Éramos dos almas perdidas, pero libres; lo teníamos todo, mas un todo que estaba en nuestra mente; en nuestra imaginación.

Volábamos, como las palabras empujadas por el viento; pero sin caer en saco roto, porque cada uno de nuestros sueños nos hacía aún más libres, valedores de un día más, una mirada hacia el sol y una sonrisa de 'quiero y sé que puedo'.
No teníamos nada, qué más daba, poseíamos más que eso, la voluntad de conseguir cuanto quisiéramos; andando con zapatos de plomo sobre una cuerda destensada y saludando sin mirar hacia delante, paso a paso, sin titubeos.




Éramos jóvenes.




Nuestras miradas se cruzaban y mi pensamiento era tuyo; tu alma la mía; y reíamos contentos; cómplices de caminos fortuitos; alabando cada instante concedido y maldiciendo haber ignorado durante tanto tiempo que existías.
Nos hacíamos collares con nudos de garganta entre el beso de despedida y el abrazo al reencontrarnos.
Escribíamos poesías en el aire con versos blancos y negros; otorgándoles significados que sólo nosotros entendíamos; que se desvanecían junto a la luz, por el horizonte, para volver a plasmar las palabras pasionadas de la noche en cielos nublados por nuestras tormentas y locuras; y la música de fondo; y el sudor de cristales empañados por besos, sexo y jadeos.
El valor de los mil 'te quieros' era suficiente para sobrevivir a huracanes o alimentar hambrunas; viviendo más que ayer pero menos que mañana, hasta que ese más se hizo tan grande, que fuimos incapaces de controlarlo y se fue a la deriva, arrastrando sueños, risas, amores y hasta los propios 'te quieros'.

-He decidido que voy a dejarlo.

-¿Cómo? Repite eso.

-Que sí, que lo dejo. Estoy harta.

-Tú estarás harta cuando yo te diga. Mientras tanto, seguirás.

-Te he dicho que no. No quiero seguir.

-¿Pero yo es que hablo en chino? Te estoy diciendo que soy yo el que decide. Lo dejarás cuando a mí me dé la gana.

Lágrimas se empezaban a acumular en sus cansados ojos.

-Si es que no puedo, no puedo seguir. Estoy muy cansada de pasar el día en la calle, tengo frío, hambre. Me tratan como si fuera un perro, no tienen consideración ninguna. Siempre hay que hacer lo que digan y como digan, sin rechistar porque se creen con derecho a darte una ostia cuando les plazca.

-Te tratan como lo que eres, ¡una perra!. Pero eres mi perra. ¡Que te quede claro! Y tu trabajo es ese, dejar que hagan lo que quieran porque para eso te pagan.
Y si te pegan, me lo dices, te aseguro que no volverán a mover las manos.

-Estoy muy mal, de verdad. Tienes que entenderme: quiero cambiar de vida, poder mirar dignamente a las personas, vestir como quiera, buscar un trabajo y ganarme la vida decentemente.

-¿Decentemente? Eso no lo decías cuando te saqué de las calles, cuando estabas tirada sin trabajo ni sitio donde dormir. ¿Y ahora me dices que quieres vivir dignamente? Escucha: ¡Tú has nacido para esto! Y no vas a cambiar de vida, y cuanto antes te lo metas en la cabeza, antes te olvidas del tema. ¿Está claro?

Más lágrimas; más sollozos; más impotencia.

-Por favor. Por favor te lo pido.

-¡Ni por favor ni mierda! Vas a seguir donde estás, y como se te ocurra largarte, te vas a enterar de con quién estás hablando. Tú sola no llegarías ni al final de la calle, porque eres una puta, y además extranjera, y las putas no tienen futuro, sólo ser putas. Yo soy lo único que tienes, has vivido estos años gracias a mí ¿y así quieres pagármelo? Desaparece de mi vista o te pego un bofetón que te da vueltas la cara.

De rodillas.

-Por favor, no puedo más, deja que me vaya; dame una oportunidad; te prometo que si no consigo otra cosa vuelvo contigo. No me voy a ir con otro, yo te quiero y te agradezco todo lo que has hecho por mí. Pero dame una oportunidad.

-¡Ni oportunidad ni ostias! ¡Ya me estás jodiendo con tus gilipolleces! Lárgate de mi vista y vete a trabajar. No te lo repetiré otra vez, porque la próxima te mando directamente al hospital, verás como vas a tener tiempo para pensar que una puta extranjera sólo sirve para eso. Y da gracias a que todavía gustas a los tíos, si no, te llevaba directamente a la policía para que te largaran a tu puto país.


Y un vídeo muy acorde con el tema: Nach & Noe, tema Penélope.

La estación estaba vacía. Irónicamente, la envolvente quietud, inquietaba.
Tranquilamente me dirigí caminando a la espera de que llegase el tren, distraído y abstraído por el silencio reinante, solamente enturbiado por el leve sonido de mis pisadas.
No recuerdo de donde venía, pero sí que era muy tarde; cuando la mayoría de las mentes se encuentran bajo el cobijo de Morfeo.
El estruendo provocado por aquel gusano de metal emergiendo entre la oscuridad me hizo volver a la realidad; abrí una puerta y subí al vagón, completamente vacío y siniestro, sentándome para volver a deslizarme hasta las profundidades de mi mente; sin embargo algo me llamó la atención, giré la cabeza y junto a mí estaba ella, mirándome sonriente, divertida ante mi cara de sorpresa.
No la ví subir; de hecho no subió, era imposible que no me hubiese percatado de ello en aquella reinante calma. Pero ahí estaba, con su mirada fija en mis ojos y entonces tuve la certeza de que me encontraba en algún lugar cálido, suave, dulce, eterno...
-Hola Oscar.

La situación se volvía cada vez más extraña; ella sabía mi nombre y yo no la había visto jamás; sin embargo lo recuerdo todo, excepto a ella misma; sé que al mirar su rostro podía experimentar lo que imagino que debe sentir un yonki cuando recibe su dosis de caballo; o que al escuchar su voz todos mis sentidos actuaban movidos como por instinto.

Me habló, haciéndome caer hipnotizado; me dijo que no hacía falta preguntar por qué razón sabía mi nombre; simplemente lo sabía; que comprendía mi incertidumbre y adivinando mis pensamientos terminó explicándome que a ella la llamaban de una forma u otra en según qué lugar.
Finalmente, y aunque parecía saber lo que iba a preguntar, me dejó hacer, sabiendo quizás el gran impacto que tendría su respuesta:

-¿Y cual es el que corresponde aquí?

-Aquí... los que creen en mí me llaman Dios.

Automáticamente pensé que se refería a algo físico, sin duda por su aspecto.
De nuevo, adelantándose a mi pregunta, contestó con otra:
-¿De verdad crees que necesito utilizar esa chorrada para seducir a alguien?

Me considero un chico atractivo, así que, efectivamente y a pesar de que a ella no se la podía definir de esa forma, sino más bien alguien con una majestuosidad y belleza indescriptible, yo había pensado que quería algo conmigo, pobre iluso.
Su mirada me derrumbaba hasta tal punto que no cabía en mi mente el más mínimo resquicio de duda sobre cualquier cosa que me hubiese dicho.
Pero la condición humana es así; y a medio camino entre seguir con esa broma y tratar de averiguar quién era, volví a preguntar:
-Es ridículo que Dios, algo en lo que no tengo claro si creo, se me aparezca a estas horas ¡En un vagón de metro! Es de locos. ¿Por qué? ¿Con qué fin?
-Tu duda es perfectamente lógica. Para eso os doté de inteligencia.

Estuve a punto de soltar una carcajada, pero algo me lo impidió.
Dicho eso puso su mano sobre la mía y todo cuanto había alrededor desapareció; una tenue luz iluminó su rostro y el mío; e inmediatamente recordé la escena final de 'La historia interminable'.
«Está claro: sueño o cogorza monumental»

-¿Te das cuenta de que una persona normal no podría hacerte experimentar esto? Ahora, entre tu y yo no existe lo que vosotros llamáis tiempo o espacio, y que realmente no son más que percepciones de vuestra limitada mente; podríamos permanecer aquí mirándonos y cuando te hiciese volver a tu realidad, la que yo he creado para vosotros, todos los que en tu tiempo te rodean habrían desaparecido, no conocerías a las nuevas gentes que poblarían la tierra, y por tu cuerpo no habría pasado el efecto de la oxidación provocada por el transcurrir de eso que llamáis años; puedes, si quieres, intentar tocarme y tu mano no avanzaría absolutamente nada, porque lo que hay aquí son las imágenes que tu mente guarda de tí y de mí.

Cuando terminó su explicación, volvíamos a estar en el vagón vacío del metro que seguía su camino, sin detenerse, a través de eso que llamamos espacio.
Ya no me tocaba, pero su mirada estaba aún puesta sobre mí como una lanza atravesándome y yo seguía descolocado y aturdido, dando vueltas sobre aquello que me estaba sucediendo.

-Tranquilo, es normal que te cueste asumir algo tan importante; vuestro cerebro de naturaleza dubitativa os hace cuestionar cada cosa que os sucede. Vuestra sociedad ha llegado hasta un punto en el que ya no existe eso que llamáis fe; necesitáis ver e incluso palpar para aceptar.

De nuevo, sus palabras se adelantaban a toda posible pregunta, sabía de antemano lo que pensaba.

-Las preguntas se acumulan en tu cerebro apresuradamente, pero tranquilo, responderé a aquellas que seas capaz de comprender. La primera y más lógica: por qué no pongo directamente las respuestas en tu mente; lo haré, pero de una forma familiar para tí, es decir, hablándote, así que dejaré que me las formules en el orden que consideres oportuno. Adelante.

Su tono familiar inspiraba en mí una confianza y una tranquilidad absoluta. Pero en mi mente estaba la certidumbre de que me encontraba en un estado provocado por ella misma, sin duda fruto de un sueño, o algo peor.

-Está bien, como ya sabrás, la primera pregunta es por qué estás aquí, y bajo esa apariencia.

-El 'aquí' no importa, recuerda que es tu mera percepción del espacio, en cuanto a mi apariencia, simplemente porque es la imagen que echas de menos.

-¿Cómo voy a echar de menos a alguien que nunca he visto?

-No es la imagen en sí lo que extrañas, sino lo que representa para tí: calidez, ternura, la seguridad que te produce; la tranquilidad, pero sobre todo, el amor. No echas de menos el aspecto bajo el cual estoy frente a tí, más bien los sentimientos que evoca esta imagen en tu alma.
Echas de menos amar.

Lo siguiente que noté fue un profundo sentimiento de inseguridad; había desnudado mi alma y me la había servido en un plato.

-Vuestro desconocimiento de la existencia es tal que os asusta cualquier cosa que no tuvieseis previsa. Os desconcierta lo inesperado, por eso necesitáis tenerlo todo bien atado, por eso la humanidad está perdiendo toda esperanza.

-Vale, suponiendo que todo esto sea cierto, que seas Dios, que realmente existas. ¿Por qué no te manifiestas ante el mundo entero? ¿Por qué hacer dudar y sufrir a la gente?

-¿Crees que si supiesen con certeza que Dios existe se acabaría su sufrimiento? Los que ya son creyentes, se suicidarían en masa para estar con Dios; igual ocurriría con los escépticos, como tú; otros tantos aprovecharían su existencia para disfrutar al máximo sin importar el daño que pudiesen infringir a los demás a costa de conseguirlo, porque su vida les daría igual sabiendo que no todo acaba ahí; comenzarían nuevas cruzadas entre religiones para hacerse con lo que ellos llamarían 'verdad absoluta'. En poco tiempo el mundo, cuya finalidad última es purgar, acabaría destruído.

-¿Purgar?

-No es aleatorio el hecho de que alguien muera. Simplemente, ha cumplido su tiempo. Para que lo entiendas mejor, su penitencia. En tu limitada percepción del mundo, podríamos considerarlo como el infierno de otros mundos; aunque seguiría siendo una definición demasiado alejada. Pero es todo lo que podrías llegar a comprender. Por esa misma razón, jamás podrías llegar a entender ciertas cosas que ocurren, y que vosotros llamáis injusticias.

-Pues me niego a creerlo.

-Para eso os doté de inteligencia. Eres libre de creer o no. De hecho, mañana creerás que todo ha sido producto de tu imaginación. Estoy aquí ante tí porque hay ciertas personas que necesitan una pequeña ayuda, un empujoncito, para que me entiendas. Tu vida seguirá igual porque así debe ser, pero tu mente habrá experimentado un cambio. El azar existe, no todo está escrito. Esta es una historia que voy plasmando en un inmenso 'papel' al que llamáis universo, cuyo final está por llegar; ¿recuerdas el capítulo de Futurama en el que Bender encontraba a Dios? Él mismo decía, refiriéndose a su obra: 'si haces bien las cosas, la gente no está segura de que hayas intervenido'. Recuérdalo.
Y no te confundas, no eres ningún elegido, así que no cojas un bastón y empieces a predicar mi palabra, porque mi palabra se escribe con el devenir de las circunstancias; o de lo contrario acabarás como un pobre chico con el que estuve hablando hace unos dos mil años.
Y por el momento es todo, aunque siguen acumulándose las preguntas en tu limitada cabeza. Pero lo que venía a hacer, está hecho, aunque pienses lo contrario.
Quizás en un futuro me tome un café contigo
.






¿Feliz Navidad?

Estas fechas no son muy inspiradoras para mí como habréis podido comprobar.
No sé, quizás por la "alegría navideña"; quizás por los malos recuerdos que vienen a mi mente cada vez que nos acercamos a ella. Pero estos días me asomo al abismo de mi interior y sólo veo paredes oscuras, silencio y un poco de tristeza.
Algunas veces miramos a nuestro alrededor y lo único que vemos son espaldas. Estamos más solos que nunca.
Pero siempre encuentro algo con lo que vislumbrar un poco de color, en este caso, un vídeo-poema. Poema muy conocido, vídeo no tanto, pero magistral.
Con el permiso de Mi vecina martier, a la que no tengo el placer de conocer, pongo aquí este vídeo suyo, una de esas cositas capaces de levantarme el ánimo.



Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.
Julio Cortázar


Espero que os haya gustado tanto como a mí.
Saludos

Antes de éste, hay un Primer Acto, no es imprescindible leerlo, pero sí recomendable.


...me arrodillé frente a tí abriéndote las piernas, mirándote a los ojos con mis ojos locos de lascivia, y me introduje entre ellas al tiempo que tu cabeza daba un respingo hacia arriba y dejabas escapar un gemido de puro placer, entregándote por completo...




No pudiste aguantar más. Lo estabas deseando fervientemente.
El orgasmo llegó a tí como un torrente arrollador.
Tu cuerpo se había convertido en una electrificada bomba que al estallar hizo convulsionar todo tu cuerpo y deleitar mis oídos con un sonoro gemido que estremeció hasta las paredes.
Durante unos maravillosos segundos el único sonido de la habitación era tu respiración agitada que trataba de restablecer la normalidad en tu cuerpo mientras me mirabas, con tus preciosos ojos entrecerrados, en tono desafiante, pero a la vez inmensamente agradecida.

Aquello no había hecho más que empezar.

Te tenía absolutamente presa de mis caprichos, eras consciente de que estabas entregada totalmente a mí, y el solo hecho de pensarlo te excitaba salvajemente y hacía que volviesen los jadeos pidiendo más, mucho más.

Acerqué mi cara hacia la tuya despacio, disfrutando, sin dejar de mirarte ni un instante; tus ojos seguían desafiándome y abrí la boca para encontrarme de nuevo con tu lengua, que me esperaba impaciente.
Aún semirrecostada, te incorporaste un poco y me puse sobre tí apartando tu pelo humedecido; tus manos bajaron por mi espalda hasta posarse en mis nalgas firmemente para atraerme aún más hacia tí, pegando mi cuerpo al tuyo, mi cadera a tu pecho, y comenzaste a besarme cálidamente la zona abdominal acariciando hasta mi alma.

Me debías algo, y estabas deseosa de devolvérmelo, así que me tumbaste en el sofá, colocaste tus manos en mi pecho descendiendo pausadamente y tus labios hicieron que me entregase al más excitante y morboso de los placeres.
Pero sabías que aún quedaba mucho partido por jugar y tu lengua volvió a recorrerme por completo hasta llegar de nuevo a mi boca, colocándote sobre mí y comenzando un jueguecito en el que participaba cada poro de nuestra piel.
Tus labios se habían acostumbrado a los míos y no dejaban de explorarlos con avidez; acariciándome el pelo con tus dedos; mi pecho con tus pezones; mi espíritu con el tuyo.

Estaba llegando al límite; volví a apresar tus nalgas y con un suave pero firme movimiento te aproximé; tú te dejaste guiar sin dejar de besarme y poco a poco me introduje en tí, sintiendo tus uñas clavarse en mis hombros y escuchando de nuevo ese excitante gemido que se te escapaba por las comisuras de nuestros labios.
Y comenzaste a moverte rítmicamente, como activada por la llave que puso en marcha el mecanismo de tu cuerpo; subías; bajabas; me hacías sentir de nuevo el roce de tus pezones; tus manos sobre mis hombros apretándolos con fuerza; y otra vez esos maravillosos jadeos que me volvían loco.

Disfrutabas llegando hasta el límite, subir despacio para volver a bajar sintiendo cómo milímetro a milímetro iba penetrando en tí hasta que tus muslos chocaban con los míos y volvías a tomar aire para soltarlo temblando de pasión; abriendo los ojos, mirándome y sonriendo para volverlos a cerrar apretando los dientes.

Parecía que nos hubiesen moldeado conectados uno al otro.

De un impulso me incorporé, sujetándote con fuerza, poniéndome en pie y llevándote conmigo; cubiertos de sudor y de vida; me dejé caer sin soltarte, quedando esta vez sobre tí y comenzando a moverme a mi antojo, marcando el ritmo, acelerando, deteniéndome, mordiéndote el cuello y la boca mientras tú arañabas mi espalda más y más fuerte con cada embestida de mis caderas.

Estabas en pleno éxtasis.
Tu mente nublada sólo era capaz de pensar en la excitación y el placer infinito que sentía tu cuerpo.
Tus gemidos descontrolados retumbaban al ritmo de cada uno de los impactos de nuestros cuerpos.

Y sucedió.

Miles de millones de estrellas cruzaron tus ojos, cerrados con fuerza, mientras tus dedos se clavaban empujándome hacia tí, pidiendo más; suplicando que no parase... que no parase.

Y un grito ahogado marcó el final cuando todas las cuerdas de nuestros cuerpos se tensaron al unísono en una coordinada melodía celestial que te hizo saber, por fin,
por
qué
y
para
qué
habías
nacido.

Mirando mis ojos también nublados y jadeantes, me besaste, esta vez cariñosamente, y nos incorporamos empapados en sudor, sabiendo ambos que esto no era sino el principio.


Y brindamos completamente desnudos con las copas de vino aún llenas, cómplices silenciosas de cada uno de aquellos instantes.

Tu voz llegaba a mí como un cálido susurro que me embriagaba mientras mis pensamientos estaban puestos en esos sensuales y húmedos labios.
Te oía, pero no te escuchaba; pendiente del movimiento calmado de tu boca y de los llamativos ojos fijos en mí, deseando fervientemente cada palmo de mi cuerpo.

La tenue luz de la habitación y el dulce olor que desprendían las velas invitaba a acomodar los cuerpos en el sofá y dejar que saliese a flote la parte más oscura de nosotros.

Por momentos tu conversación se volvía más banal; habías dejado de estar pendiente de tus propias palabras, tu mente era toda un irrefrenable deseo de que me abalanzase sobre tí y te desgarrase la ropa.
Esos labios ya no querían conversación; me hablaban subliminalmente a través de un tono lleno de excitación para pedirme aquello que tanto anhelaban.
No podías soportarlo más; la tensión te hacía sentir un cosquilleo entre las piernas, que ascendía a través de tus muslos haciéndote estremecer.

El brillo de mis ojos me delataba y te hacía ver que nuestras ganas -las tuyas, las mías- de sentirnos más cerca eran recíprocas.
Me acerqué a tí de un impulso y sin previo aviso introduje mi lengua en tu boca saboreando cada milímetro; aunque azorada, algo te impedía detenerme, y respondiste explorando cada rincón de mi boca con tu lengua mientras tus manos deambularon por todo mi cuerpo palpando sin control cuanto encontraban en su camino.

Nuestra respiración se hacía más y más agitada; leves suspiros se adivinaban mientras se erizaba tu piel bajo el informal vestido que ya empieza a sobrar.
Me puse en pie tirando de tí con fuerza y te deslicé la falda hacia arriba, dejándote semidesnuda y temblando de excitación, con el pelo revuelto y una sonrisa complacida por lo que adivinabas que ocurriría a continuación; y me quedé inmóvil para dejarme hacer, sabiendo que el próximo destino de tus manos serían los botones de mi pantalón, que desabrochaste uno a uno, regocijándote al tiempo que seguías explorando mis labios con tu lengua, para más tarde, sentir los míos, carnosos y blandos, en tu cuello, besándolo suavemente; rodeando tu cuerpo con mis brazos; apretando tus nalgas con ambas manos y fundiendo tu pecho en mi torso.

Ahora tus suspiros se habían convertido en silenciosos gemidos; tus expertas manos habían llegado a su destino y se movían rítmicamente; con determinación, pero a la vez con una infinita suavidad. Las aparté y las puse en mi pecho para descender calmadamente con besos húmedos; deteniéndome a saborear y morder tus pezones, tu vientre, tu ombligo; mientras mis manos descendían zigzageando por tu espalda.

Después, con un pequeño empujón te senté en el sofá; me arrodillé frente a tí abriéndote las piernas, mirándote a los ojos con mis ojos locos de lascivia, y me introduje entre ellas al tiempo que tu cabeza daba un respingo hacia arriba y dejabas escapar un gemido de puro placer, entregándote por completo.
E introduje mis manos bajo tus piernas atrapándote; haciéndote esclava voluntaria de mi ambición.



...haciéndote sentir mi lengua deslizarse por tu empapado sexo

.....recorrer cada ápice de él

.......besar intensamente esa zona en la que ahora concentras todo tu ser

.........apretando los puños y los dientes

...........cerrando los ojos e inspirando profundamente

.............aguantando la respiración

...............deteniendo el tiempo en un largo y placentero ascenso cuyo final estaba cada vez más cerca...

.................y caer, caer vertiginosamente
y hacerte estallar en mil pedazos de locura.


Segundos más tarde, tu cuerpo insaciable pedía más y el mío ardía de ganas por complacerte...

Hoy para añadir un poquito de calor a este domingo tan frío, y terminar el fin de semana con un leve cosquilleo entre las piernas, comparto este vídeo que me mata un poco cada vez que lo veo...





Saludos

Mírame; mírame como persona. Pon tus ojos sobre mí como un ser dotado de inteligencia y borra esa sonrisa morbosa y macabra de tu rostro.

Observa mi posición desde la tuya y piensa si realmente eres superior a mí; si opinas que merezco todo esto.

¿Piensas que no sufro? Echa un vistazo entonces a las lágrimas que salen de mis ojos.
¿Te parece que están ahí por que sí? ¿Acaso crees que bajo esta dura piel no late un corazón?

¡Miradme todos! Sentid mi respiración agitada y mis ojos asustados; terriblemente atemorizados; deseosos de que todo acabe cuanto antes y ocurra lo que deba ocurrir, pues estoy indefenso y solo.

Humíllame; mátame y sacia esas mentes cobardes sedientas de sangre. Clávame esos puñales y hazme sangrar, vacíame la vida poco a poco para que mi fuerza se escape por esas heridas; para que tu cobardía te deje enfrentarte a mí con la seguridad de quien sabe la batalla vencida.
Esos ojos de prepotencia no hacen más que ocultar un alma solitaria, gastada y necesitada de amigos comprados con una fama inmerecida.

¿No te das cuenta? Estoy adormecido por vuestras sucias artimañas; me privásteis de agua y comida para debilitarme; me quemásteis los ojos para nublarme; golpeásteis mi cuerpo son saña después de encerrarme; y ahora, contemplándome exausto y débil por la ayuda de sus punzones y arpones finges ser un héroe, un valiente, cuando mi aliento se pierde a cada espiración para no volver; junto a mis lágrimas de angustia y desconsuelo por algo que no alcanzo a entender.


¡Adelante!
Dame el estoque y paséate después frente a las miradas asesinas y cómplices que ondean sus pañuelos blancos, sonriendo y creyendo que quien está en el suelo, doblegado y muerto, es la bestia vencida, y quien pasea, el hombre; pobres ilusos.

Triunfa la vida, triunfa el amor y la felicidad.
La clemencia ha sido concedida y los ángeles sonríen la calma que sigue a la anterior tempestad.
Todo ha salido bien por esta vez, la imprescindible ayuda llegó a tiempo para salvar una vida abandonada a las garras de un destino infame.

Sin embargo una anomalía se había puesto en marcha desde un primer momento que inevitablemente daría al traste con todo ápice de alegría.

Tal vez el azar quería dar un respiro para asestar después una puñalada aún más dolorosa a los ya compungidos corazones; y así lo hizo.



Los doctores dijeron posteriormente que se había tratado de un coágulo causado por el golpe, inapreciado al principio, pero mortal a posteriori.

Elías había fallecido en la cama del hospital, rodeado de todos aquellos que le querían.


Antes de continuar, te recomiendo leer la primera y segunda parte, no te arrepentirás. Si ya la leíste, adelante...









Se querían, se profesaban un cariño rayano en devoción. No eran sólo una pareja más, se decían, eran 'la pareja'. A pesar del tiempo juntos su amor no se había desgastado; no hacían planes, solamente vivir y quererse.
Pero Sandra no quería vivir; no así.

La vida se le escapó del alma al tiempo que había perdido la voz de su Elías; las lágrimas derramadas por sus ojos eran un ínfimo escaparate de sus sentimientos, eran la punta de un iceberg de pena infinito; deseaba dormirse, cerrar los ojos y no volver a abrirlos; no sin él.

No quería soltar el teléfono; se negaba a colgar porque la esperanza es la última en abandonar el barco; pero a pesar de su insistencia lo único que podía escuchar era una cruel melodía de fondo burlándose de la suerte que les había deparado el traicionero destino: Don´t Cry de 'Guns & Roses'.

-Elías, por favor, ¡háblame! díme algo, por favor, no me dejes sola...
no puedes hacerme esto... no puedes.

No había lágrimas en el mundo para expresar lo que sentía; sollozaba y gritaba en un intento por hacerle despertar y volver a oír la voz que tanto echaba de menos.

-Por favor, por favor, despierta, díme algo... amor mío, eres muy fuerte, eres el chico más fuerte del mundo, ¡Elías!, no te rindas... ¡no te rindas!

La suave y fría brisa acariciaba el rostro de Elías mientras una lágrima se deslizaba recorriendo cada poro de un rostro golpeado por la mala suerte de estar donde no debía, en un momento inoportuno.

Su brazo aún permanecía en la misma postura; el auricular seguía posado sobre su oído, testigo del despiadado devenir, emitiendo la voz atormentada de Sandra hacia una consciencia moribunda, paralizada e impotente que escuchaba sin poder reaccionar; sin poder hablar y expresar que su mente aún seguía luchando, pero su cuerpo se estaba quedando sin fuerzas y cedía inexorablemente.

Elías era la cara misma de la angustia; callado, escuchando, llorando el desconsuelo de Sandra que al otro lado de la línea pedía a Dios clemencia. El corazón de ambos latía al son de una despiadada entonación que marcaba los pasos hacia un final inmerecido: los últimos latidos de él, las últimas esperanzas de ella.

Y todo se apagó.

Un macabro silencio se apoderó de aquel paraje sombrío, cuya belleza quedaría grabada en las retinas de ese momento aciago, congelada por el frío viento y la llegada de un fantasma con guadaña.

Y sucedió que el gris plateado de la carretera se tornó en tonalidades ambarinas que acudían para prestar un último soplo de vida a ese cuerpo tendido y rendido a su destino.
La clemencia había sido concedida en forma de ambulancia; llegaba la caballería y una nueva esperanza surgió para expulsar a la muerte que ya se batía en retirada.
Elías respiró, recibió calor y vida; su mente despertó dirigiendo la mirada hacia una Sandra ausente y abatida; y cuando por fin su cuerpo fue capaz de reaccionar dijo: Decidle a Sandra que la quiero, decidle a Sandra que estoy vivo.

Antes de continuar, te recomiendo leer la primera parte, no te arrepentirás. Si ya la leíste, adelante...








Mientras miraba hacia arriba llenando los pulmones cuanto podía, las teclas del teléfono tomaban un tono escarlata por cada pulsación de su dedo manchado de sangre. No se percató de ello; su mente estaba ensimismada, abstraída. Tampoco pudo darse cuenta de que el auricular también se impregnó de la vida que se le escapaba al posarlo sobre su oreja; intentando en vano subir el volumen, que ya estaba al máximo, porque no lograba oír bien el tono de la llamada.
Su consciencia estaba en segundo plano.

Sandra.

Lo lógico hubiese sido llamar a emergencias, indicar el lugar en que estaba y esperar; pero la lógica en situaciones extremas es mala aliada, de manera que en ese momento ya sonaba el móvil de Sandra, su novia.

-¡Hola pequeña!
Era su forma de saludarla cada vez que la veía o la llamaba; le parecía el modo más cariñoso de dirigirse a ella.

No fueron las palabras, sino el tono lo que alertó a Sandra de que algo estaba mal. La voz diluída de Elías la hizo ver enseguida que estaba en un aprieto.

-¿Qué ocurre? ¿Dónde estás?
Sus atropelladas preguntas sólo conseguían confundir más la ralentizada cognición de éste, que tardó unos segundos en volver a responder.

-Estoy en la carretera.

-¿En qué carretera? ¿Qué te ha pasado?
Ella no podía saber que lo único que necesitaba su novio era calma para pensar y responder porque su lucidez disminuía a cada instante.
-¡Díme algo!

Elías estaba perdiendo la consciencia; paulatinamente la música del coche y el sonido de la voz de Sandra se hacían más lejanos, al tiempo que ésta perdía los nervios y gritaba e insistía impacientemente para obtener una respuesta que cada vez se hacía más improbable que llegara.

-Yo... quería escucharte, me estoy acordando mucho de tí.

La voz tranquila y apagada de Elías contrastaba con la exasperación de ella.

-Por favor -dijo ésta más calmadamente-, díme donde estás y voy a buscarte.

-En la carretera.

-¡Eso ya me lo has dicho! ¿Te has parado sólo para eso?

-No, he tenido un accidente. Estoy tirado en la carretera.

Los siguientes instantes fueron confusión, gritos y ruegos para intentar adivinar en qué parte del trayecto estaba, pues ella sabía que esa noche se dirigía a un pueblo de montaña donde había alquilado con sus amigos una casa rural, sin embargo éstos no sabían si finalmente podría ir, de forma que no le esperaban.
Sandra pidió ayuda a sus padres que inmediatamente llamaron a los servicios de emergencia al tiempo que trataba de hablar con él para averiguar algo más.

-¿Sabes? Te echo de menos -fue cuanto recibió por respuesta-.

A pesar de todo, en ese momento salían dos camiones de bomberos y una ambulancia en su busca.
También avisaron a los padres de Elías, que no tardaron en salir a toda prisa con la misma intención.

Sandra lloraba desconsoladamente, no podía reprimirse, se sentía muy asustada y terríblemente sola. Lo notaba en su voz, por mucho que tratase de fingir, sabía que estaba grave por su tardanza en responder, su tono lánguido, pero sobre todo, por esa dulzura.

-¿Por qué lloras tonta? Dentro de poco estaré ahí contigo; me quedaré en tu casa para ver una película, la que quieras.

En un principio insistió en ir con su padre y su hermano a buscarlo, pero la habían convencido para que se quedase hablando con él, que tratase de mantenerlo despierto y animado; ella, ante la posibilidad de perder la cobertura o quedarse sin batería había accedido.

-Van a llegar pronto, en unos minutos estarán ahí todos y ya no estarás solo; de momento me tienes a mí; estoy contigo, cuéntame lo que quieras; no te quedes callado.

Pero la respuesta no llegó. La voz de Elías se había apagado.





continúa en Luna sobre el asfalto (parte III)

Era una tranquila noche despejada en la que la luna hacía alarde de una majestuosidad incomparable sobre el suntuoso manto de hierba que crecía a lo largo y ancho de aquel paraje.

El frío viento viajaba a través de las olas que iba formando sobre la alfombra verde, tornada gris por el reflejo de un cielo inmaculadamente limpio en el que millones de estrellas campaban a sus anchas, vistas sin el incordio de una contaminación lumínica que brillaba por su ausencia.

Nada a kilómetros de distancia. Se respiraba paz.

La sinuosa y estrecha carretera recortaba el paisaje con un toque de artificialidad que hacía entretenido un trayecto aparentemente agotador.

Casi todo era absoluta quietud. Casi.

Las luces del coche alumbraban el escenario de un cuadro pintado por una realidad que a veces nos sorprende con una macabra imaginación; miles de trocitos de cristal esparcidos por la carretera daban la apariencia del brillo de las estrellas reflejado en el asfalto.
Aún sonaba la música que horas antes había grabado Elías para el viaje, como un leve murmullo en la lejanía; y aún giraba una de las ruedas, que iba deteniendo su inercia paulatinamente. Todo había sido rápido y distante; cuestión de segundos; un gran estruendo en la oscuridad y de nuevo el silencio alrededor.

La existencia es efímera; venimos, permanecemos y finalmente nos vamos, pero el mundo sigue girando, sin inmutarse.

Y ahí estaba Elías, tumbado, con los ojos abiertos; percibiendo el remoto sonido de la música y mirando al cielo sin sentir absolutamente nada, como flotando sobre el mar en calma. Confuso.

Poco después volvió a la realidad, supo lo que había ocurrido y tembló de miedo al comprobar que no era capaz de moverse.
Las estrellas se tornaron traslúcidas cuando sus ojos se inundaron de lágrimas de angustia.
Tras unos minutos de llanto desconsolado, consiguió concentrarse y empezó a mover ligeramente los dedos de ambas manos sintiendo el hormigueo subir.
Era consciente de que esa carretera podría estar días sin que nadie la transitara, y además, a él no lo echarían en falta hasta muchas horas después.

Una eternidad más tarde había conseguido mover el brazo derecho y girar la cabeza hacia ambos lados. Permanecía tumbado sobre el borde de la carretera, justo bajo los faros del coche. Inexplicablemente había salido despedido llendo a parar al lugar donde estaba, a escasos centímetros de haber muerto aplastado. Sin embargo, seguía sin poder mover medio cuerpo e indudablemente había algo más, porque notaba el sabor de la sangre en su boca.

Recordó que llevaba el teléfono en el bolsillo del pantalón, así que con gran esfuerzo consiguió extraerlo y comprobó que aún funcionaba. Maquinalmente sus dedos marcaron un número; la primera persona en quien pensó cuando se cruzó aquel animal en su camino y perdió el control del coche; la persona que siempre tenía en su mente.
Cuando sonó la voz de su novia al otro lado cayó en la cuenta de que no había pensado qué decirle, y sus primeras palabras fueron las de siempre:

-¡Hola pequeña!


continúa en Luna sobre el asfalto (parte II)

Estoy cansada, desanimada, triste.

Te escribo estas líneas entre lágrimas para decirte que todo se ha acabado; también porque soy incapaz de hacerlo cara a cara. Espero que no me odies, ni me juzgues, pero las razones son muy fuertes; te quiero demasiado, sé que al final acabarán o acabaremos haciéndonos daño; y me duele el sólo hecho de pensarlo.

Nuestra vida no existe, únicamente son recuerdos escondidos bajo la coraza infranqueable del arraigo; demasiado pesada para soportarla, por tu empeño en esconderte bajo ella, y hacer que yo permanezca a la sombra de tu propio engaño.


No soporto más mentiras, falsas sonrisas, cuentos, excusas o llantos acallados en mi habitación; no comprender la razón de por qué esto es así: cuál es el motivo de que con sólo diecisiete años, me nieguen la forma de vivir que yo he elegido; y lo que es aún peor, me la niegues tú; la única persona que ha tenido la desfachatez de llamarme «amor», pero de hacerlo sólo cuando nadie escuchaba, para ocultar algo que no es horrible, simplemente inaceptado.

No quiero compartir más almohadas clandestinas, besos bajo manta o sutiles caricias; no de esta manera.

Perdóname; no puedo seguir amando a una mujer que no acepta lo que es; que no muestra la valentía de enfrentarse al mundo y decir a plena voz y sin miedo que su lucha es suya, y de nadie más.

Seguidores




Porque lo importante no son las historias en sí; sino lo que guardan...

NO Internet Explorer


Si no visualizas bien este blog, probablemente sea porque usas este engendro:

Autor

Mi foto
Oscar García
Ver todo mi perfil

Archivo

También suelo leer...

Una historia al azar







Suscríbete
:: ATOM ::
:: Feedburner ::


Notas


Creative Commons License
Ciudad Colmena, creada por Oscar García está bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.
Esto significa que puedes usar mis textos, siempre que indiques el autor y de dónde provienen.