y lo prendió con una llama que pude sentir en mi oído en forma de leve gemido.

Tensó sus brazos alrededor de mi cuello y presionó aún más las piernas en ese delicioso abrazo, moviéndose rítmicamente arriba y abajo con la respiración agitada y los ojos cerrados. Sin decir una sola palabra continuó así mientras abría la boca más y dejaba escapar agitadas exhalaciones.
Inspiró profundamente; contuvo el aire; apoyó la cabeza en mi hombro y siguió presionando su cuerpo contra mí con todas sus fuerzas, al tiempo que soltaba un delirante jadeo entrecortado.
Tanto tiempo llevaba imaginando esa escena que no pudo ni quiso contenerse, explotando en un inmenso orgasmo con el solo roce de su empapado clítoris en mí.

Sentir lo que estaba sucediendo con los ojos tapados por aquel pañuelo no hizo más que aumentar mis deseos de tumbarla en cualquier lugar y desahogar toda la tensión que estaba acumulando desde hacía largo rato; tras recuperarse me guió lentamente mientras disfrutaba de mis labios e introducía su lengua ávida de la mía hasta que me dijo: puedes dejarme caer, hemos llegado a mi cama.

De un leve impulso la dejé caer hacia atrás escuchando cómo su cuerpo rebotaba sobre el firme colchón y me quité el pañuelo disfrutando de una visión mil veces fantaseada; tumbada, desnuda, con sus ojos puestos en mis caderas y esperando deseosa que me abalanzase sobre la cama; me deslicé recorriendo toda su piel desde abajo, agarré sus muñecas levantando sus brazos sobre nuestras cabezas mientras me dejaba caer en su cuerpo, abriendo sus piernas con las mías e introduciéndome en ella cen-tí-me-tro a cen-tí-me-tro con una embestida que la hizo gritar en una explosión de calor y placer.

Y así permaneció, sin el más mínimo pudor exigiendo que continuase; mordiéndome todo cuanto encontraban sus labios en cada movimiento de mi pelvis... suspirando... gimiendo... gritando...
porque yo continuaba con sus manos sujetas, con fuerza, haciéndola experimentar el gozo de sentirse indefensa y totalmente sumisa.
Con todo mi cuerpo sobre el suyo podía notar en cada poro de mi piel cómo su temperatura iba en aumento, sus pezones acariciando mi torso, mis labios en su cuello... su cara... su barbilla... inspirando su excitada respiración; para terminar comiendo de sus labios y su lengua.

Entre gemido y gemido me susurraba al oído: me estás matando.

Follamos incansables perdiendo la noción del tiempo; comiéndonos y bebiéndonos las vidas; gritándonos las ganas que habíamos acumulado a lo largo de tanto tiempo...

Una fina capa de sudor comenzaba a perlar nuestra piel; exhaustos de sexo, jadeos, roces, torsiones y distorsiones de nuestra nublada lascivia en aquella cama con las sábanas arrugadas y los muelles cansados; seguía repitiendo: me estás matando; no pares... y el candente movimiento de nuestros cuerpos perfectamente acoplados continuó porque ninguno de los dos quería cesar en aquella locura, hasta que su respiración se volvió más rítmica... sus ojos se cerraron... apretó los labios... entrelazó sus dedos con los míos y al final, cuando sus músculos se tensaron para dar rienda suerta al clímax... me detuve y le dije: ahora voy a hacer lo que quiera contigo; y relamiéndose los labios, con una sonrisa complacida me respondió: eres un cabrón.
...y comenzábamos de nuevo con un ritmo pausado el húmedo y suave roce al penetrar todo mi ser entre sus piernas...
Sexo, sólo sexo y placer como chicos malos, mientras desde la pared nos observaban los retratos de su vida de chica buena.

El brillo de la calle mojada le devolvía imágenes rugosas de su propio presente. A poca distancia, los transeúntes caminaban envueltos en sus existencias sin hacer el menor incapié en la figura que les observaba solitaria desde el banco, con el pelo revuelto y una pequeña lágrima inundando su ojo izquierdo.
Sentía tristeza; una tristeza sin sentido, de las de ver llover y nublarse el corazón contagiado por los nubarrones.

A mucha distancia en metros y días había alguien llorando cuya tristeza estaba llena de sentido, tanto que podía cubrir la suya y la de la figura del banco.
Dos melancolías unidas en el presente por un pasado que se empeñaba en volver una y otra vez para dejar claro que ahí seguía, machacando sus recuerdos.

Ern y Elisa.

Desde la ventana de un edificio cercano vigilaban cada movimiento de Ern, o mejor dicho, su eterna quietud en aquel banco al que siempre acudía.
Lejos, los cristales de la ventana de Elisa se empañaban de impotencia y odio mientras la camiseta de su pijama se iba mojando de amor salado; ese que nadie quiere.
No había vuelto a ser la misma.

Noche, lluvia, amor, luces.

Ernesto, que así se llama él, había estado junto a Elisa durante tres años; sucesos que ahora, y sólo ahora recordaba, sobre los que paseaba absorto mientras sus ojos sin mirada contemplaban taciturnos el transcurrir de vidas ajenas.
Elisa había estado junto a Ern, pero otro Ern, el que un día fue; otra persona distinta que ya no existía; la había abandonado para siempre en aquel jodido traspié del destino.

Gritos, llantos, sangre, asfalto.

Ella lloraba, más que su mala suerte, la de él; y por una puta vida que ya no tenía sentido. No quería volver a empezar para caer de nuevo; su pijama permanecería pegado a su cuerpo y su mirada a la ventana, como penitencia por la convicción de que había cometido un grave error viniendo al mundo; y la de que éste sólo le depararía sufrimiento.

Luces, ambulancias, llantos, rabia.

El destino no son más que casualidades provocadas por causalidades; unidas una tras otra, haciendo que, por ejemplo, dos personas se conozcan en un determinado momento, y el hecho quede marcado a fuego como algo previamente escrito en su línea de la vida.
Y así ocurrió: una chica joven que sin buscarlo, encontró a un joven que no la buscaba; se conocieron; se llevaron bien, y comenzaron a quererse para después, no concebir sus vidas uno sin otro.
Las vicisitudes de un amor son siempre especiales para quien las vive en primera persona; y para cada cual, el suyo propio es el más especial del mundo, al margen de todo lo demás; así que, el de Ern y Elisa fue el amor más grande jamás contado, pensaba ella con la vista borrosa por las eternas lágrimas que se habían establecido en sus ojos como fastidiosas inquilinas.

Silencios, hospitales, más llantos, más rabia.

Comprendía perfectamente por qué no estaba en ese momento abrazando a Ern y eso la mataba.
Entendía lo que habia ocurrido cuando caminaban por una calle oscura cogidos de la mano y besándose a cada paso.
Sabía sobradamente que no habían visto ese coche por su propia culpa, por su falta de prudencia.
Pero no era capaz de aceptar que el puto destino lo hubiese elegido a él y no a ella.
Unas luces surgieron de la nada, o eso dijeron; no se dieron cuenta hasta que fue demasiado tarde y aquel coche atropelló a Ern, dejando parte de su vida en el borde de la carretera.

Pasó meses en el hospital, con la inseparable compañía de Elisa que esperaba pacientemente su regreso del mundo de los sueños; hablándole sin descanso; movida por esa fuerza inconmensurable que es la esperanza y una sonrisa melancólica de estoy aquí contigo, pero no te tengo.
Él escuchó desde el otro lado, pero no comprendió.

Al despertar, el universo cayó sobre Elisa cuando Ern la miró extrañado y le preguntó: ¿quién eres?

Mucha distancia los separa ahora en metros y días tras comprender ella que todo estaba perdido; que ya no había esperanza; que lo mejor era alejarse de la insoportable tortura que suponía mirar unos ojos que no la reconocían; incapaces de articular palabra y fijos en un horizonte apagado.
Tal vez por eso, ahora, sentado en el banco, una lágrima recorre la mejilla de él, y esa tristeza sin sentido, va cobrándolo poco a poco, como una deuda pendiente.


Laila tuvo una infancia de arcilla y una juventud de barro.

Laila nació en una casa rota como el salvoconducto de un matrimonio extinto; pero no fue suficiente para los gorilas del rencor y en lugar de salvar, se quedó fuera, a la intemperie de un cariño usado como arma arrojadiza; en medio del camino entre cuchillos y serpientes.
Su tierna edad era incapaz de discernir quién era el bueno o el malo, pero ya se encargaba cada uno de explicárselo cuando el otro no miraba.

Laila tuvo que ver entre lágrimas cómo las lágrimas de su madre se mezclaban con gritos e insultos; cómo los sollozos de su padre rezumaban odio y arrepentimiento a partes iguales.

Durante los primeros años de vida conoció en persona el verdadero rostro de la condición humana; vivió el egoísmo arrebatador de todo cuanto creían suyo sus padres, sin tener en cuenta que ella valía mucho más que un tiro en la nuca a los dos y fin del juego.
Pero los disparos sólo dañaban el interior de sus almas volviéndolas negras y mezquinas; haciendo rebotar en ella misma los excrementos de sus disputas.

Laila fue moldeada con manos encalladas, en un toma y daca de descréditos por parte de uno y otro, sobre un torno que giraba cada día en un sentido.

Al acabar su infancia seguía tan perdida como cuando fue engendrada en un acto de sexo por compasión pero sin amor; con un padre distante que se negaba a saber de ella y una madre que viajaba de flor en flor en busca de una felicidad que nunca encontraría; que compró una tele y la puso en la habitación de su hija para que se encerrase mientras ella buscaba y buscaba cada noche a golpe de cabecero de cama contra la pared que las separaba.

El día que Laila perdió la virginidad le dijo a su novio de dos semanas que follaba como el culo, y lo mandó a tomar viendo para buscar alguien con más años y más centímetros. Cuando lo encontró, el sexo le supo mejor y se convenció definitivamente de que el anterior era un torpe.
Con trece años nadie le había enseñado que el dolor de la primera vez es normal.

Para ella nada en la vida era especial; las cosas venían y las cogía, las devoraba sin contemplaciones, como las pastillas que le ofrecían en los antros a los que acudía pintada de chica mayor con amigos mayores.
Bailaba hasta el amanecer igual que un títere manejado por las cuerdas de la coca y el alcohol; volviendo a una casa con notas amarillas en el frigorífico, que únicamente decían: prepárate tú la comida.

A Laila sólo la llamaban así sus amigos, porque en los albores de su juventud quiso olvidar todo cuanto le recordaba que había sido criada como los perros, así que cambió de nombre y se largó de casa sin recibir un triste o arrepentido adiós; pero se olvidó de algo importante, cambiar de vida.
Su adolescencia pasó dejando pocos recuerdos y muchas marcas. A los veinte años, su cara reflejaba el desgaste de más de treinta, y su cerebro llegó a la conclusión de que sólo había una forma de ganar dinero para seguir con la vida que irónicamente le gustaba.

Años habían pasado desde que empezase a dejarse follar a cambio de dos rayas de coca; ahora no era tan estúpida, tenía claro que su cuerpo valía dinero y no droga, después ya lo gastaría en lo que quisera.

Cuando se quedó embarazada por segunda vez, tuvo que pagarse de nuevo el aborto, pero esta vez no necesitó buscar a alguien de confianza y mayor de edad para que la ayudase.

Ahora el padre de Laila vive con una mujer a la que conoció hace unos años y trabaja para dar de comer a los dos hijos de ésta, que no suyos; su madre sigue volando sobre edredones, queriendo ocultarse el fracaso que ha sido su vida; ambos viven con el recuerdo de lo que fueron sus vidas juntos enterrado bajo toneladas de la desidia que fue y la indiferencia que es.
Mientras tanto, el joven cuerpo de Laila es sacado del maletero de un coche para tirarlo a la cuneta de una carretera tan perdida como lo fué su propia vida.


Cuando sentí el calor de sus manos colocadas entre mis piernas, presionando y palpando ansiosamente, al tiempo que sus tetas se clavaban en mi espalda, supe que había caído irremediablemente en una deliciosa trampa que jamás me hubiese esperado.

La primera vez que entré a su casa pensé que no la habría imaginado así, aunque de hecho, creo que no llegué a imaginarla nunca, pues siempre que pensaba en ella se me llenaba la cabeza de construcciones cada vez más elaboradas y detalladas sobre su cuerpo desnudo; fantasías irrealizables por la intensa amistad que nos unía, pero como es normal, a veces me siento incapaz de controlar los impulsos de mi líbido.
En todo caso siempre fue más poderoso el respeto que el deseo... hasta ese momento.

La razón por la que fui allí aquel día es irrelevante; al subir me encontré la puerta abierta y ningún rastro de ella, así que fui recorriendo la casa, como en el principio de un juego, imaginando que tarde o temprano la encontraría mirándome divertida y burlándose de mí.
Lo que no imaginé fue que se trataba de su particular partida de ajedrez, cuya estrategia era la sorpresa, por lo que sería ella quien me encontraría, pasando sus brazos desde atrás y colocándome las manos sobre el pecho, haciéndome sentir un leve cosquilleo tras mi oreja e impidiendo que me diese la vuelta, para después, como continuación de ese juego, colocar en mis ojos un pañuelo atado y sumiéndome en un excitante mundo de oscuridad en el que el resto de los sentidos se agudizaron.

Éramos amigos desde hacía años; siempre nos habíamos considerado como tales, me contaba sus problemas cotidianos y las pequeñas discusiones con su novio; yo me desahogaba con ella de la misma manera; bromeábamos y tomábamos de vez en cuando un café o una copa con el único propósito de disfrutar de una compañía demasiado grata para estropearla como pensábamos que ocurriría si la cosa llegaba a más.

En el breve momento que pasó desde que la sentí abrazarme por detrás hasta que sus manos finalmente descendieron sin contemplaciones, mi pulso se aceleró y los pantalones parecieron encojer bajo mis caderas.

-Ya eres mío.

Y todos los músculos de mi cuerpo fueron suyos.

Cada impulso nervioso se concentraba en los puntos exactos en los que posaba sus manos, que exploraban mi cuerpo sin el más mínimo pudor como continuación de su juego y preludio de lo que vendría.

Me giró hacia ella y sentí su respiración en mi barbilla; juntó tímidamente sus labios con los míos durante un brevísimo instante; deteniendo el tiempo y dejando en el aire ese delicioso sonido que me atravesó.
Desabrochó los botones de mi camisa, acercando de nuevo su boca para besar cada parte descubierta de mi torso, uno a uno, agachándose lentamente; clavando un puñal por cada beso y haciendo palpitar intensamente la zona en la que tenía marcado su objetivo, hasta que al llegar bajo mi ombligo, siguió desabrochando, esta vez el pantalón, liberando una presión inconmensurable de pura excitación.

Pero su intención era hacerme sufrir, así que después de desprenderse de casi toda mi ropa, volvió a recorrer el camino, esta vez hacia arriba y me abrió los labios con los suyos en un beso hambriento y húmedo, permitiéndome palparla y comprobar que tan sólo llevaba puesta una fina y suave prenda totalmente ceñida que realzaba sus tetas libres de cualquier otra sujeción y remarcaba los pezones; y bajo ésta, nada.

-Hoy vamos a descargar juntos todo el sexo que hemos estado guardando;
;beso


-Hoy vas a saborear todo lo que desnudas con la mirada cada vez que me miras;
;beso


-Hoy más que nunca me apetece cabalgar sobre tí;
;beso


Tras cada susurro al oído volvía acariciandome la cara con la suya, me comía ansiosa los labios, y regresaba para susurrarme lo siguiente; cada palabra se clavaba en mi cerebro, me tensaba los músculos, me hacía temblar; me estaba matando muy lentamente y yo quería morir mil veces; sus manos eran dos plumas moviéndose sin cesar por toda mi espalda.

Cuando terminó de desnudarme aún permanecíamos en el lugar en el que había empezado; seguíamos de pie; permitiéndome acariciarle todo lo que hasta ahora únicamente había estado en mi imaginación, introduciéndome en sus templados muslos, palpando muy delicadamente cada rinconcito de su cuerpo y captando imágenes mentales de toda su anatomía.

Disfrutaba tremendamente de cada segundo que permanecíamos en ese estado; no sentía nada bajo mis pies porque ella me estaba haciendo flotar en la dulce oscuridad de aquel pañuelo de seda.

Finalmente, apretando sus nalgas con fuerza levanté su cuerpo, ella me abrazó con brazos y piernas quedando suspendida a la altura justa para que pudiese sentir mi leve y rítmico roce en su clítoris, ahora desarmado; despojado, húmedo; tembloroso... y aún con los ojos tapados le susurré al oído: Guíame

Dame una palabra y te devolveré un mundo construído sobre los pilares de cada una de sus letras;
dame un pensamiento y deletrearé los sueños vagabundos en las calles quejumbrosas de tu mente;
déjame volar y conducirte por los pequeños recovecos de mi vida.



Coge mi alma, silenciosa;
haz y deshaz a placer;
ven, camina, cadenciosa;
contemplemos este dulce y silencioso amanecer.


Adoremos nuestro diablo;
con gotas de sangre y vino;
andando bajo las cruces de sus vidas malgastadas;
por funestos desatinos.


Adora mi cuerpo desnudo;
suelta tus pesadas losas;
ven, túmbate sobre mí;
en mi lecho de hambre y rosas;
y come de esta vida que hoy ofrezco para tí.

Bienvenidos a un nuevo año en esta humilde ciudad.

Es un placer empezarlo con una buena noticia, y es que a Ciudad Colmena le ha sido concedido el tercer premio en el concurso al mejor blog del año 2008, organizado por La Casa del Rock. Vale, un tercero es bronce, pero aún así estoy francamente orgulloso, porque no hubiese imaginado obtener ni eso.

Mi agradecimiento a Mr.Rockmantico, quien organizó este concurso a través de su blog, y por supuesto al jurado que ha tomado la decisión.
También quiero felicitar al primer y segundo premio, así como a todos los demás participantes del concurso.




Parece que ha empezado el año con buen pie, espero tener muchas más buenas noticias a lo largo de 2009, y estoy seguro de que así será.

Los reyes me han traído un regalo muy especial de la mano de una estupendísima escritora, María, cuyo blog recomiendo ya que soy lector asíduo:


Butterfly Award


Premio blog de Oro

(María, te he copiado el tipo de fuente :p )

Dos premios que me ilusionan mucho, muchísimo.
Antes de nada, gracias María, por haberte acordado de este rinconcito y lo que supone. Que alguien se acuerde de tí para bien, es el mayor regalo, con o sin premios.

Y puesto que estos reconocimientos tienen ciertas reglas, voy a NO cumplirlas (al menos todas), por las siguientes razones:
1.- No quiero premiar a ningún blog concreto.
1.1- Habrá a quien le suponga un compromiso aceptar y poner el premio en su blog (quizás simplemente por motivos de temática, diseño, etc).
1.2- No sabría elegir a quién dar el premio, me parecería injusto, de entre todos los que se me ocurren, seleccionar a unos pocos.

2- Ahora bien, quiero dar (sinceramente, con toda mi alma) estos premios a tod@s aquell@s lectores/as que visitan mi blog, que contribuyen a hacerlo más grande con sus comentarios, que apoyan lo que escribo con palabras sinceras... en definitiva, a quienes animan a mis dedos a seguir pulsando las teclas del desgastado teclado que tienen debajo día tras día; porque todos sois merecedores de ellos.
Todas las personas a las que me refiero lo sabéis, no hace falta nombrar a nadie concreto, tampoco hace falta que hayáis dejado vuestras pisadas en esta ciudad en forma de comentario.

Ya sé que esto es muy amplio y relativo, pero de verdad, será para mí un honor ver que habéis aceptado mi pequeño regalo de reyes (por algún defecto congénito, siempre suelo dar más de lo que recibo, hasta en el sexo :p )

Edito: acabo de recibir otro gran premio, esta vez de la mano de Ana, estupenda blogger a la que leo todos los días. Gracias Ana!!!Premio Symbelmine
Lo colocaré junto a los otros en el museo.

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