Éramos dos almas perdidas, pero libres; lo teníamos todo, mas un todo que estaba en nuestra mente; en nuestra imaginación.
Volábamos, como las palabras empujadas por el viento; pero sin caer en saco roto, porque cada uno de nuestros sueños nos hacía aún más libres, valedores de un día más, una mirada hacia el sol y una sonrisa de 'quiero y sé que puedo'.
No teníamos nada, qué más daba, poseíamos más que eso, la voluntad de conseguir cuanto quisiéramos; andando con zapatos de plomo sobre una cuerda destensada y saludando sin mirar hacia delante, paso a paso, sin titubeos.
Éramos jóvenes.
Nuestras miradas se cruzaban y mi pensamiento era tuyo; tu alma la mía; y reíamos contentos; cómplices de caminos fortuitos; alabando cada instante concedido y maldiciendo haber ignorado durante tanto tiempo que existías.
Nos hacíamos collares con nudos de garganta entre el beso de despedida y el abrazo al reencontrarnos.
Escribíamos poesías en el aire con versos blancos y negros; otorgándoles significados que sólo nosotros entendíamos; que se desvanecían junto a la luz, por el horizonte, para volver a plasmar las palabras pasionadas de la noche en cielos nublados por nuestras tormentas y locuras; y la música de fondo; y el sudor de cristales empañados por besos, sexo y jadeos.
El valor de los mil 'te quieros' era suficiente para sobrevivir a huracanes o alimentar hambrunas; viviendo más que ayer pero menos que mañana, hasta que ese más se hizo tan grande, que fuimos incapaces de controlarlo y se fue a la deriva, arrastrando sueños, risas, amores y hasta los propios 'te quieros'.
No teníamos nada, qué más daba, poseíamos más que eso, la voluntad de conseguir cuanto quisiéramos; andando con zapatos de plomo sobre una cuerda destensada y saludando sin mirar hacia delante, paso a paso, sin titubeos.

Éramos jóvenes.
Nuestras miradas se cruzaban y mi pensamiento era tuyo; tu alma la mía; y reíamos contentos; cómplices de caminos fortuitos; alabando cada instante concedido y maldiciendo haber ignorado durante tanto tiempo que existías.
Nos hacíamos collares con nudos de garganta entre el beso de despedida y el abrazo al reencontrarnos.
Escribíamos poesías en el aire con versos blancos y negros; otorgándoles significados que sólo nosotros entendíamos; que se desvanecían junto a la luz, por el horizonte, para volver a plasmar las palabras pasionadas de la noche en cielos nublados por nuestras tormentas y locuras; y la música de fondo; y el sudor de cristales empañados por besos, sexo y jadeos.
El valor de los mil 'te quieros' era suficiente para sobrevivir a huracanes o alimentar hambrunas; viviendo más que ayer pero menos que mañana, hasta que ese más se hizo tan grande, que fuimos incapaces de controlarlo y se fue a la deriva, arrastrando sueños, risas, amores y hasta los propios 'te quieros'.




























